Muer­te en Ber­lín

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Mar­zo de 1930: la muer­te de una fa­mo­sa ac­triz con­du­ce a Ge­reon Rath ha­cia los es­tu­dios de la ciu­dad de Ber­lín. ¿Ha si­do un ac­ci­den­te o fue ase­si­na­da? Mien­tras lo in­ves­ti­ga, el jo­ven co­mi­sa­rio des­cu­bre el la­do oscuro del gla­mour que ro­dea la in­dus­tria ci­ne­ma­to­grá­fi­ca. Vol­ker Kuts­cher, pe­rio­dis­ta de ori­gen ale­mán, sor­pren­dió a crí­ti­ca y lec­to­res con la pu­bli­ca­ción de Som­bras so­bre Ber­lín (Edi­cio­nes B), pri­me­ra en­tre­ga de una es­plén­di­da se­rie de no­ve­las ne­gras pro­ta­go­ni­za­das por el de­tec­ti­ve Ge­reon Rath, y ma­gis­tral­men­te am­bien­ta­das en el Ber­lín de los años vein­te y trein­ta del si­glo XX. Muer­te en Ber­lín / Vol­ker Kuts­cher / Edi­cio­nes B / 592 págs. / Pre­cio: 20 / Pu­bli­ca­ción: 14 de sep­tiem­bre.

ca­pí­tu­lo 1

El haz de luz bai­la en la os­cu­ri­dad to­da­vía más in­quie­to que de cos­tum­bre, en su opi­nión, re­vol­to­so y tra­vie­so. Has­ta que el cen­te­lleo se se­re­na y ad­quie­re for­mas. Los ras­gos dul­ces de un ros­tro que so­lo la luz di­bu­ja en la pan­ta­lla. El ros­tro de ella. Sus ojos abrién­do­se. Y mi­rán­do­le. Cin­ce­la­dos en luz pa­ra la eter­ni­dad, res­ca­ta­dos por siem­pre ja­más de la fu­ga­ci­dad. Siem­pre que lo desee y con la fre­cuen­cia que se le an­to­je los ha­rá bri­llar en esa ha­bi­ta­ción os­cu­ra, en esa os­cu­ra vi­da.

Su vi­da. Una vi­da cu­ya des­con­so­la­da os­cu­ri­dad so­lo lo­gra alum­brar una úni­ca co­sa: el dan­za­rín haz de luz de un pro­yec­tor so­bre una pan­ta­lla.

Ve có­mo se abren los ojos de la mu­jer. Lo ve por­que lo sa­be.

Por­que sa­be exac­ta­men­te lo que ella sien­te. Al­go ajeno a ella y pa­ra él tan fa­mi­liar. Se sien­te muy cer­cano a ella. Ca­si co­mo en ese mo­men­to in­mor­ta­li­za­do en la pan­ta­lla. Ella lo mi­ra y com­pren­de. Cree com­pren­der. Se lle­va las ma­nos al cue­llo co­mo si te­mie­ra aho­gar­se. No sien­te nin­gún do­lor fuer­te, so­lo al­go dis­tin­to. Que fal­ta al­go. Su voz. Quie­re de­cir al­go pe­ro no es­tá. Ha des­apa­re­ci­do esa voz fal­sa. Esa in­so­por­ta­ble voz que no le per­te­ne­ce. Se ha li­be­ra­do de esa voz que ha­bía to­ma­do de re­pen­te po­se­sión de ella co­mo una fuer­za ex­tra­ña y ma­lig­na.

Los ojos más bien ex­pre­san sor­pre­sa que es­pan­to, ella no en­tien­de.

Que él la ama, que ha obra­do de es­te mo­do so­lo por amor a ella, a su na­tu­ra­le­za au­tén­ti­ca y an­ge­li­cal. Pe­ro no se tra­ta de lo que ella en­tien­da. En­ton­ces abre la bo­ca y es co­mo an­tes. Por fin vuel­ve a oír­la. Por fin oye de nue­vo su voz. Su ver­da­de­ra voz, que es eter­na y de la que na­die pue­de pri­var­la, que per­ma­ne­ce­rá en el tiem­po y na­da tie­ne de la in­mun­di­cia y ba­na­li­dad del pre­sen­te.

