Car­los

Tiempo - - ZOOM - ALICIA CAS­TRO

Hay gen­te que no se de­be­ría de mo­rir por­que a una no so­lo se le par­te el co­ra­zón sino que así, de so­pe­tón, te cae en­ci­ma la edad que tie­nes. Se ha ido al hos­pi­tal Car­los Ba­lles­te­ros (es­to del hos­pi­tal es por­que ha do­na­do su ca­dá­ver a la cien­cia, co­mo Eduar­do Ha­ro Tec­glen), que no so­lo era el ac­tor más gua­po que ha ha­bi­do en Es­pa­ña des­de los tiem­pos de Cal­de­rón de la Bar­ca, sino uno de los me­jo­res (ca­da vez que le re­cuer­do en Abe­lar­do y Eloí­sa, ves­ti­do de mon­je, me dan fie­bres cuar­ta­nas) y el pro­pie­ta­rio de una voz pro­di­gio­sa. Con­cha Ve­las­co de­cía que de­be­ría ha­cer siem­pre de ro­mano, pa­ra ver­le los mus­los. Y Pi­lar Bar­dem acon­se­ja­ba, cu­ca, a los no­va­tos: “A ver si apren­déis a be­sar co­mo besa Ba­lles­te­ros...” Has­ta siem­pre, pre­cio­so.

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