De ace­ro

Tiempo - - LECTURAS -

De ace­ro ha lo­gra­do pa­ra su au­to­ra ga­lar­do­nes co­mo el premio Cam­pie­llo 2010 a la me­jor ópe­ra pri­ma, el Flaiano 2010 o el Fre­ge­ne 2010. La obra ha re­ci­bi­do su es­pal­da­ra­zo de­fi­ni­ti­vo al que­dar fi­na­lis­ta del premio Stre­ga 2010, con­si­de­ra­do el más pres­ti­gio­so de las le­tras ita­lia­nas, y aca­ba de re­ci­bir el premio de los lec­to­res de L’Ex­press. Sil­via Ava­llo­ne (Bie­lla, Ita­lia, 1984), li­cen­cia­da en Fi­lo­so­fía y Le­tras por la Uni­ver­si­dad de Bo­lo­nia, ini­ció su ca­rre­ra li­te­ra­ria es­cri­bien­do re­la­tos cor­tos y poe­mas pa­ra re­vis­tas co­mo Clan­Des­tino y Nuo­vi Ar­go­men­ti. En 2007 pu­bli­có su pri­me­ra obra, la an­to­lo­gía poé­ti­ca Il li­bro dei vent’an­ni, con la que ga­nó el premio Alfonso Gat­to 2008 a la me­jor ópe­ra pri­ma. De ace­ro / Sil­via Ava­llo­ne / Al­fa­gua­ra / 368 págs. / Pre­cio: 17,50 / Pu­bli­ca­ción: 9 de sep­tiem­bre.

ca­pí­tu­lo 1

En el círcu­lo des­en­fo­ca­do de la len­te la fi­gu­ra, sin ca­be­za, ape­nas se mo­vía. Un ji­rón de piel en pri­mer plano, a con­tra­luz. Aquel cuer­po ha­bía cam­bia­do de un año pa­ra otro, des­pa­cio, de­ba­jo de la ro­pa. Y aho­ra en los pris­má­ti­cos, en ve­rano, ex­plo­ta­ba.

El ojo, des­de le­jos, mor­dis­quea­ba los de­ta­lles: el la­zo de la par­te de aba­jo del bi­ki­ni, un fi­la­men­to de al­ga en un cos­ta­do. Los múscu­los ten­sos en­ci­ma de la ro­di­lla, la cur­va de la pan­to­rri­lla, el to­bi­llo man­cha­do de arena.

El ojo se agran­da­ba y en­ro­je­cía a fuer­za de ex­ca­var en la len­te.

El cuer­po ado­les­cen­te sa­lió de un sal­to del cam­po vi­sual y se arro­jó al agua.

Un ins­tan­te des­pués, re­ajus­ta­do el ob­je­ti­vo, ca­li­bra­do el fo­co, re­apa­re­ció do­ta­do de una es­plén­di­da me­le­na ru­bia. Y una car­ca­ja­da tan vio­len­ta que in­clu­so des­de aque­lla dis­tan­cia, aun­que fue­ra so­lo mi­rán­do­la, te sa­cu­día. Era co­mo me­ter­se de ver­dad en­tre esos dien­tes blan­cos. Y los ho­yue­los de las me­ji­llas, y el hue­co en­tre los omó­pla­tos, y el del om­bli­go, y to­do lo de­más.

Ella es­ta­ba ju­gan­do co­mo cual­quie­ra a su edad, sin sos­pe­char que es­ta­ba sien­do ob­ser­va­da. Abría la bo­ca. ¿Qué es­ta­rá di­cien­do? ¿Y a quién? Se zam­bu­llía

al en­cuen­tro de una ola, vol­vía a sa­lir del agua con el trián­gu­lo del su­je­ta­dor des­co­lo­ca­do. Una pi­ca­du­ra de mos­qui­to en el hom­bro. La pu­pi­la del hom­bre se con­traía, se di­la­ta­ba co­mo ba­jo los efec­tos de al­gún es­tu­pe­fa­cien­te.