La voz que lo cau­ti­vó cuan­do la oyó por pri­me­ra vez. La ma­ne­ra en que ella le ha­bla­ba úni­ca­men­te a él pe­se a to­dos los que es­ta­ban sen­ta­dos al la­do.

Ape­nas si so­por­ta el mo­do en que ella lo ob­ser­va. Ha mi­ra­do más allá del bor­de, lo ha vis­to to­do, den­tro de po­co per­de­rá el equi­li­brio. El ins­tan­te en que cae al sue­lo. Su mi­ra­da, que se trans­for­ma de re­pen­te. El pre­sen­ti­mien­to de la muer­te en sus ojos. La con­cien­cia de mo­rir. Mo­rir aho­ra. No hay vuel­ta atrás. La muer­te. Ha lle­ga­do. A sus ojos.

ca­pí­tu­lo 2

El hom­bre con tra­je de eti­que­ta oscuro di­ri­gió una son­ri­sa tran­qui­la al ves­ti­do de se­da ver­de. Per­ma­ne­ció in­mó­vil con una mano en el bol­si­llo y, sos­te­nien­do con la otra una co­pa de co­ñac, no re­tro­ce­dió ni un pa­so. Ni si­quie­ra un bre­ve res­plan­dor se vio en sus ojos cuan­do la mu­jer con el ves­ti­do de no­che se que­dó pa­ra­da a po­cos cen­tí­me­tros de él.

La se­da ver­de subía y ba­ja­ba al rit­mo de una res­pi­ra­ción agi­ta­da. -¿He oí­do mal? -ja­deó la mu­jer. Él be­bió un tra­go. -Cuan­do con­tem­plo sus cau­ti­va­do­ras ore­jas, me re­sul­ta inima­gi­na­ble que pue­da ha­ber oí­do mal con ellas. -La son­ri­sa del hom­bre fue con­vir­tién­do­se en una es­pe­cie de mue­ca bur­lo­na.

-¿En­ton­ces cree real­men­te que pue­de ha­cer­me al­go así?

Su ira pa­re­cía gus­tar­le, cuan­to más se en­co­le­ri­za­ba ella, con ma­yor in­so­len­cia son­reía él. Hi­zo una pau­sa co­mo si tu­vie­ra que ma­du­rar la res­pues­ta.

-Creo que sí -res­pon­dió lue­go con un ges­to de re­co­no­ci­mien­to-. Si no me equi­vo­co, es­to es jus­ta­men­te lo que le ha he­cho el se­ñor Von Kess­ler, ¿no es cier­to?

-¡No pien­so que es­to sea de su in­cum­ben­cia, mi que­ri­do “con­de” Thor­wald!

Él ob­ser­vó di­ver­ti­do que ella po­nía los bra­zos en ja­rras. En la ven­ta­na se pro­du­jo un des­te­llo.

-Es­to no es una res­pues­ta -di­jo él, ba­jan­do la vis­ta a la co­pa de co­ñac. -¿Le bas­ta “es­to” co­mo con­tes­ta­ción? Mien­tras pro­nun­cia­ba esa fra­se ha­bía le­van­ta­do el bra­zo. Él ce­rró los ojos a la es­pe­ra de una bue­na bo­fe­ta­da. Pe­ro no se pro­du­jo.

