Pul­cri­tud y trans­pa­ren­cia

Tiempo - - OPINIÓN PORTADA -

soy atea. Me re­sul­ta más fá­cil ver que una ban­da cri­mi­nal lo de­ja por KO téc­ni­co que in­tuir si­quie­ra una vi­da tras la muer­te. Con la ven­ta­ja de que na­die vol­ve­rá del más allá a traer­nos una res­pues­ta mien­tras que la reali­dad so­bre el fin del te­rro­ris­mo se aca­ba­rá im­po­nien­do. So­bre los he­chos, ni la opi­nión, ni la de­mos­co­pia por en­car­go, ni los de­seos, pue­den na­da. Eso sí, ha­cen rui­do y mo­les­tan. Se­gui­re­mos pues raca-raca sin sa­ber quién ma­tó en los tre­nes de Ato­cha y se­gu­ros de que ETA es­tá ro­dan­do una se­rie de fic­ción pa­ra en­ga­ñar a tres o cua­tro bo­bos. Los tres o cua­tro que tie­nen más in­for­ma­ción real y fi­de­dig­na: el Go­bierno, el je­fe de la opo­si­ción, la Ca­sa Real, los po­lí­ti­cos vas­cos, jue­ces y fis­ca­les. Me ali­neo con los bo­bos in­for­ma­dos al ca­re­cer de ac­ce­so a ver­dad re­ve­la­da al­gu­na. Ma­yor Ore­ja aún no se me ha trans­fi­gu­ra­do.

Ho­ra es aho­ra del Es­ta­do de De­re­cho y no de su­pers­ti­cio-

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