En­ri­co mi­ra­ba a su hi­ja, era más fuer­te que él. Es­pia­ba a Fran­ces­ca des­de el bal­cón, des­pués de comer, cuan­do no es­ta­ba de turno en la plan­ta si­de­rúr­gi­ca Lucchini. La se­guía, la es­tu­dia­ba a tra­vés de las len­tes de los pris­má­ti­cos de pes­ca. Fran­ces­ca cha­po­tea­ba en la ori­lla con su ami­ga An­na, se per­se­guían, se to­ca­ban, se ti­ra­ban del pe­lo, y él ahí arri­ba, cla­va­do con el ci­ga­rro en la mano, su­dan­do. Él, gi­gan­tes­co, con la ca­mi­se­ta em­pa­pa­da, con el ojo muy abier­to, ata­rea­do ba­jo ese ca­lor de lo­cos.

La vi­gi­la­ba, o eso era lo que de­cía, des­de que em­pe­zó a ir a la pla­ya con cier­tos chi­cos ma­yo­res, cier­tos ele­men­tos que no le ins­pi­ra­ban con­fian­za al­gu­na. Que fu­ma­ban, que se­gu­ro que has­ta se ha­cían po­rros. Y cuan­do le ha­bla­ba a su mu­jer de esos in­adap­ta­dos con los que es­ta­ba su hi­ja, gri­ta­ba co­mo un po­se­so. ¡Se ha­cen po­rros, se chu­tan co­caí­na, tra­fi­can con pas­ti­llas, se quie­ren fo­llar a mi hi­ja! Es­to úl­ti­mo no lo de­cía ex­plí­ci­ta­men­te. Da­ba un pu­ñe­ta­zo a la me­sa o a la pa­red.

Pe­ro qui­zá hu­bie­ra ad­qui­ri­do la cos­tum­bre de es­piar a Fran­ces­ca an­tes: des­de que el cuer­po de su ni­ña pa­re­cía ha­ber­se des­ca­ma­do y ha­bía ido ad­qui­rien­do gra­dual­men­te una piel y un olor pre­ci­sos, nue­vos, tal vez, pri­mi­ti­vos. Se ha­bía sa­ca­do de la man­ga, la pe­que­ña Fran­ces­ca, un cu­lo y un par de te­tas irre­ve­ren­tes. Los hue­sos de la pel­vis se le ha­bían ar­quea­do, for­man­do un to­bo­gán en­tre el bus­to y el ab­do­men. Y él era su pa­dre.

En aquel mo­men­to ob­ser­va­ba a su hi­ja agi­tar­se den­tro de los pris­má­ti­cos, lan­zar­se con to­das sus fuer­zas ha­cia de­lan­te pa­ra atra­par una pe­lo­ta. Su pe­lo, em­pa­pa­do, se le ad­he­ría a la es­pal­da y a los cos­ta­dos, a to­da la ex­ten­sión de su piel ta­ra­cea­da de sal.

Los ado­les­cen­tes ju­ga­ban a vo­lei­bol en círcu­lo, al­re­de­dor de ella. Fran­ces­ca, es­bel­ta y en mo­vi­mien­to, en un úni­co cla­mor de gri­tos y sal­pi­ca­du­ras don­de el agua era más baja. Pe­ro En­ri­co no aten­día al jue­go. En­ri­co es­ta­ba pen­san­do en el ba­ña­dor de su hi­ja: Dios mío, si se le ve to­do. Ba­ña­do­res co­mo esos de­be­rían es­tar prohi­bi­dos. Y si uno so­lo de esos jo­di­dos bas­tar­dos se atre­ve a to­car­la, me ba­jo a la pla­ya con un ga­rro­te. –Pe­ro ¿qué es­tás ha­cien­do? En­ri­co se vol­vió ha­cia su mu­jer, que es­ta­ba ob­ser­ván­do­lo de pie, en el cen­tro de la co­ci­na, con una ex­pre­sión mor­ti­fi­ca­da. Por­que Ro­sa se mor­ti­fi­ca­ba, se re­se­ca­ba, vien­do a su ma­ri­do a las tres de la tar­de con los pris­má­ti­cos en la mano. –Vi­gi­lo a mi hi­ja, si no te im­por­ta. Aguan­tar la mi­ra­da de esa mu­jer no siem­pre re­sul­ta­ba fá­cil, ni si­quie­ra pa­ra él. Ha­bía una acu­sa­ción cons­tan­te, cla­va­da en las pu­pi­las de su es­po­sa. En­ri­co frun­ció la fren­te, tra­gó sa­li­va: –Va­mos, es lo mí­ni­mo, di­go yo... –No seas ri­dícu­lo –mas­cu­lló ella. Él mi­ró a Ro­sa co­mo se mi­ra al­go mo­les­to, que nos ha­ce en­fu­re­cer y na­da más.