Un gri­to que pa­re­cía pro­ce­der de otro mun­do fue su­fi­cien­te pa­ra con­ge­lar en un ins­tan­te una se­rie de mo­vi­mien­tos. -¡Cor­ten! En una frac­ción de se­gun­do los dos per­ma­ne­cie­ron tan in­mó­vi­les co­mo en una fo­to­gra­fía, lue­go ella de­jó caer la mano y él abrió los ojos, los dos vol­vie­ron la ca­be­za pa­ra mi­rar ha­cia la os­cu­ri­dad, ha­cia don­de el

pla­tó en que se en­con­tra­ban era sus­ti­tui­do por un sue­lo de hor­mi­gón su­cio. La mu­jer en­tre­ce­rró los ojos an­te la pa­red de luz, so­lo dis­tin­guía va­ga­men­te la si­lla ple­ga­ble don­de se sen­ta­ba el hom­bre que, con dos sim­ples sí­la­bas, lo ha­bía echa­do to­do a per­der y que aho­ra se po­nía en pie, col­ga­ba los au­ri­cu­la­res en la si­lla y pe­ne­tra­ba en la zo­na ilu­mi­na­da, un hom­bre fi­bro­so, con el nu­do de la cor­ba­ta flo­jo y la ca­mi­sa arre­man­ga­da. Aca­ba­ba de sol­tar tal gri­to que to­dos se ha­bían so­bre­sal­ta­do, pe­ro aho­ra su voz so­na­ba sua­ve co­mo el ter­cio­pe­lo.

-Has pro­nun­cia­do las úl­ti­mas pa­la­bras en la di­rec­ción equi­vo­ca­da, Betty, te­so­ro mío -se­ña­ló-. Los mi­cró­fo­nos no te han cap­ta­do.

-¡Los mi­cró­fo­nos, los mi­cró­fo­nos! ¡No aguan­to es­ta pa­la­bra, Jo! ¡No tie­ne na­da que ver con el ci­ne! -Una bre­ve mi­ra­da de reojo al téc­ni­co de so­ni­do bas­tó pa­ra ha­cer en­ro­je­cer al hom­bre que es­ta­ba jun­to a los in­te­rrup­to­res-. El ci­ne -pro­si­guió ella-es luz y som­bra, ¡no ten­dría que es­tar ex­pli­cán­do­se­lo al gran Jo­sef Dress­ler! ¡Es mi ros­tro so­bre el ce­lu­loi­de, Jo! No ac­túo en los..., ¡mi­cró­fo­nos!

Pu­so el acen­to so­bre la úl­ti­ma pa­la­bra que re­so­nó co­mo si se es­tu­vie­ra re­fi­rien­do a una es­pe­cie de in­sec­tos re­cién des­cu­bier­ta y par­ti­cu­lar­men­te re­pug­nan­te.

Dress­ler to­mó una pro­fun­da bo­ca­na­da de ai­re an­tes de res­pon­der.

-Sé que no ne­ce­si­tas la voz, Betty -di­jo-, pe­ro es­to per­te­ne­ce al pa­sa­do. ¡Con es­ta pe­lí­cu­la em­pie­za el fu­tu­ro! ¡Y el fu­tu­ro ha­bla!

-¡Ton­te­rías! Hay mu­chos que no se de­jan con­fun­dir y to­da­vía rue­dan pe­lí­cu­las co­mo es de­bi­do. Sin mi­cró­fo­nos. ¿Crees que el gran Cha­plin se equi­vo­ca? ¿Quién tie­ne la cer­te­za ab­so­lu­ta de que el ci­ne so­no­ro no sea tan so­lo una mo­da que to­dos si­guen por el mo­men­to y que pron­to cai­ga en el ol­vi­do?

Dress­ler la mi­ró sor­pren­di­do, co­mo si no fue­ra ella quien hu­bie­ra ha­bla­do.

-Yo la ten­go -con­tes­tó-. To­dos la te­ne­mos. Y tú tam­bién.

El ci­ne so­no­ro es­tá he­cho a tu me­di­da, tú es­tás he­cha pa­ra el ci­ne so­no­ro. Él te ha­rá real­men­te gran­de. So­lo tie­nes que preo­cu­par­te de una co­sa: de ha­blar en la di­rec­ción co­rrec­ta.

-¡Pen­sar! ¡Si in­ter­pre­to un pa­pel, ten­go que vi­vir­lo!

