Es nues­tra Cons­ti­tu­ción

De­ba­te abier­to so­bre la re­for­ma cons­ti­tu­cio­nal, que se va a ha­cer sin con­sul­ta a los ciu­da­da­nos y tan so­lo me­dian­te el acuer­do de una gran ma­yo­ría de dipu­tados.

Tiempo - - CULTURA -

Aquel 5 de di­ciem­bre de 1978, a úl­ti­ma ho­ra de la he­la­da tar­de del in­vierno leo­nés, un cha­val que aca­ba­ba de cum­plir 20 años es­ta­ba en ca­sa de su no­via, preo­cu­pa­do. No lo veía cla­ro. Por más vuel­tas que le da­ba, por más que am­bos re­leían aquel pu­ñe­te­ro -pe­ro esencial-ar­tícu­lo, no cua­dra­ba. Es­ta­ba mal.

Ella in­sis­tía en que po­día tra­tar­se de un error o de una ma­la in­ter­pre­ta­ción: “Si ellos, que sa­ben, lo han es­cri­to así, pues así ten­drá que ser, hi­jo. Igual es que tú no lo en­tien­des”. Él se en­fa­da­ba: “Pues si los ciu­da­da­nos no en­ten­de­mos nues­tra pro­pia Cons­ti­tu­ción, avia­dos es­ta­mos”. Har­to, ti­ró de te­lé­fono, lla­mó a in­for­ma­ción y, con dos na­ri­ces, pi­dió el nú­me­ro de una per­so­na en Ma­drid. In­creí­ble­men­te, se lo die­ron. Y lla­mó. Em­pe­za­ron a tem­blar­le las ro­di­llas cuan­do re­co­no­ció la voz. –¿Don En­ri­que? –Síii, dí­ga­me. ¿Quién es? –Pe­ro... ¿es us­ted don En­ri­que Tierno Gal­ván? -Síii, soy yo, dí­ga­me. ¿Quién lla­ma? -Eeeh... Bueno, pues... Ve­rá, pro­fe­sor, soy un ciu­da­dano cual­quie­ra, us­ted no me co­no­ce, cla­ro, có­mo me va a co­no­cer. Y ma­ña­na voy a ejer­cer por pri­me­ra vez mi de­re­cho al vo­to. En el re­fe­rén­dum, ya sa­be.

-Síii, cla­ro, qué bieeen, cuán­to me ale­gro. Pues le fe­li­ci­to a us­ted, ¿ver­dad? Y su­pon­go que vo­ta­rá us­ted con res­pon­sa­bi­li­dad, ¿ver­dad? Res­pon­sa­ble­meeen­te...

-Por eso le lla­mo pro­fe­sor. Por­que hay una co­sa que no en­tien­do. Y que­ría que us­ted me la acla­ra­se. Si no es mo­les­tia.

-Bueno, hom­bre, bueeeno... A es­tas ho­ras... Es­toy aquí con mi fa­mi­lia, ¿sa­be us­ted? Pe­ro en fin, da­das las cir­cuns- tan­cias, lo im­por­tan­te que es pa­ra us­ted la jor­na­da de ma­ñaaa­na, ¿ver­dad? Pues va­mos allá, dí­ga­me, jo­ven. -Es el ar­tícu­lo 92. -Síii, sí, cla­ro, lo co­noooz­co, lo re­cuer­do bien. -Es­tá mal, don En­ri­que. -Pe­ro ¿qué me di­ce? ¿Por qué? -Por­que aquí po­ne que las co­sas im­por­tan­tes po­drán ser so­me­ti­das a re­fe­rén­dum con­sul­ti­vo de to­dos los ciu­da­da­nos.

-Eso es, muy bien, com­prue­bo con ale­gría que un jo­ven co­mo us­ted se ha leí­do el pro­yeeec­to, ¿ver­dad? Es us­ted un buen ciu­da­daaano, pe­ro ¿qué es lo que no en­tien­de?

