Las mu­dan­zas de R

Tiempo - - OPINIÓN - ELISA BENI

no que­dan más co­jo­nes. Pues sí que se le no­ta re­ti­cen­te a de­jar Ara­va­ca. Aquí y allá, en al­gu­na de las con­ta­das res­pues­tas, de­ja caer que cuan­do fue mi­nis­tro no de­jó su ca­sa. Mal he­cho, pe­ro has­ta ahí. ¿No es­ta­mos pen­san­do en re­di­tar el Go­bierno Az­nar, ver­dad? A ser po­si­ble no en los fa­llos. Y que el mi­nis­tro, na­da me­nos que del In­te­rior, se que­de cam­pan­do por su vi­da de siem­pre no de­ja de ser una ano­ma­lía. A R le cues­tan las mu­dan­zas y más es­ta. Sa­be que, cuan­do con­su­me el he­cho, en la ca­rre­te­ra de La Co­ru­ña le es­pe­ra el pa­la­cio don­de anida el fan­tas­ma del ais­la­mien­to, el sín­dro­me de­vo­ra­dor y esas es­tan­cias por las que va­ga apri­sio­na­do su an­te­ce­sor. Sa­lo­nes de pa­sos an­sio­sos, mu­ros im­preg­na­dos de pro­ble­mas y vér­ti­go de po­der y esos pa­si­llos tan per­di­dos pa­ra Ma­ria­ni­to y su her­mano. La ne­ce­si­dad im­po­ne, ade­más, que la re­de­co­ra­ción sea mí­ni­ma. Lo jus­to pa­ra crear un rincón per­so­nal. Bo­te­lla le ex­pli­ca­rá có­mo en­ca­jar un so­fá de di­men­sión hu­ma­na en

En al­gu­na de sus con­ta­das res­pues­tas de­ja caer que cuan­do fue mi­nis­tro no de­jó su ca­sa. Mal he­cho

un es­pa­cio so­bre­di­men­sio­na­do por la frial­dad del po­der. Cam­biar los pa­seos con El­vi­ra por los al­re­de­do­res de su ca­sa, que tan buen re­sul­ta­do le han da­do pa­ra la lí­nea, por los mag­ní­fi­cos jar­di­nes de Mon­cloa. Tal vez bus­car un eu­ca­lip­to pa­ra ahu­yen­tar la mo­rri­ña. Po­co más. In­ten­tar lo con­tra­rio se­ría exi­gir­le al Es­ta­do un es­fuer­zo que no es mo­men­to pa­ra ha­cer. Re­for­zar la se­gu­ri­dad de una ca­sa par­ti­cu­lar has­ta ha­cer­la bas­tión del Pri­mer Po­der, tras­la­dar lí­neas en­crip­ta­das, te­lé­fo­nos rojos, te­lé­fo­nos ar­dien­tes con Mer­kel, se­cre­ta­rias, etc. In­via­ble. Un es­fuer­zo más por Es­pa­ña. Y los ni­ños y El­vi­ra tam­bién lo ha­rán. A fin de cuen­tas to­dos so­mos pro­duc­to de las cir­cuns­tan­cias de nues­tros pa­dres y de sus sa­cri­fi­cios. Y no es­tá tan mal. Li­bre de hi­po­te­cas. Eso sí, con el desahu­cio pen­dien­do siem­pre del te­cho. R se mu­da­rá si los es­pa­ño­les lo de­ci­den.

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