-Cla­ro. Vi­ve el pa­pel. Pe­ro ví­ve­lo ha­blan­do ha­cia Vic­tor..., y to­ma im­pul­so pa­ra el bo­fe­tón cuan­do ha­yas con­clui­do tu in­ter­ven­ción. Betty asin­tió. Él aña­dió: -Y no gol­pees tan fuer­te co­mo en los en­sa­yos, so­lo tie­nes que ro­zar­lo. El bo­fe­tón no de­be oír­se, so­lo el trueno. To­dos rie­ron, in­clu­so Betty. El en­fa­do se ha­bía di­si­pa­do, el am­bien­te se ha­bía re­la­ja­do. So­lo Jo Dress­ler era ca­paz de con­se­guir­lo. Betty lo ama­ba por esa ra­zón.

-Y aho­ra, des­de el prin­ci­pio, ¡re­pe­ti­mos la es­ce­na aho­ra mis­mo!

El director re­gre­só a su si­tio y se co­lo­có los au­ri­cu-

la­res. Betty vol­vió a to­mar po­si­ción jun­to a la puer­ta y Vic­tor se que­dó al la­do de la chi­me­nea y adop­tó la ex­pre­sión ini­cial. Mien­tras que en­tre bas­ti­do­res rei­na­ba to­da­vía una ani­ma­da ac­ti­vi­dad, ella apro­ve­chó el tiem­po pa­ra con­cen­trar­se en su pa­pel. La em­plea­da de un ho­tel que, por amor a su je­fe, se ha­ce pa­sar por la hi­ja de un mi­llo­na­rio y su­fre las con­se­cuen­cias, in­dig­na­da por las acu­sa­cio­nes que le arro­ja un em­bau­ca­dor de po­co fiar. Un em­bau­ca­dor al que be­sa­rá al fi­nal de la es­ce­na y que en reali­dad no es­tá dán­do­se ai­re, sino que más bien ac­túa con mo­des­tia.

El so­ni­do y la cá­ma­ra vol­vie­ron a po­ner­se en mar­cha y en el es­tu­dio reinó un si­len­cio se­pul­cral. La cla­que­ta rom­pió el mu­tis­mo. -¡Tem­pes­tad de amor, vein­ti­trés, se­gun­da! -Aaaac­ción -oyó de­cir la ac­triz a Dress­ler-. Vic­tor arran­có con sus impertinencias y ella vol­vió a in­dig­nar­se. Era una in­dig­na­ción de pe­lí­cu­la. Sa­bía exac­ta­men­te dón­de es­ta­ba la cá­ma­ra, siem­pre lo sa­bía, pe­ro era ca­paz de ac­tuar co­mo si no exis­tie­ra nin­gún ojo de cris­tal que cap­ta­se ca­da uno de sus mo­vi­mien­tos.