–¿Te pa­re­ce ri­dícu­lo echar una ojea­da a mi hi­ja, con los tiem­pos que co­rren? ¿Es que no ves con qué gen­te va a la pla­ya? ¿Quié­nes son esos ti­pos de ahí, eh?

A aquel hom­bre, cuan­do se le al­te­ra­ba la bi­lis –y su­ce­día muy a me­nu­do–, se le con­ges­tio­na­ba la ca­ra, se le hin­cha­ban las ve­nas, de una for­ma que da­ba mie­do.

A sus 20 años, an­tes de de­jar­se cre­cer la bar­ba y acu­mu­lar to­dos esos ki­los, no te­nía tan­ta ra­bia. Era un chi­co muy gua­po, re­cién con­tra­ta­do en la fá­bri­ca, que des­de ni­ño ha­bía ido es­cul­pién­do­se los múscu­los a fuer­za de ca­var la tierra. Se ha­bía vuel­to un gi­gan­te en los cam­pos de to­ma­tes, y des­pués a pa­la­das de car­bón de co­que. Un hom­bre co­mo tan­tos, emi­gra­do del cam­po a la ciu­dad con un zu­rrón en el hom­bro.

–Es que ni te das cuen­ta de que lo que es­tá ha­cien­do, a su edad... ¡Y fí­ja­te có­mo co­jo­nes va ves­ti­da!

Des­pués, con los años, ha­bía cam­bia­do. Día tras día, sin que na­die se die­ra cuen­ta. Aquel gi­gan­te que ja­más ha­bía tras­pa­sa­do los lí­mi­tes de Val di Cor­nia, que no ha­bía vis­to nin­gún otro pe­da­zo de Ita­lia, era co­mo si se hu­bie­ra con­ge­la­do por den­tro.

–¡Con­tes­ta! ¿Es que no ves có­mo co­jo­nes va ves­ti­da tu hi­ja?

Ro­sa se li­mi­tó a apre­tar con más fuer­za el tra­po con el que aca­ba­ba de se­car los pla­tos. Ro­sa te­nía 33 años, las ma­nos lle­nas de ca­llos, y des­de el mis­mo día de su bo­da ha­bía de­ja­do de cui­dar­se. Su be­lle­za de mu­cha­cha del Sur se ha­bía di­lui­do en­tre tan­to de­ter­gen­te, en el pe­rí­me­tro de aque­llos sue­los fre­ga­dos to­dos los días des­de ha­cía 15 años.

Su si­len­cio era du­ro. Uno de esos si­len­cios en­quis­ta­dos, de ata­que. –¿Quié­nes son esos chi­cos, eh? ¿Los co­no­ces? –Son bue­nos chi­cos... –¡Ah, de mo­do que los co­no­ces! ¿Y por qué no me di­ces na­da? ¿Por qué en es­ta ca­sa nun­ca se me di­ce na­da, eh? Fran­ces­ca contigo sí que ha­bla, ¿ver­dad? Sí, contigo se pa­sa ho­ras y ho­ras ha­blan­do... Ro­sa arro­jó el tra­po so­bre la me­sa. –Pre­gún­ta­te la ra­zón –re­so­pló– de por qué no ha­bla contigo. Pe­ro él ya no la es­cu­cha­ba. –¡A mí no se me di­ce nun­ca na­da! ¡A mí no se me di­ce nun­ca na­da, man­da na­ri­ces!

