Gu­ti

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Al prin­ci­pio era un chi­co de To­rre­jón, gua­pe­te, que ju­ga­ba muy bien al fút­bol en el Real Ma­drid. Pe­ro en­ton­ces lle­gó Beck­ham y em­pe­zó a po­ner­se ro­pi­tas y pei­na­dos y cal­zon­ci­llos y ta­tua­jes, y Gu­ti se di­jo: “Pues si es­te can­ta­ma­ña­nas pue­de, a ver por qué yo no”, y aque­llo em­pe­zó a con­ver­tir­se en un cas­ting. Beck­ham se ca­só con la pi­ja de las Spi­ce Girls. Gu­ti, con Aran­cha de Be­ni­to. No es lo mis­mo. Beck­ham se fue a ha­cer ca­ja a EEUU. Gu­ti, al Be­sik­tas tur­co. Tam­po­co es lo mis­mo. Aho­ra, har­to de tan po­co gla­mour, Gu­ti se ha can­sa­do y vuel­ve a Es­pa­ña, don­de le aguar­dan, ham­brien­tas, las re­vis­tas del car­dio­tri­pa. Y es­tá en tra­tos, di­cen, con el Ra­yo Va­lle­cano. De Dol­ce & Gab­ba­na a Va­lle­cas. No sé yo qué pen­sa­ría Beck­ham.

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