Con flo­res a Ma­riano

Tiempo - - OPINIÓN - FAUSTINO F. ÁL­VA­REZ

has­ta las en­cues­tas, que las car­ga el dia­blo, ha­cen la ola a Ma­riano Ra­joy. Tam­bién quie­nes man­te­nían que es­ta­ba dor­mi­do y que vi­vía en otro mun­do di­cen aho­ra que tie­ne el en­can­to de la dis­cre­ción y el gla­mour de los que fingen in­se­gu­ri­dad. Lo ta­cha­ban de in­ca­paz de to­mar de­ci­sio­nes los que aho­ra pre­go­nan que ha si­do un maes­tro en cor­tar por lo po­dri­do y has­ta por lo sano. Quie­nes le des­pre­cia­ban co­mo par­la­men­ta­rio co­men­tan que sus va­ci­la­cio­nes eran sa­bias, sus si­len­cios, pro­di­gio­sos, y que su te­na­ci­dad aca­bó dan­do fru­tos. Los que apos­ta­ban por los otros dos he­re­de­ros del az­na­ris­mo aho­ra le po­nen una al­fom­bra de flo­res al can­di­da­to abru­ma­do­ra­men­te me­jor cla­si­fi­ca­do pa­ra las ur­nas del 20-N.

Y to­dos en au­xi­lio del ven­ce­dor y a ce­rrar con siete lla­ves las he­me­ro­te­cas más re­cien­tes, la me­mo­ria de los ve­te­ra­nos, las confidencias de los re­cién lle­ga­dos, los en­tre­si­jos de

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