Ro­sa se in­cli­nó so­bre el ba­rre­ño con el agua su­cia. Al­gu­nas de las mu­je­res de su edad, en ve­rano, se­guían yen­do a la dis­co­te­ca. Ella no ha­bía pi­sa­do ja­más una.

–¿Qué te crees que soy? ¿Un idio­ta? ¿Te pa­rez­co un idio­ta? ¡Pe­ro si va por ahí he­cha una pu­ta! ¿Y có­mo la es­tás crian­do tú, eh? ¡Fe­li­ci­da­des! Pe­ro cual­quier día de és­tos, voy y...

Ella le­van­tó el ba­rre­ño y lo va­ció en el fre­ga­de­ro de la te­rra­za, con los ojos fi­jos en los gru­mos ne­gros del re­mo­lino del desagüe. Ha­bría que­ri­do ver­lo muer­to, de­rrum­ba­do por el sue­lo, ago­ni­zan­te.

–¡Os man­do a to­mar por cu­lo, a ti y a ella! ¿Pa­ra eso tra­ba­jo yo? ¿Por ti? ¿Por esa pu­ta?

Y pa­sar por en­ci­ma de él con el co­che, tri­tu­rar­lo so­bre el asfalto, re­du­cir­lo a una pa­pi­lla, al gu­sano que era.

Tam­bién Fran­ces­ca lo en­ten­de­ría. Ma­tar­lo. Si no lo hu­bie­ra ama­do, si me hu­bie­ra bus­ca­do un tra­ba­jo, si ha­ce diez años me hu­bie­ra mar­cha­do de aquí.

En­ri­co le dio la es­pal­da y aso­mó su cuer­po gi­gan­tes­co so­bre la ba­ran­di­lla, ba­jo el sol que a las tres de

la tar­de pe­sa co­mo el ace­ro y lo pi­so­tea to­do. La pla­ya, al otro la­do de la ca­lle, es­ta­ba re­ple­ta de sombrillas y de gri­tos. Va­ya mu­che­dum­bre, pen­só. Y vol­vió a en­cen­der la co­li­lla del pu­ro que te­nía en­tre los de­dos. De­dos acha­pa­rra­dos, ro­jos y ca­llo­sos. Los de­dos de un obre­ro que no usa guan­tes, ni si­quie­ra cuan­do de­be me­dir la tem­pe­ra­tu­ra del arra­bio.

A un la­do es­ta­ba la pla­ya, in­va­di­da por los ado­les­cen­tes a aque­lla ho­ra bes­tial. Al otro la­do, el ho­ci­co plano de las col­me­nas po­pu­la­res. Y to­das las per­sia­nas echa­das a lo lar­go de la ca­lle de­sier­ta. Los ci­clo­mo­to­res ali­nea­dos en las ace­ras es­ta­ban apar­ca­dos de tra­vés, ca­da uno con su pe­ga­ti­na, con su le­tre­ro de ro­tu­la­dor: Fran­ce, te quie­ro.

El mar y los mu­ros de aque­llas col­me­nas, ba­jo el sol ar­dien­te del mes de ju­nio, pa­re­cían la vi­da y la muer­te in­ter­cam­bián­do­se gri­tos. No ha­bía na­da que ha­cer: Vía Sta­lin­gra­do, pa­ra quie­nes no vi­vían allí, vis­ta des­de fue­ra, era de­sola­do­ra.

Es más: era la mi­se­ria.

Un bal­cón más arri­ba, en el cuar­to pi­so, otro hom­bre se aso­ma­ba por la ba­ran­di­lla oxi­da­da y mi­ra­ba ha­cia la pla­ya.

En­ri­co y él eran las úni­cas fi­gu­ras hu­ma­nas aso­ma­das. El sol atur­día. Y el re­vo­que se caía a pe­da­zos. El hom­bre­ci­llo, con el tor­so des­nu­do, aca­ba­ba de ce­rrar en aquel mo­men­to la len­güe­ta del mó­vil. Un enano, en com­pa­ra­ción con el gi­gan­te de los pris­má­ti­cos del ter­cer pi­so. Du­ran­te to­da la lla­ma­da ha­bía es­ta­do gri­tan­do: no por­que es­tu­vie­ra en­fa­da­do, sino por­que aquél era su tono de voz. Ha­bía ha­bla­do de di­ne­ro, de ci­fras as­tro­nó­mi­cas, y no ha­bía apar­ta­do ni por un ins­tan­te sus oji­llos avis­pa­dos de la pla­ya, bus­can­do al­go que a aque­lla dis­tan­cia, sin ga­fas, no po­día en­con­trar.

