Zar­zue­la pa­ra un ve­rano en cri­sis

El Ayun­ta­mien­to de Ma­drid no tie­ne un du­ro pa­ra mú­si­cas, pe­ro los ar­tis­tas tie­nen ima­gi­na­ción y ta­len­to. De ahí vie­nen los mi­la­gros de los Ve­ra­nos de la Vi­lla.

Tiempo - - CULTURA -

o fa­lla ja­más. Si us­ted quie­re lle­nar un tea­tro en Ma­drid, pro­gra­me zar­zue­la de la que a la gen­te le gus­ta. ¿ A qué gen­te? Pues a mu­chí­si­ma: no ha­bía más que echar un vis­ta­zo a los mil y pi­co re­ple­tos asien­tos de los Jar­di­nes de Sa­ba­ti­ni pa­ra ad­ver­tir que el pú­bli­co lo for­ma­ban se­ño­res y se­ño­ras que ya te­nían uso de ra­zón cuan­do Federico Chue­ca em­pe­za­ba a to­ser, es ver­dad, pe­ro tam­bién una enor­me can­ti­dad de gen­te jo­ven. Pron­to ha­rá dos si­glos que es así. La gen­te, el pú­bli­co, va a la zar­zue­la ge­ne­ra­ción tras ge­ne­ra­ción. No es co­sa de po­ner­se a dis­cu­tir aho­ra so­bre las apo­li­lla­das za­ran­da­jas del “gé­ne­ro me­nor”, so­bre la fal­ta de me­dios, los za­pa­to­nes de mu­chos com­po­si­to­res, el apa­ren­te o au­tén­ti­co des­pre­cio de al­gu­nos gran­des can­tan­tes y tal y qué sé yo. Lo que me in­tere­sa re­sal­tar es que el Ayun­ta­mien­to pro­gra­ma en Sa­ba­ti­ni, en los Ve­ra­nos de la Vi­lla, dos tí­tu­los se­gu­ros, co­mo son Agua, azu­ca­ri­llos y aguar­dien­te (Chue­ca) y La ver­be­na de La Paloma ( To­más Bre­tón), y aque­llo se lle­na no­che tras no­che. El alcalde no va a ver­lo, eso es cier­to, y la con­ce­ja­la de Cul­tu­ra ( Ali­cia Moreno) tam­po­co, pe­ro da igual. Va la gen­te. Van los ma­dri­le­ños, por mi­les. Qué más se pue­de pe­dir.

Lo pri­me­ro que lla­ma la aten­ción es la ama­ble dis­tan­cia en­tre el tea­tro so­fis­ti­ca­do y la vi­da real. En es­tos días co­mien­zan a for­mar­se gran­des y ce­re­mo­nio­sas co­las en torno al tea­tro de Bay­reuth, en Ba­vie­ra: son mi­les los wag­ne­ria­nos de to­do el mun­do que acu­den allí, di­ría­se que en un­ción, a ver las ópe­ras del gi­gan­te ale­mán. Muy bien. Es­tu­pen­do. Me gus­ta­ría mu­chí­si­mo que esas res­pe­ta­bles per­so­nas hi­cie­sen lo mis­mo que yo he vis­to ha­cer al pú­bli­co de Ma­drid en es-

Ntas no­ches: can­tar por lo ba­ji­ni los frag­men­tos más co­no­ci­dos (que pa­ra unos y otros son mu­chí­si­mos) por­que, sen­ci­lla­men­te, es la música de su co­ra­zón, la que les arre­ba­ta, la que les ha­ce reír o llo­rar o re­cor­dar; y ese mur­mu­llo de­li­cio­so, ese su­su­rro del pú­bli­co (que a ve­ces des­afi­na y que siem­pre va más len­to que la or­ques­ta, pe­ro qué más da eso), lle­ga al es­ce­na­rio co­mo el ru­mor de un mar cer­cano y lo­gra el ra­ro mi­la­gro de la fe­li­ci­dad, por­que to­dos se dan cuen­ta a la vez de que es­tán ha­cien­do al­go más que una re­pre­sen­ta­ción de zar­zue­la: es­tán ha­cien­do jun­tos una música que los en­he­bra, los sin­te­ti­za a to­dos.