Ha­bía al­can­za­do la po­si­ción jun­to a la chi­me­nea y pro­pi­na­do un bo­fe­tón a Vic­tor. Un ro­bus­to mi­cró­fono col­ga­ba jus­to por en­ci­ma de la ca­be­za del ac­tor, ella in­ten­tó ha­cer­le tan po­co ca­so co­mo el que de­di­ca­ba a las cá­ma­ras, so­lo te­nía que ha­blar con Vic­tor, en­ton­ces tam­bién ha­bla­ría ha­cia el mi­cró­fono, era muy fá­cil, Jo te­nía ra­zón. Sin­tió lo bue­na que era. Si Vic­tor no me­tía la pa­ta, al­go con lo que por des­gra­cia siem­pre ha­bía que con­tar, ten­drían lis­ta la es­ce­na. Cap­tó el re­lám­pa­go, lle­gó en el mo­men­to jus­to. Lue­go se de­jó lle­var por su pro­pio rit­mo, con­tó des­pa­cio ha­cia atrás mien­tras pro­nun­cia­ba las úl­ti­mas pa­la­bras de la es­ce­na. -¿Le bas­ta “es­to” co­mo con­tes­ta­ción? Aho­ra. Jus­to aho­ra el bo­fe­tón. No­tó el con­tac­to con el ros­tro del hom­bre. ¡Pe­ro ha­bía gol­pea­do de­ma­sia­do fuer­te! Bueno, Vic­tor so­bre­vi­vi­ría. Así la pe­lea ten­dría un efec­to más rea­lis­ta. En­ton­ces se per­ca­tó de que al­go no iba bien. No se oyó el trueno. En lu­gar de eso hu­bo un so­ni­do me­tá­li­co y agudo, un le­ve “plinc”; una pe­que­ña pie­za de me­tal de­bía de ha­ber cho­ca­do con­tra el sue­lo a sus es­pal­das. Ce­rró los ojos. ¡No! ¡No, por fa­vor! ¡Que no fue­ra una lo­ca ave­ría téc­ni­ca! ¡No aho­ra que lo ha­bía he­cho tan bien! Pe­ro sí. -Mier­da -oyó mas­cu­llar a Dress­ler-. ¡Cor­ten! Pe­se a que te­nía los ojos ce­rra­dos no­tó que la luz cam­bia­ba. An­tes de abrir los pár­pa­dos no­tó el gol­pe. Un gol­pe co­mo de un mar­ti­llo gi­gan­te, un úni­co y vio­len­to im­pac­to que se le des­car­gó en el hom­bro, en el bra­zo, en la nu­ca. Cuan­do vol­vió a abrir los ojos, ya es­ta­ba en el sue­lo. ¿Qué ha­bía pa­sa­do? Oyó cru­jir al­go y no­tó que pro­ce­día de su cuer­po, al­go en ella de­bía de ha­ber­se ro­to. El do­lor la en­vol­vió de for­ma tan di­rec­ta y bru­tal que por un mo­men­to se le nu­bló la vis­ta. Vio en el te­cho del es­tu­dio las te­las y los an­da­mios de ace­ro, el sem­blan­te ho­rro­ri­za­do de Vic­tor con­tem­plán­do­la an­tes de que des­apa­re­cie­ra de su cam­po vi­sual.

Que­ría le­van­tar­se, pe­ro le re­sul­ta­ba im­po­si­ble, que­ría ir­se por­que al­go le abra­sa­ba el ros­tro, le abra­sa­ba las ma­nos, to­do el cos­ta­do iz­quier­do y el do­lor era in­so­por­ta­ble. Ni si­quie­ra po­día vol­ver la ca­be­za, al­go la pre­sio­na­ba con­tra el sue­lo y la abra­sa­ba.

To­do en ella que­ría re­be­lar­se con­tra el do­lor, pe­ro las pier­nas no le obe­de­cían, ya no se mo­vían, na­da se mo­vía en su cuer­po; co­mo un ejér­ci­to amo­ti­na­do des­obe­de­cía to­das las ór­de­nes. Olía a pe­lo cha­mus­ca­do y piel quemada. Oyó que al­guien gri­ta­ba, con­fir­mó irri­ta­da que de­bía de ser su pro­pia voz, y, sin em­bar­go, le pa­re­cía que era otro el que gri­ta­ba, co­mo si no pu­die­ra ser ella, co­mo si eso no fue­ra en ab­so­lu­to pro­pio de ella, que gri­ta­ba. Sen­tía do­lor y sim­ple­men­te no que­ría mo­ver­se más, so­lo que­ría gri­tar, gri­tar, gri­tar y gri­tar.

El ros­tro de Vic­tor vol­vió a apa­re­cer, ha­bía de­ja­do de ser un ros­tro pa­ra con­ver­tir­se en una mue­ca, con los ojos desor­bi­ta­dos que la mi­ra­ban fi­ja­men­te, la bo­ca ex­tra­ña­men­te tor­ci­da, no el ros­tro del pro­ta­go­nis­ta de la pe­lí­cu­la, de­ci­di­do sin em­bar­go. So­lo cuan­do vio pre­ci­pi­tar­se so­bre ella el agua, que co­mo una me­du­sa in­for­me e in­fi­ni­ta­men­te lar­ga pa­re­ció sus­pen­der­se en el ai­re an­tes de al­can­zar­la, so­lo en ese ins­tan­te eterno su­po lo que él ha­cía.

Y su­po que era lo úl­ti­mo que ve­ría en su vi­da.

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