–Un día de és­tos me ba­jo yo tam­bién a la pla­ya. ¿Quién me lo prohí­be? Al fin y al ca­bo, me han des­pe­di­do –rió pa­ra sí mis­mo, en voz al­ta. Des­de el in­te­rior de la ca­sa se oyó un gri­to. –¿Quéeee? –¡Na­da! –con­tes­tó él, tras acor­dar­se de que te­nía mu­jer.

San­dra apa­re­ció en la te­rra­za con la fre­go­na cho­rrean­do amo­nia­co.

–¡Ar­tu! –gri­tó blan­dien­do la fre­go­na–. ¿Qué pa­sa, es que te has vuel­to lo­co?

–¡Pe­ro si es­ta­ba bro­mean­do! –hi­zo un ges­to con la mano.

–Pues no tie­ne nin­gu­na gra­cia. En es­tos mo­men­tos, que te­ne­mos que pa­gar el la­va­va­ji­llas, los pla­zos de la ra­dio del co­che de tu hi­jo... ¡Más de un mi­llón de li­ras por una ra­dio!

Na­da me­nos, y a es­te que le da por ha­cer bro­mas...

No era una bro­ma. Le ha­bían pi­lla­do de ver­dad en la plan­ta ro­ban­do bi­do­nes de ga­só­leo.

–Apár­ta­te, va­mos. Que ten­go que pa­sar la fre­go­na. Des­de que le con­tra­ta­ron, Arturo man­ga­ba el ga­só­leo al se­ñor Lucchini, sin más, pa­ra lle­nar el de­pó­si­to y ven­dér­se­lo a los cam­pe­si­nos. Du­ran­te tres años na­die se ha­bía da­do cuen­ta. Y aho­ra, su pu­ta ma­dre...

–Te he di­cho que te apar­tes, es­te sue­lo es­tá he­cho una pe­na.

Se qui­tó de en me­dio sil­ban­do. En­tró en la co­ci­na. Era un hom­bre­ci­llo ale­gre, ex­pan­si­vo; te­nía un mon­tón de ami­gos. Iban a des­pe­dir­lo, es­ta­ba lleno de deu­das y él sil­ba­ba.

Co­gió un nís­pe­ro del ces­to de en­ci­ma de la me­sa, le dio un mor­dis­co dis­traí­do. Fruc­ti­fi­ca­ban en su ca­be­za ne­go­cios in­creí­bles: de esos de es­trés ce­ro y to­do ga­nan­cias.

–De­ja de lim­piar de una vez. ¡Siem­pre es­tás lim­pian­do! –Va­ya... ¿Por qué? ¿Es que vas a lim­piar tú? Arturo ha­bía co­no­ci­do, es­po­rá­di­ca­men­te, las fa­ti­gas del tra­ba­jo, esas que su mu­jer pro­ba­ba con ri­gor des­de los 16 años de edad y que, por ejem­plo, les ha­bían per­mi­ti­do pa­gar to­dos los me­ses el al­qui­ler y criar a dos hi­jos. Ha­bía si­do, en or­den cro­no­ló­gi­co: car­te­ris­ta, obre­ro en va­rias fá­bri­cas: Lucchini, Dal­mi­ne, Ma­go­na d’Ita­lia, y des­pués je­fe de sec­ción otra vez en Lucchini. Na­ci­do en Pro­ci­da, a los 19 años emi­gró a Piom­bino pa­ra en­trar en la fá­bri­ca, una nue­va exis­ten­cia, le­gal por hon­ra­da. Con­si­de­ra­ba a los ins­cri­tos en el sin­di­ca­to co­mo unos prin­ga­dos Una so­la cer­te­za en la vi­da: que tra­ba­jar can­sa. –¿Y An­na? ¿Es­tá en la pla­ya? –Sí, con Fran­ces­ca. –¿Y Ales­sio? Sí, ma­ña­na ga­na­ría al pó­quer y des­pués, con el di­ne­ro que se em­bol­sa­ra, ha­ría sus ne­go­cios. Lo pre­sen­tía. ¿Có­mo sue­le de­cir­se? Es el des­tino. Y a San­dra, con los ne­go­cios, le com­pra­ría un dia­man­te,

