Mi error fa­vo­ri­to

Des­pe­di­do con 21 años por Fe­rran Adrià, el chef Jo­sé An­drés emi­gró a Es­ta­dos Uni­dos, don­de al­can­zó el éxi­to. Hoy dos de los me­jo­res co­ci­ne­ros es­pa­ño­les son gran­des ami­gos. Así re­cuer­da aque­lla ex­pe­rien­cia An­drés.

Tiempo - - TURNO DE PALABRA -

era di­ciem­bre de 1990, yo te­nía 21 años y tra­ba­ja­ba en un res­tau­ran­te de las afue­ras de Bar­ce­lo­na pa­ra mi me­jor ami­go, Fe­rran Adrià. Aho­ra es fa­mo­so por ser el me­jor co­ci­ne­ro del mun­do, pe­ro en­ton­ces so­lo éra­mos unos críos, y él que­ría abrir un res­tau­ran­te que se lla­ma­ra El Bu­lli. Una no­che me pi­dió que que­dá­ra­mos en un res­tau­ran­te de Bar­ce­lo­na, a las siete, pa­ra ha­blar. Yo apa­re­cí, pe­ro él no. To­do es­to ocu­rrió cuan­do aún no exis­tían los te­lé­fo­nos mó­vi­les, así que pa­sa­da me­dia ho­ra fui a una ca­bi­na te­le­fó­ni­ca a lla­mar­le. Cuan­do vol­ví me lo en­con­tré ahí, fu­rio­so. Me gri­tó du­ran­te un buen ra­to y me acu­só de es­tar min­tién­do­le, y por úl­ti­mo me di­jo que no que­ría vol­ver ver­me más.

Y ahí me que­dé yo, en mi­tad de Es­pa­ña y en mi­tad de la llu­via, pri­va­do del pues­to de tra­ba­jo en el que pen­sa­ba que desa­rro­lla­ría to­da mi ca­rre­ra. Co­men­zó a so­nar en­ton­ces la ban­da so­no­ra de mi vi­da, co­mo en esas pe­lí­cu­las en las que hay un ti­ro­teo y el her­mano pe­que­ño de al­guien es al­can­za­do, y to­do em­pie­za a mo­ver­se a cá­ma­ra len­ta. Me que­dé pa­ra­do ba­jo la llu­via, mien­tras los co­ches pa­sa­ban a mi la­do. Una se­ma­na des­pués me fui a Nue­va York, bus­can­do un cam­bio. Nun­ca ha­bía pen­sa­do en pro­bar suerte co­mo chef en Es­ta­dos Uni­dos, pe­ro hoy pien­so que era el mo­men­to ade­cua­do, y lo cier­to es que no te­nía otra op­ción. Eso ocu­rrió ha­ce ya 20 años, y aho­ra pien­so que real­men­te es­ta­ba des­ti­na­do a ir­me allí. Amé­ri­ca me ofre­ció la opor­tu­ni­dad de abrir res­tau­ran­tes de éxi­to, de te­ner un pro­gra­ma de te­le­vi­sión y de es­cri­bir li­bros. In­clu­so lleno au­di­to­rios cuan­do voy a pro­nun­ciar un dis­cur­so, al­go que no es co­rrien­te en es­te país.

Qui­zá mi error fue ir­me del res­tau­ran­te a lla­mar a una ca­bi­na. O qui­zá el error fue de él, por no creer­me cuan­do se lo di­je. Aun así, si­gue sien­do mi error fa­vo­ri­to. Fue uno de esos mo­men­tos en los que pa­sa al­go y uno sien­te que tan­to su vi­da co­mo su ca­rre­ra han aca­ba­do, pe­ro fue el co­mien­zo de al­go to­tal­men­te nue­vo pa­ra mí; me im­pul­só a to­mar un ca­mino di­fe­ren­te, un ca­mino me­jor.

Siete años des­pués fui a El Bu­lli a ver a Fe­rran. En­tré y nos di­mos uno de esos abra­zos a la es­pa­ño­la en los que aca­bas po­nien­do la mano en la nu­ca de la otra per­so­na. Aho­ra so­mos gran­des ami­gos. Nos con­sul­ta­mos en­tre no­so­tros re­ce­tas y me­nús, y has­ta va­mos de va­ca­cio­nes jun­tos con nues­tras fa­mi­lias. Él ven­drá pron­to a Es­ta­dos Uni­dos pa­ra pro­mo­cio­nar el nue­vo li­bro que ha es­cri­to. Lo cier­to es que ha­ce 15 mi­nu­tos me lla­mó pa­ra ha­blar so­bre es­te via­je, pe­ro es­ta­ba ha­blan­do por te­lé­fono, así que no le con­tes­té. Por fa­vor, no le di­gáis que he di­cho es­to.

40

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.