Eso es la vi­da real. Las re­pre­sen­ta­cio­nes de Sa­ba­ti­ni no son per­fec­tas por­que no pue­den ser­lo y por­que, qué na­ri­ces, que­da­ría ca­si feo que lo fue­sen. Eso tam­bién es la vi­da real, y pa­ra esa vi­da es­cri­bie­ron Chue­ca y Bre­tón; no pa­ra al­gu­nos his­té­ri­cos (so­lo al­gu­nos), ve­ci­nos pró­xi­mos, que se po­nen al bor­de del sín­co­pe si a al­guien se le es­ca­pa un Mi be­mol al­go ba­jo de tono. Eso no es la vi­da real. Eso es el Tea­tro Real. No es lo mis­mo.

No sé si ha­brá si­do a pro­pio in­ten­to, pe­ro Carlos Fer­nán­dez de Castro (es­ce­nó­gra­fo y director de es­ce­na) ha ob­se­quia­do al pú­bli­co ma­dri­le­ño dos tí­tu­los pa­ra tiem­pos de cri­sis. En Agua, azu­ca­ri­llos y aguar­dien­te, los per­so­na­jes son po­bres y ri­cos, en­deu­da­dos y pres­ta­mis­tas, y ga­nan los po­bres, co­mo es ló­gi­co. En la Ver­be­na de Bre­tón, es im­po­si­ble ol­vi­dar al se­reno ga­lle­go mien­tras lee el pe­rió­di­co: “¡Bue­na es­tá la pu­lí­ti­ca! Pues ¿y el Ayun­ta­mien­to?” O no ha pa­sa­do el tiem­po, o lo que ocu­rre es que va dan­do vuel­tas, co­mo los co­me­tas. Ha­bía cri­sis a fi­na­les del XIX, cuan­do es­cri­bie­ron Chue­ca y Bre­tón. La hay tam­bién aho­ra. Las frases de ha­ce un si­glo sue­nan hoy co­mo re­cién in­ven­ta­das.

Ha­cer las co­sas bien.

Pe­ro, tam­bién co­mo en­ton­ces, los ar­tis­tas han de­ci­di­do po­ner­le bue­na ca­ra al mal tiem­po y ha­cer una re­pre­sen­ta­ción de gran brío. ¿Que no hay un du­ro y que el Ayun­ta­mien­to pro­gra­ma es­tas obras “se­gu­ras” pa­ra que sean ren­ta­bles? Pues se le echa ima­gi­na­ción, que pa­ra eso es­tá. ¿Que el pre­su­pues­to es­tá más re­cor­ta­do que la me­le­na de un skin­head? Pues se op­ti­mi­zan los re­cur­sos, y así son los ac­to­res y can­tan­tes quie­nes, con to­do di­si­mu­lo y mu­cha je­ta cas­ti­za, mue­ven el de­co­ra­do, cam­bian las ca­sas de si­tio y lle­van y traen las si­llas. Ha­bía uno que se pa­sa­ba me­dia fun­ción lle­van­do de aquí pa­ra allá una fa­ro­la, tan fres­co y tan fe­liz, co­mo si las fa­ro­las ca­lle­je­ras pe­sa­sen (en la reali­dad) dos­cien­tos gra­mos. Y, va­mos a ver, ¿por qué no?

Se­rá la cri­sis o se­rá lo que sea, pe­ro he­mos po­di­do ver un elen­co sen­ci­lla­men­te in­creí­ble. Es un ver­da­de­ro lu­jo te­ner en Sa­ba­ti­ni a Juan de Udae­ta co­mo director mu­si­cal; es­te hom­bre es uno de los más gran­des es­pe­cia­lis­tas en música es­pa­ño­la que tie­ne es­te país, y ha­bía que ver có­mo coor­di­na­ba a la pe­que­ña or­ques­ta que le die­ron con la sa­bi­du­ría y la pul­cri­tud con que di­ri­gía a la or­ques­ta de Gra­na­da, la de Se­vi­lla o cual­quier otra. Los tem­pi vi­vos (mar­ca de la ca­sa) y una in­creí­ble ex­qui­si­tez en los fra­seos, los re­gu­la­do­res, los ma­ti­ces...

