De­ci­mos elec­to­ra­lis­mo y sal­pi­ca­mos con un es­cu­pi­ta­jo aque­llo de que se tra­te

Tiempo - - A BISEL -

Montera en el de­sen­can­to na­da inocen­te de una de­mo­cra­cia de ágora y po­lis. La po­lí­ti­ca, co­mo el pe­ca­do. Siem­pre el ca­tó­li­co con ese Dios jus­ti­cie­ro del ojo im­pla­ca­ble pe­ga­do a la nu­ca. Siem­pre el po­lí­ti­co con esa vo­lun­tad im­pla­ca­ble vi­gi­lan­do ca­da uno de sus ac­tos. Así la vís­pe­ra co­mo ca­da día que di­ga a las ur­nas. En pú­bli­co y en pri­va­do co­mo si ca­da ac­to fue­ra a ser el úl­ti­mo an­tes del re­fren­do, por­que, no se en­ga­ñen, lo las­ci­vo no es que pa­sen vein­te días o dos me­ses ade­cuan­do su com­por­ta­mien­to a lo que creen que quie­ren sus vo­tan­tes, lo pe­ca­mi­no­so es que no lo ha­gan du­ran­te los lar­gos años en los que dan la es­pal­da al vo­tan­te. Que más va­le pe­car de ido­la­tría fren­te al al­tar del pue­blo que pos­trar­se de hi­no­jos an­te el pu­ro po­der o, aun olor, el in­te­rés.

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