un... ¿Có­mo se lla­ma? Un De Beers..., uno de esos que son “pa­ra siem­pre”. –Su­pon­go que es­ta­rá tam­bién en la pla­ya. –Ten­go que ha­blar se­ria­men­te con tu hi­jo. Quie­re com­prar­se a to­da cos­ta un Golf GT... ¿Pa­ra qué le ha­ce fal­ta un Golf GT?

San­dra le­van­tó la ca­be­za del sue­lo ya se­co, y se que­dó así, ba­jo la luz, su­dan­do du­ran­te unos ins­tan­tes.

–Dé­ja­le que di­ga lo que quie­ra. To­tal, no tie­ne di­ne­ro.

En­tró otra vez en ca­sa y se sen­tó en la me­sa de la co­ci­na. Se pu­so a ob­ser­var aten­ta­men­te a su ma­ri­do: en to­dos esos años no ha­bía cam­bia­do. “A par­tir de ma­ña­na...” de­cía siem­pre, y ella se lo tra­ga­ba una y otra vez.

–Tu hi­jo vo­ta a For­za Ita­lia –di­jo San­dra fin­gien­do que son­reía–. Quie­re un co­cha­zo, no la jus­ti­cia so­cial. Quie­re apa­ren­tar, dar­se pis­to... Pe­ro ade­más, ¡mi­ra quién ha­bla, si tú tie­nes un co­che de cin­cuen­ta mi­llo­nes de li­ras! A pro­pó­si­to, ¿has pa­ga­do el im­pues­to de cir­cu­la­ción? –¿El im­pues­to de cir­cu­la­ción? La fin­gi­da son­ri­sa se le bo­rró in­me­dia­ta­men­te del ros­tro:

–An­tes de pen­sar en el di­ne­ro de tu hi­jo, pien­sa en no ju­gar­te el tu­yo. –Ya es­ta­mos... Arturo hin­chó las me­ji­llas y re­so­pló co­mo un to­ro. –Sí, exac­to: ya es­ta­mos –San­dra se pu­so de pie de un sal­to y em­pe­zó a agi­tar los bra­zos en el bo­chorno re­man­sa­do de la co­ci­na–. ¡Po­bre de él, que le dan tan­to la co­ña! A mí no me to­mas el pe­lo. ¿Adón­de ha ido a pa­rar tu úl­ti­mo suel­do? –¡San­dra! –¡Si ni si­quie­ra ha en­tra­do en el ban­co! Te lo has ju­ga­do, ¡ven­ga, di­lo! An­tes in­clu­so de me­ter­lo en el ban­co, él se lo ha ju­ga­do... ¿Es que me has vis­to ca­ra de idio­ta o qué?

Se gol­peó con el de­do ín­di­ce en la fren­te su­da­da, con los ri­zos en­ro­lla­dos en los ru­los y las ce­jas mal de­pi­la­das. Arturo abrió los bra­zos. –Ven­ga, da­me un be­so... Eso era lo que ha­cía siem­pre aquel hom­bre. Cuan­do ya no sa­bía a lo que aga­rrar­se, se vol­vía afec­tuo­so. Los dos des­apa­re­cie­ron en el vien­tre de la ca­sa.

Aho­ra tam­bién la per­sia­na del ma­tri­mo­nio So­rren­tino es­ta­ba echa­da co­mo las de­más del edificio (to­das ex­cep­to una). Al ba­jar, se ha­bía en­gan­cha­do a la mi­tad. –¡A ver cuán­do arre­glas la per­sia­na, Ar­tu! Si­len­cio. Des­pués se oyó co­rrer el agua del gri­fo en el baño, el rui­do de una hoja de afei­tar al bor­de del la­va­bo. Y Arturo em­pe­zó a can­tar. Su pre­fe­ri­da: Ma­ra­cai­bo, ma­re for­za no­ve, fug­gi­re sì, ma do­ve? Za-zà.