Los can­tan­tes y ac­to­res eran nu­me­ro­sí­si­mos y no bas­ta­rá de­cir que to­dos es­tu­vie­ron más que dig­nos. Qui­sie­ra de­jar por es­cri­to mi asom­bro an­te las vo­ces y la ver­sa­ti­li­dad de Mi­la­gros Mar­tín, Au­ro­ra Frías, Fran­ces­ca Calero, Javier Ro­mán y des­de lue­go Car­men Dó­le­ra, mag­ní­fi­ca en la Do­ña Si­mo­na del Agua, azu­ca­ri- llos... y sen­ci­lla­men­te so­ber­bia en la Tía An­to­nia de la Ver­be­na.

Por­que ahí en­tra el ver­da­de­ro ta­len­to. Carlos Fer­nán­dez de Castro de­ci­dió de­jar la obra de Chue­ca más o me­nos co­mo es­ta­ba, en su tiem­po y lu­gar (he ol­vi­da­do ci­tar el ma­ra­vi­llo­so Aqui­lino de Ro­dri­go Mendiola; qué co­jo hi­zo, por Dios), pe­ro con la pie­za de Bre­tón, De Castro y Udae­ta de­ci­die­ron echar un pul­so a la es­ca­sez de me­dios e in­ten­tar al­go ver­da­de­ra­men­te no­ta­ble. Pri­me­ro, cam­bia­ron la épo­ca. De fi­na­les del XIX, la tras­plan­ta­ron a una épo­ca in­de­ter­mi­na­da del fran­quis­mo, qui­zá los 50, qui­zá los 60. A la vis­ta es­ta­ba que se po­día ha­cer, por­que am­bas Es­pa­ñas se pa­re­cían de­ma­sia­do y los es­pa­ño­les tam­bién, con me­dio si­glo de di­fe­ren­cia. La obra no su­frió en ab­so­lu­to por eso, to­do lo con­tra­rio. Y lue­go die­ron la vuel­ta a dos per­so­na­jes esen­cia­les. El vie­jo y ri­jo­so bo­ti­ca­rio, Don Hi­la­rión, ya no era un vie­jo ri­dícu­lo con chis­te­ra que se cree, so­lo él, “un dan­di y un bri­bón”. Era un se­ñor ma­yor, pe­ro un com­pe­ti­dor po­si­ble y ve­ro­sí­mil pa­ra el enamo­ra­do Ju­lián que in­ter­pre­ta­ba Antonio To­rres. Y el vie­jo no can­ta­ba co­mo el pa­to Do­nald, o sea con la la­men­ta­ble voz del “te­nor có­mi­co” a que es­ta­mos acos­tum­bra­dos: can­ta­ba de ver­dad, por­que era un per­so­na­je de ver­dad, no un ar­que­ti­po de chis­te. Y la Tía An­to­nia de Car­men Dó­le­ra no era el con­tra­pun­to fe­me­nino del vie­jo; era una se­ño­ra de mu­cho ca­rác­ter, pe­ro una se­ño­ra de ver­dad, una ar­tis­to­na ve­ni­da a me­nos que no po­nía voz de al­can­ta­ri­lla: can­ta­ba con to­da el al­ma.

El re­sul­ta­do: un ejem­plo de có­mo po­ner las di­fi­cul­ta­des, la es­ca­sez, la cri­sis y la fal­ta de me­dios al ser­vi­cio de la música... y de la ima­gi­na­ción. El pú­bli­co dis­fru­tó a ma­nos lle­nas. Y es que no hay na­da más efi­caz que la vi­da real.

Ver­be­na. La Tía An­to­nia (Car­men Dó­le­ra) su­je­ta a un des­ma­ya­do Don Hi­la­rión. De­trás, la Cas­ta y la Su­sa­na.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.