La Co­ro­na de Hie­rro

Tiempo - - HISTORIAS DE LA HISTORIA -

Den­tro de su po­lí­ti­ca de cris­tia­ni­za­ción y co­no­ce­dor de la atrac­ción que las re­li­quias ejer­cen so­bre el ima­gi­na­rio co­lec­ti­vo, Cons­tan­tino o, me­jor di­cho, su ma­dre San­ta Ele­na, tra­jo de Je­ru­sa­lén los tres cla­vos de la cru­ci­fi­xión de Cris­to, que ter­mi­na­rían, jun­to a las in­sig­nias im­pe­ria­les, en Mi­lán. Se di­ce que San­ta Ele­na pu­so uno de los cla­vos en el cas­co de Cons­tan­tino y otro en el bo­ca­do de su ca­ba­llo (que se con­ser­va en la ca­te­dral de Mi­lán), pa­ra que ji­ne­te y mon­tu­ra go­za­ran de la pro­tec­ción de tan santos amu­le­tos en las ba­ta­llas. Si­glos des­pués el Pa­pa Gregorio Magno le en­tre­gó las re­li­quias a la muy de­vo­ta rei­na de los lom­bar­dos, Teo­do­lin­da, que en­gar­zó uno de ellos den­tro de su co­ro­na de oro. Esa ban­da in­te­rior de hu­mil­de hie­rro la con­vir­tió en la va­lo­ra­da Co­ro­na de Hie­rro.

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