-Lo de con­sul­ti­vo, pro­fe­sor. ¿Có­mo que con­sul­ti­vo? ¿La de­mo­cra­cia no era que la so­be­ra­nía re­si­de en el pue­blo? Así que ¿el Go­bierno pue­de con­vo­car un re­fe­rén­dum y, si sa­le lo que no le gus­ta, ha­cer lo con­tra­rio de lo que sal­ga? Pau­sa­do suspiro de don En­ri­que. -Bueeeno, jo­ven, mi­re us­ted. Las co­sas no son siem­pre tan sen­ciii­llas, ¿ver­dad? Yo qui­sie­ra de­cir­le...

Ahí el vie­jo pro­fe­sor des­car­gó so­bre las costillas del mu­cha­cho diez mi­nu­tos de ra­zo­na­mien­tos ju­rí­di­cos y mo­ra­les de los que el po­bre no en­ten­dió gran co­sa, pe­ro sí al­can­zó a com­pren­der que el tex­to cons­ti­tu­cio­nal -vino a de­cir don En­ri­que-era fru­to de mu­chí­si­mas com­po­nen­das que no sa­tis­fa­cían com­ple­ta­men­te a na­die pa­ra sa­tis­fa­cer un po­co a to­dos; que la Cons­ti­tu­ción con­te­nía erro­res, co­mo to­das las obras hu­ma­nas; que el re­fe­rén­dum era la má­xi­ma ex­pre­sión de la vo­lun­tad po­pu­lar y que nin­gún Go­bierno se atre­ve­ría nun­ca a ac­tuar en contra de esa vo­lun­tad ex­pre­sa de los ciu­da­daaa­nos, ¿ver­dad?

-Ten­ga us­ted en cueeen­ta, jo­ven, que es­ta es una oca­sión úni­ca en la His­to­ria pa­ra pro­pi­ciar la re­con­ci­lia­ción y la con­cor­dia en­tre los es­pa­ñooo­les. Es una ley de to­dos y pa­ra to­dos. No sé si mis ex­pli­ca­cio­nes le ha­brán ser­vi­do de al­go...

-De mu­cho, pro­fe­sor. No sa­be cuán­to se lo agra­dez­co. No le mo­les­to más.

En­ton­ces, ¿to­do va­le?

Pe­ro no era del to­do cier­to. Ya ha­brán adi­vi­na­do us­te­des que aquel jo­ven­ci­to im­per­ti­nen­te, que tu­vo la hu­mo­ra­da de lla­mar al pre­si­den­te de ho­nor del PSOE la vís­pe­ra del re­fe­rén­dum cons­ti­tu­cio­nal, era yo. Y ¿sa­ben? Mis po­cas lu­ces, mi ro­man­ti­cis­mo ju­ve­nil y aquel pu­ñe­te­ro “con­sul­ti­vo” me lle­va­ron a vo­tar que no. Cuan­do, a los dos días, me di cuen­ta de que mi pri­mer vo­to se ha­bía uni­do a los emi­ti­dos por los proeta­rras, los fa­lan­gis­tas, los de ex­tre­ma iz­quier­da y a los de cin­co dipu­tados de Alian­za Po­pu­lar que

des­obe­de­cie­ron a Fra­ga y vo­ta­ron “no” en el Con­gre­so por­que en el tex­to no se men­cio­na­ba ex­plí­ci­ta­men­te a Dios ni se so­me­tía a la na­ción a la vo­lun­tad ju­rí­di­ca del Al­tí­si­mo, me di cuen­ta de mi co­lo­sal me­te­du­ra de pa­ta. Pe­ro ya era tar­de. En los re­fe­ren­dos no sue­le ha­ber se­gun­da vuelta. Ni si­quie­ra con­sul­ti­va.

