Te­les­co­pio

Es bueno re­cor­dar lo que los ge­nios se es­cri­bían cuan­do uno de ellos com­pra­ba un te­les­co­pio pa­ra ocu­par el es­pa­cio in­va­di­do por la me­lan­co­lía.

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con an­te­rio­ri­dad a su de­ci­sión de com­prar un pi­so con te­rra­za en Fuen­te­rra­bía –que así se di­ce en es­pa­ñol, y no Hon­da­rri­bia, que es voz vas­cuen­ce–, Miguel Mihu­ra, el gran au­tor tea­tral, vi­si­tó mu­chos lu­ga­res y al­qui­ló to­da suerte de apar­ta­men­tos pa­ra pa­sar el ve­rano. Le acom­pa­ña­ban siem­pre su her­mano Je­ró­ni­mo y un pe­rro. “La gen­te se cree que soy un aman­te de los pe­rros, pe­ro no es así. Lo trai­go por­que el pe­rro siem­pre eli­ge el me­jor si­tio en una ca­sa. Así que lle­go al apar­ta­men­to por pri­me­ra vez, me fi­jo dón­de se echa el pe­rro, le doy una pa­ta­da y pon­go ahí mi si­llón”.

Pe­ro en Fuen­te­rra­bía en­con­tró don Miguel su si­tio ideal. Un pi­so al­to con te­rra­za mi­ran­do a la pla­ya y el ca­bo Hí­guer, la úl­ti­ma ro­ca de Es­pa­ña. No ne­ce­si­ta­ba lle­var pe­rro por­que era su ca­sa y se sa­bía de me­mo­ria sus me­jo­res rin­co­nes. A Mihu­ra, que era ba­ji­to, le en­can­ta­ban las mu­je­res al­tas, y al­gu­nas de ellas se de­ja­ron atra­par en las re­des de su in­con­men­su­ra­ble in­ge­nio. Pe­ro pa­sa­ron los años, y a don Miguel le de­ja­ron de in­tere­sar las mu­je­res al­tas, y las ba­jas, y las me­dia­nas, y le in­va­dió una in­ter­mi­na­ble nu­be de me­lan­co­lía. Los hay que de­fien­den la teo­ría de que el hom­bre em­pie­za a mo­rir el día que de­ja de pen­sar en las mu­je­res.

Es­cri­bía a sus ami­gos. Se ha reuni­do en un li­bro su Epis­to­la­rio de Fuen­te­rra­bía, que de­ja una sen­sa­ción amar­ga. La épo­ca qui­zá, y las ne­ce­si­da­des. Se en­cuen­tra en el Epis­to­la­rio el co­rreo que don Miguel re­ci­bía, no el que en­via­ba. Y creo que su me­jor en­vío se lo de­di­có a su ami­go An­to­nio Min­go­te. Una postal en la que le in­for­ma de la ad­qui­si­ción de un te­les­co­pio que ha ins­ta­la­do en la te­rra­za.

“Querido An­to­nio. Aquí es­toy, en Fuen­te­rra­bía. Me he com­pra­do un te­les­co­pio pa­ra ver pa­sar los bar­cos por el ho­ri­zon­te. Lo he he­cho por­que ya no se me po­ne gor­da, que si se me pu­sie­ra gor­da iba a ver pa­sar los bar­cos por el ho­ri­zon­te la pu­ta ma­dre de Juan Sebastián El­cano. Un abra­zo muy fuer­te, Miguel”.

Ha des­apa­re­ci­do la li­te­ra­tu­ra epis­to­lar. Na­die se es­cri­be fue­ra del mi­la­gro del e-mail. Pe­ro es bueno re­cor­dar lo que los ge­nios se es­cri­bían cuan­do uno de ellos com­pra­ba un te­les­co­pio pa­ra ocu­par el es­pa­cio in­va­di­do por la me­lan­co­lía.

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