A las tres de la tar­de, en ju­nio, los an­cia­nos y los ni­ños se me­tían en la ca­ma. Fue­ra, la luz lo abra­sa­ba to­do. Las amas de ca­sa, los ju­bi­la­dos en chán­dal de ace­ta­to que han so­bre­vi­vi­do a los al­tos hor­nos, in­cli­na­ban la ca­be­za, as­fi­xia­dos de­lan­te del te­le­vi­sor.

Des­pués de comer, las fa­cha­das de aque­llas col­me­nas to­das igua­les, unas pe­ga­das a las otras, se pa­re­cían a las pa­re­des de los ni­chos api­la­dos en un ce­men­te­rio. Mu­je­res con las pan­to­rri­llas hin­cha­das y las nal­gas os­ci­lan­tes ba­jo las ba­tas ba­ja­ban al pa­tio y se sen­ta­ban a la som­bra en torno a me­sas de plás­ti­co. Ju­ga­ban a las car­tas. Agi­ta­ban fu­rio­sa­men­te los aba­ni­cos y por lo ge­ne­ral ha­bla­ban de mi­nu­cias.

Los ma­ri­dos, si no es­ta­ban en el tra­ba­jo, no aso­ma­ban la na­riz fue­ra de ca­sa. Des­ga­na­dos, sin ca­mi­se­ta, se que­da­ban en el sa­lón cho­rrean­do su­dor, cam­bian­do de ca­nal con el man­do a dis­tan­cia. Ni si­quie­ra es­cu­cha­ban a esos gi­li­po­llas de la te­le­vi­sión. Se li­mi­ta­ban a mi­rar a las aza­fa­tas, a esas fur­cias que eran jus­ta­men­te lo con­tra­rio de sus mu­je­res.

El pró­xi­mo año pon­go el ai­re acon­di­cio­na­do, por lo me­nos en el sa­lón. Si ma­ña­na no me pa­gan las ho­ras ex­tra­or­di­na­rias, te ju­ro que voy a ca­brear­me.

Arturo se afei­ta­ba la bar­bi­lla y can­ta­ba una can­cion­ci­lla de su in­fan­cia, cuan­do la política de vi­vien­das po­pu­la­res cons­tru­yó las col­me­nas de­lan­te de la pla­ya pa­ra los obre­ros de las ace­re­rías. Tam­bién los obre­ros me­ta­lúr­gi­cos, se­gún las ideas de la jun­ta mu­ni­ci­pal co­mu­nis­ta, tie­nen de­re­cho a ca­sas con vis­tas. Con vis­tas al mar, no a la fá­bri­ca.

Cua­ren­ta años des­pués, to­do ha­bía cam­bia­do: los pre­cios es­ta­ban en eu­ros, la te­le­vi­sión era de pa­go, los na­ve­ga­do­res eran sa­te­li­ta­les y ya no exis­tían ni la De­mo­cra­cia Cris­tia­na ni el Par­ti­do Co­mu­nis­ta. La vi­da era muy dis­tin­ta aho­ra, en 2001. Pe­ro se­guían en pie las col­me­nas, la plan­ta si­de­rúr­gi­ca y el mar tam­bién.

La pla­ya de Vía Sta­lin­gra­do, a esas ho­ras, es­ta­ba ati­bo­rra­da de chi­cos vo­ci­fe­ran­tes, ne­ve­ras por­tá­ti­les, sombrillas amon­to­na­das unas so­bre otras. An­na y Fran­ces­ca to­ma­ban ca­rre­ri­lla en la arena, caían al agua con un gri­to vic­to­rio­so, sal­pi­can­do por to­das par­tes. A su al­re­de­dor, en­jam­bres de ado­les­cen­tes se lan­za­ban con to­dos sus múscu­los ten­sos ha­cia un fris­bee o una pe­lo­ta de te­nis.

42

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.