Me gus­ta­ría po­der lla­mar de nue­vo a don En­ri­que Tierno Gal­ván pa­ra pre­gun­tar­le qué pien­sa de lo que se es­tá pre­pa­ran­do aho­ra. Por­que a los 20 años me en­ce­lé con el 92 y pa­sé vo­lan­do por en­ci­ma del 167.3, en el que se di­ce que el re­fe­rén­dum pa­ra re­for­mar la pro­pia Cons­ti­tu­ción se ha­rá si lo so­li­ci­ta -después de mu­chos trá­mi­tes, eso sí-el 10% de los dipu­tados. Si no hay 10%, no hay re­fe­rén­dum. Que es lo que su­ce­de hoy.

Por ese sis­te­ma se va a me­ter en la Ley de Le­yes la im­po­si­ción de un te­cho en el dé­fi­cit pú­bli­co. Una me­di­da que, bue- na o ma­la (eso no me in­tere­sa aho­ra), abre la ca­ja de los true­nos, por­que va a ser la se­gun­da vez que se to­que el tex­to cons­ti­tu­cio­nal: la pri­me­ra fue en 1992, pa­ra adap­tar la le­gis­la­ción es­pa­ño­la al tra­ta­do de Maas­tricht. Se aña­die­ron dos pa­la­bras. Sin re­fe­rén­dum.

Si bas­ta el acuer­do del 90% de los dipu­tados más uno pa­ra rec­ti­fi­car lo que vo­ta­mos to­dos, ¿quie­ren de­cir­me us­te­des qué im­pe­di­ría a sus se­ño­rías in­cluir en la Car­ta Mag­na una pen­sión vi­ta­li­cia de un mi­llón de eu­ros al mes pa­ra ca­da uno de ellos? Ya sé que sue­na ab­sur­do, pe­ro ¿qué lo im­pe­di­ría, va­mos a ver? ¿En qué ar­tícu­lo se in­tro­du­ci­ría la cons­ti­tu­cio­na­li­za­ción del ca­fe­li­to de me­dia ma­ña­na? ¿Y del mus vis­to? Más en se­rio, ¿qué evi­ta­ría que los dipu­tados hi­cie­sen cons­ti­tu­cio­nal la fies­ta de los to­ros, que es al­go en lo que sí se po­drían po­ner de acuer­do mu­chos de ellos? O, mi­ran­do el asun­to a sen­su con­tra­rio, ¿por qué no cam­biar por ese mé­to­do, si la tem­pe­ra­tu­ra po­lí­ti­ca en­tre los dos gran­des par­ti­dos ba­ja unos po­cos gra­dos, la su­ce­sión a la Co­ro­na, la de­no­mi­na­ción de las co­mu­ni­da­des au­tó­no­mas (ini­cia­ti­vas am­bas de Za­pa­te­ro que no pros­pe­ra­ron) o cual­quier otra co­sa? Por úl­ti­mo, ¿na­die se da cuen­ta de que una re­for­ma cons­ti­tu­cio­nal que se ha acor­da­do ba­jo la me­sa y a tan­ta ve­lo­ci­dad pue­de ser vuelta del re­vés ba­jo la mis­ma me­sa y a un rit­mo no me­nor? ¿Te­ne­mos una Cons­ti­tu­ción o te­ne­mos un cal­ce­tín ju­rí­di­co cu­yo tex­to de­pen­de na­da más que del acuer­do en­tre tres­cien­tas y pi­co per­so­nas?

La Cons­ti no es de pie­dra be­rro­que­ña, so­lo eso fal­ta­ba. Pe­ro si la vo­ta­mos to­dos, creo que to­dos de­be­mos de­ci­dir si la cam­bia­mos o no. Por­que no per­te­ne­ce a los par­la­men­ta­rios. Es nues­tra, de to­dos. Ya lo de­cía don En­ri­que.

27-12-1978. El Rey san­cio­na la Cons­ti­tu­ción en pre­sen­cia de la

Rei­na y del Prín­ci­pe.

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