Esa gen­te ra­ra que se preo­cu­pa por los de­más

El No­bel de la Paz re­cu­pe­ra pres­ti­gio gra­cias a tres mu­je­res de una pie­za. Pe­ro hay mu­cha más gen­te que ne­ce­si­ta ayu­da in­me­dia­ta. Y tam­bién hay quien la da.

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Can­de­la, Can­de­la­za, Can­de­lo­na o Can­de­lí­si­ma, eso de­pen­de del día que ten­ga, es­tá en ca­sa por­que es­ta no­che es Can­de­li­ta, an­da tris­te y ali­que­bra­da; la aca­ban de echar de su tra­ba­jo de la ma­ne­ra más as­que­ro­sa (an­tes la obli­ga­ron a po­ner ella la ca­ra que no te­nía pa­ra des­pe­dir a otros) y en esas oca­sio­nes uno nun­ca sa­be qué de­cir. Ha­bla­mos de es­to y de aque­llo. -Bien lo del No­bel de la Paz, ¿no? -No sé, no me he en­te­ra­do. Es­toy yo co­mo pa­ra lo que vie­ne sien­do el pre­mio No­bel. -Pues se lo han da­do a tres mu­je­res. -Ah. Mi­ra. Y eso por qué. -Pues por­que una es ( pé­ra­te que lo mi­ro en In­ter­net) Ellen John­son-Sir­leaf, la pri­me­ra mu­jer que lle­ga a la pre­si­den­ta de Li­be­ria, y en­ci­ma ele­gi­da por los vo­tos de la gen­te. Otra es su com­pa­trio­ta Ley­mah Gbo­wee, que lle­va to­da la vi­da lu­chan­do por los de­re­chos de las mu­je­res en una zo­na del pla­ne­ta en la que ya sa­bes tú por dón­de se pa­san los va­ro­nes esos de­re­chos, o qué les cor­tan a las ni­ñas pa­ra que se va­yan ha­cien­do a la idea de que son eso, ni­ñas, o sea hem­bras, o sea una sub­es­pe­cie sin de­re­chos. -No te pon­gas es­tu­pen­do, In­ci. -Y la ter­ce­ra es una pe­rio­dis­ta... -Ya me ex­tra­ña­ba a mí que sa­ca­ses tú el te­ma si no ha­bía pe­rio­dis­tas...

-Va­ya no­che­ci­ta que tie­nes, ¿eeeh? Una pe­rio­dis­ta del Ye­men, ya sa­bes, el país más bo­ni­to del mun­do; se lla­ma Ta­wak­kul Kar­man y lle­va años ba­tién­do­se el co­bre por las ye­me­níes y por el de­re­cho a la in­for­ma­ción li­bre en esa ti­ra­nía con pre­si­den­te vi­ta­li­cio -Vi­ta­li­cio y al­go cha­mus­ca­do. -Cier­ta­men­te.

Can­de­la se que­da ca­lla­da con ca­ra de va­ca mi­ran­do al tren, que es cuan­do más pe­li­gro tie­ne por­que es­ta mu­jer pien­sa a una ve­lo­ci­dad de es­ca­lo­frío, y con­clu­ye:

-Mi­ra, a mí me pa­re­ce bien. To­dos sa­be­mos que el No­bel de la Paz tie­ne en­ci­ma más mier­da que lo que vie­ne sien­do el pa­lo de un ga­lli­ne­ro, por­que se lo han da­do a ca­da sin­ver­güen­za que pa­ra qué va­mos a ha­blar, pe­ro es­tá bien que se lo den a gen­te que se preo­cu­pa por los de­más. No hay tan­ta. Aunque no les voy a per­do­nar lo de la abue­li­ta Send­ler.

Ahí el que po­ne ca­ra de va­ca es­tu­pe­fac­ta soy yo. Ella lo no­ta y me cuen­ta, de co­rri­do y sin res­pi­rar, la his­to­ria de una mu­jer po­la­ca y ca­tó­li­ca, Ire­na Send­ler (en reali­dad Send­le­ro­wa), que, cuan­do los na­zis le­van­ta­ron los mu­ros del gue­to de Varsovia, bus­có y en­con­tró tra­ba­jo allí den­tro. Cru­za­ba to­dos los días del gue­to a la ciu­dad. Los na­zis la evi­ta­ban por­que sa­bían, o su­po­nían, que la jo­ven y atrac­ti­va Send­ler era en­fer­me­ra y an­da­ba en con­tac­to con el ti­fus. Y aque­lla moza in­creí­ble se de­di­có, gra­cias a aquel te­mor, a sa­car del mis­mo in­fierno a ni­ños ju­díos. A los chi­qui­ti­nes, en ca­jas de he­rra­mien­tas. A los que abul­ta­ban al­go más, en ca­pa­zos, se­ro­nes, car­ga­men­tos de la­dri­llos o lo que se le ocu­rrie­se. En ca­da via­je de re­gre­so, un crío. Sal­vó la vi­da de 2.500. Los en­tre­ga­ba a fa­mi­lias po­la­cas. Ano­ta­ba y es­con­día con to­do cui­da­do el nom­bre y los da­tos de ca­da uno; su idea era que, cuan­do aque­llo (la guerra) aca­ba­se de una vez, los ni­ños re­cu­pe­ra­sen sus iden­ti­da­des y lo que que­da­se de sus fa­mi­lias, si es que eso era po­si­ble. Que lo fue muy po­co.

Pre­mio fa­lli­do.

