Muy vi­lla­ní­si­mo

Su re­cuer­do que­dó co­mo el de un fan­tas­ma vo­lun­ta­ria­men­te es­ca­pa­do. De­jó una no­ta a su me­jor ami­go: “Me voy por­que es­ta vi­da es muy abu­rri­dí­si­ma y no tie­ne ali­cien­tes pa­ra un so­li­ta­rio”.

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Sus bie­nes no eran mu­chos, pe­ro sí su­fi­cien­tes pa­ra atraer la aten­ción de una sol­te­ra de 40 años que es­ta­ba de muy buen ver

vi­vía en el po­nien­te de la mon­ta­ña, un lu­gar apar­ta­do del ya de por sí des­pla­za­do mu­ni­ci­pio de He­rre­rías, don­de los muer­tos se cuen­tan por las ca­sas des­ha­bi­ta­das. Era el pro­to­ti­po de la so­le­dad. A unos cen­te­na­res de me­tros, na­da su­ge­ren­tes pa­ra el paseo, vi­vían sus pa­dres, no­na­ge­na­rios. Su vi­da se re­su­mía en or­de­ñar a sus va­cas, ha­cer li­co­res ca­se­ros en una al­qui­ta­ra des­ven­ci­ja­da y leer. Leía mu­cho, y bien. De sus lec­tu­ras le na­ció ese po­so fi­lo­só­fi­co que so­lo se da en los hom­bres del cam­po. Aque­lla tar­de fa­lle­ció su pa­dre. Las gen­tes de al­re­de­dor, sus ve­ci­nos, se reunie­ron en la igle­sia del des­per­di­ga­do ba­rrio pa­ra oír la mi­sa y en­te­rrar­lo pos­te­rior­men­te, co­mo es cos­tum­bre por allí. Pe­ro el hi­jo no ba­jó a la igle­sia ni pre­si­dió el en­tie­rro. A quien le pre­gun­tó el motivo de su au­sen­cia le res­pon­dió sin ti­tu­beos: “Era muy vi­lla­ní­si­mo”. Ce­rró la ca­sa de sus pa­dres y se lle­vó a su ma­dre con él. Cuan­do al­guien los vi­si­ta­ba, ad­ver­tía a los lle­ga­dos: “No de­jéis los mó­vi­les en la me­sa, por­que mi ma­dre es muy la­dron­cí­si­ma”. Tam­bién la ma­dre fa­lle­ció, y el hi­jo sí asis­tió a su mi­sa y a su en­tie­rro. Con 60 años hol­ga­da­men­te cum­pli­dos, de­ci­dió que su so­le­dad ha­bía to­ca­do fon­do. Y se ca­só. Sus bie­nes no eran mu­chos, pe­ro sí los su­fi­cien­tes pa­ra atraer la aten­ción de una sol­te­ra de 40 años que es­ta­ba de muy buen ver. Con­vi­vió con ella cin­co años. Una tar­de de no­viem­bre, la man­dó a paseo. Ella no pro­tes­tó. Reunió sus co­sas y des­cen­dió dig­na por el sen­de­ro que mo­ría en el ba­rrio, sin vol­ver la vista atrás. Él se re­fu­gió en la lec­tu­ra y de cuan­do en cuan­do re­ci­bía a un ami­go, que sin fa­llar la oca­sión le pre­gun­ta­ba: “¿Y por qué la de­jas­te?”. “Por­que era muy pu­tí­si­ma”.

Con­su­mió sus úl­ti­mos años en so­le­dad. De­jó de ela­bo­rar sus li­co­res. Mu­rió la al­qui­ta­ra. Sus va­cas da­ban me­nos le­che que un cac­tus. Una tar­de de pri­ma­ve­ra ce­rró su ca­sa y se mar­chó pa­ra siem­pre. Su re­cuer­do que­dó co­mo el de un fan­tas­ma vo­lun­ta­ria­men­te es­ca­pa­do. De­jó una no­ta a su me­jor ami­go: “Me voy por­que es­ta vi­da es muy abu­rri­dí­si­ma y no tie­ne ali­cien­tes pa­ra un so­li­ta­rio. To­do lo que que­da en ca­sa te lo de­jo”.

Años más tar­de, el ami­go via­jó por mo­ti­vos de tra­ba­jo a San­to Do­min­go. Le di­je­ron en el ho­tel que el es­ta­ble­ci­mien­to de mo­da se lla­ma­ba El muy di­ver­ti­dí­si­mo. Y ahí se en­con­tró con su montañés erran­te. Re­gen­ta­ba la ba­rra y cua­tro ca­ma­re­ras se­mi­des­nu­das ser­vían en las me­sas.

Lle­va­ba una gua­ya­be­ra de tro­nío, de in­diano an­ti­guo, y por pri­me­ra vez en su vi­da su­po que sa­bía son­reír. “¿Vol­ve­rás por He­rre­rías?”, le pre­gun­tó. “Aquí me que­do. Es­to es muy ca­chon­dí­si­mo”. Cuan­do se su­po de su muer­te, na­die le hi­zo un fu­ne­ral en su tie­rra. No que­da­ba ni el sa­cer­do­te. Hoy es un mon­te de ca­sas va­cías. La be­llí­si­ma so­le­dad de la de­s­es­pe­ran­za.

AL­FON­SO US­SÍA

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