La Ges­ta­po se en­te­ró, de­tu­vie­ron a Send­ler y le par­tie­ron bra­zos y pier­nas. No mu­rió. El Ángel del Gue­to, co­mo la co­no­ció siem­pre to­do el mun­do, fue en­ve­je­cien­do has­ta con­ver­tir­se en el re­tra­to exac­to de la abue­li­ta Paz, el inol­vi­da­ble per­so­na­je de Váz­quez. En 2007 la pro­pu­sie­ron pa­ra el pre­mio No­bel.

-Pues ese año se lo die­ron a Al Go­re, ya sa­bes, In­ci, aquel se­ñor nor­te­ame­ri­cano que ha­bía tra­ba­ja­do de lo que vie­ne sien­do vi­ce­pre­si­den­te y que po­nía por ahí dia­po­si­ti­vas so­bre el cam­bio cli­má­ti­co. Y en­ci­ma las dia­po­si­ti­vas es­ta­ban mal. La abue­li­ta Send­ler se mu­rió al año si­guien­te, ca­si cen­te­na­ria. Así que te di­go lo mis­mo que en el chis­te aquel de Le­ga­nés: va­ya bi­rria de lago, va­ya bi­rria de mons­truo y va­ya bi­rria de pre­mio. Aunque es­ta vez se lo ha­yan da­do a tres ja­ba­tas que ha­cen lo mis­mo que hi­zo la abue­li­ta: preo­cu­par­se por los de­más.

Pau­sa. Me­jor di­cho, in­quie­tan­te pau­sa. Can­de­la es­tá ca­vi­lan­do otra vez.

-¿A ti te preo­cu­pan los de­más, ca­ba­llo gor­din­flas?

-¿A mí? ¡Hom­breee, pues cla­ro! Va­mos, pa­re­ce men­ti­ra que... Si yo... A ver, hi­ja, ex­plí­ca­me, ¿en qué es­tás pen­san­do? ¿Qué de­más? -Los ni­ños, por ejem­plo. -Pues sí, cla­ro. Sí. Al­gu­nos. Va­mos, yo creo que la ma­yo­ría.

-No me re­fie­ro a los que te ti­ran are­na en la pla­ya cuan­do es­tás allí ti­ra­do le­yen­do a Javier Otao­la.

-Esos me preo­cu­pan mu­chí­si­mo, de­bo ad­mi­tir­lo.

-Te ha­blo de mis cal­vi­tos, que es co­mo los lla­mo yo. Los ni­ños en­fer­mos de leu­ce­mia, o de cier­tos ti­pos de cán­cer muy agre­si­vos, cu­ya vi­da de­pen­de li­te­ral­men­te de un tras­plan­te de mé­du­la. Si hay do­nan­te, vi­ven. Si no, se van. -¿Tú es­tás me­ti­da en esas co­sas? - Lo que vie­ne sien­do sí. -Pe­ro Es­pa­ña es el pri­mer país del pla­ne­ta en do­na­cio­nes pa­ra tras­plan­tes. Eso lo sa­be to­do el mun­do.

-De mé­du­la, no. Hay po­quí­si­mos. El motivo es com­pren­si­ble: has­ta ha­ce ca­si na­da, do­nar mé­du­la era te­rri­ble­men­te do­lo­ro­so. Se ha­cía me­dian­te una pun­ción lum­bar y due­le que no veas. Y cla­ro. Pe­ro aho­ra ya no. Te po­nen una vía por allí, otra por allá, te es­tás tum­ba­do un ra­to y ha­la. Aca­bas de sal­var una vi­da. -Es­tás a pun­to de pe­dir­me que... -Es­toy a pun­to de pe­dir­te que seas cohe­ren­te, per­che­rón. Quiero que en­tien­das una co­sa: eso de sal­var vi­das no es una me­tá­fo­ra ni una ima­gen poé­ti­ca, co­mo cuan­do de­cían que sal­vá­ba­mos chi­ni­tos si dá­ba­mos pa­ra el Do­mund o si nos co­mía­mos to­da la sopa. Si te ha­ces do­nan­te, te lla­ma­rán a la ca­rre­ra un día con­cre­to por­que te to­ca sal­var la vi­da de un cal­vi­to con­cre­to, con nom­bre y ape­lli­dos y ca­ra. Y es ese cal­vi­to y no otro, y tie­ne que ser en ese mo­men­to y no des­pués. To­da­vía me acuer­do de Car­la... On­ce años te­nía. Lle­gó el día y ha­bía una so­la do­nan­te com­pa­ti­ble, In­ci, una so­la. Lla­ma­mos y ¿sa­bes qué nos di­jo? Pues que ya no le ape­te­cía do­nar. Así. Que no le ape­te­cía. -Y Car­la... ¿mu­rió? -Esa pa­la­bra no se di­ce, In­ci. Car­la se

fue. Lo úni­co que le de­seo a aque­lla se­ño­ra de los ape­te­ce­res es que ten­ga el sue­ño pro­fun­do. Por­que le tie­ne que es­tar ha­cien­do fal­ta. Pa­sa­do ma­ña­na me ha­go las prue­bas pa­ra ver si al me­nos mi mé­du­la sir­ve de al­go. Ven­gan us­te­des tam­bién. No nos da­rán el No­bel, pe­ro al me­nos nos con­ta­re­mos en­tre las per­so­nas que no di

cen que se preo­cu­pan por los de­más: lo ha­cen, aunque las es­tén pa­san­do ca­nu­tas, co­mo Can­de­lí­si­ma. Eso sue­le ser -re­pi­te ella-lo que vie­ne sien­do más útil.

Ellen John­son-Sir­leaf

Ta­wak­kul Kar­man

Ley­mah Gbo­wee

Ire­na Send­ler

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