Los buenos días ga­na­dos de An­to­nio Ga­la

La Aso­cia­ción Colegial de Es­cri­to­res de Es­pa­ña ha en­tre­ga­do el pre­mio Qui­jo­te de Ho­nor a An­to­nio Ga­la. El dra­ma­tur­go lo re­ci­bió con ver­da­de­ra emo­ción.

Tiempo - - CULTURA -

Es­te hom­bre di­jo una vez, ha­ce ya años, que, a pe­sar de su in­di­si­mu­la­ble co­que­te­ría, nun­ca se ope­ra­ría pa­ra pa­re­cer más jo­ven: “Si al­guno de esos exi­mios ci­ru­ja­nos plás­ti­cos qui­sie­ra qui­tar­me las arru­gas de la ca­ra se­ría ca­paz de ase­si­nar­lo, por­que son ab­so­lu­ta­men­te mías. Es muy di­fí­cil que un ros­tro se de­fi­na por otra co­sa que por sus arru­gas. Por­que las arru­gas, ade­más, se for­man por la fi­so­no­mía, por la for­ma de reír­se, de frun­cir el ce­ño, de for­zar los ojos pa­ra mi­rar me­jor. So­mos eso. ¿Me van a qui­tar a mí to­do lo que sig­ni­fi­ca eso? ¿Ese re­sul­ta­do, el pro­duc­to de tan­tos años, me lo van a qui­tar, co­mo si yo no los hu­bie­se vi­vi­do?”.

Aho­ra lo veo de­re­cho co­mo un pos­te (me­jor un trí­po­de, co­mo él ha di­cho siem­pre; por el bas­tón), frá­gil, más frá­gil que nun­ca, con el co­lor ama­de­ra­do que le da la en­fer­me­dad que él fue el pri­me­ro en de­cla­rar y, eso sí, ex­hi­bien­do la mis­ma son­ri­sa de siem­pre: lle­na de arru­gas que lu­ce co­mo em­ble­mas, co­mo des­po­jos to­ma­dos al enemi­go -la rui­na del tiem­po-, co­mo con­de­co­ra­cio­nes.

Le dan un pre­mio en un ho­tel de Ma­drid. La Aso­cia­ción Colegial de Es­cri­to­res, que aho­ra pre­si­de Juan Mo­llá, se hon­ra sa­cán­do­lo de ca­sa y lo­gran­do que acep­te el Qui­jo­te de Ho­nor. So­mos po­cos: An­to­nio Gó­mez Ru­fo, mi mi­tad An­to­nio Her­nán­dez (es que, ha­ce vein­te años, am­bos fui­mos las ca­ras Ay B de un mis­mo seu­dó­ni­mo, que él in­ven­tó y que se lla­ma­ba Ál­va­ro Ja­cin­to Al­fon­so de Qui­rós y Té­llez de Me­ne­ses, conde de Có­bre­ces; pa­ra quie­nes leían el dia­rio El In­de­pen­dien­te, Ál­va­ro Qui­rós); An­drés So­rel, Javier Lorenzo, Pau­la Iz­quier­do, Ra­món Aran­güe­na y des­de lue­go Félix Gran­de, que nos con­mo­ve­ría a to­dos. An­to­nio Ga­la, que ni si­quie­ra he­cho unas pa­sas pue­de de­jar de ser co­mo es, se reía de la ban­de­ja gra­ba­da: “¿Pa­so yo los ape­ri­ti­vos?...” Y más ade­lan­te: “El otro día, la per­so­na que lim­pia en ca­sa me de­cía que ten­go allí al­ma­ce­na­dos 486 pre­mios. Y hay que lim­piar­los to­dos. A mí me dio apu­ro y pro­me­tí: ‘A par­tir de aho­ra, los nue­vos que me den los lim­pia­ré yo’. Pues ya han te­ni­do que ve­nir es­tos ami­gos... Y mi­ra que es gran­de la ban­de­ja... Por lo me­nos se po­drían ha­ber traí­do un bo­te de si­dol. ¿Se acuer­dan us­te­des del si­dol? ¿Se­gui­rá exis­tien­do?”.

Es­te hom­bre ha si­do siem­pre una con­tra­dic­ción, eso lo sa­be­mos to­dos. Es ca­paz de las ma­yo­res ge­ne­ro­si­da­des, del más só­li­do com­pro­mi­so, y al mis­mo tiem­po, de la ma­la le­che más en­ve­ne­na­da. En ese mis­mo cuer­po han ha­bi­ta­do siem­pre un ángel y un bi­cho. Yo le he vis­to apar­tar de sí, con ver­da­de­ro des­pre­cio, a un ni­ño de 7 u 8 años que so­lo que­ría be­sar­le, o son­reír­le, o qui­zá pe­dir­le un au­tó­gra­fo, que es al­go que Ga­la odia; y, diez mi­nu­tos des­pués, en­co­ger­nos el co­ra­zón a to­dos ha­blan­do de los ni­ños y de los pe­rros y de los oli­vos y del amor. En un oli­var de Ma­drid fue aque­llo, no se me ol­vi­da. Ga­la es así y no hay más vuel­tas que dar­le.

Los otros tiem­pos.

Pe­ro es­tá ya en otro tiem­po. La pri­me­ra co­me­dia su­ya que yo vi, ha­ce ca­si cua­ren­ta años, fue Los buenos días per­di­dos. Mary Ca­rri­llo, Ma­nuel Ga­lia­na, Juan Luis Ga­liar­do, una jo­ven­cí­si­ma Am­pa­ro Ba­ró. Quiero creer que hoy, Im Aben­drot que ha­bría di­cho Schu­bert, Ga­la no ha­bla­ría ya de buenos días per­di­dos, sino ga­na­dos: ca­si to­dos los que lle­va a la es­pal­da lo son. Se le no­ta. No le in­co­mo­dan ya los fo­tó­gra­fos, a los que no so­por­tó ja­más y a los que siem­pre lla­mó pe­sa­dos y mal­edu­ca­dos (es­ta­ba yo en su ca­sa aque­lla no­che de 1991, cuan­do en­tró en erup­ción: “¡Nun­ca más en­tra­rá aquí un fo­tó­gra­fo! ¡ Flo­rian -era mi com­pa­ñe­ro, un aus­tria­co al­to y ru­bio y aco­jo­na­dí­si­mo-, eres un ver­da­de­ro pel­ma­zo! ¡Lár­ga­te aho­ra mis­mo a don­de yo no te vea! ¡Fue­ra!”); ya no le importuna la tabarra de los te­lé­fo­nos mó­vi­les que na­die apa­ga, ni los em­pu­jo­nes, ni el de­sin­te­rés de los ca­ma­ró­gra­fos, que en­fo­can a An­to­nio Ga­la con la mis­ma pro­fe­sio­na­li­dad con que en­fo­ca­rían a Ra­joy, a Be­lén Es­te­ban o a una va­ca fri­so­na. Es ob­vio que ha­cen su tra­ba­jo y que el ob­je­to les da igual.

A Ga­la tam­bién le da igual ya eso. Atien­de con to­da ur­gen­cia el ca­ri­ño que le traen: siem­pre ha sa­bi­do, y aho­ra más, que es un bien es­ca­so. Se emo­cio­na y besa en las me­ji­llas a sus chi­cos, siete u ocho, que han ve­ni­do de Cór­do­ba, de la Fun­da­ción An­to­nio Ga­la pa­ra Jó­ve­nes Crea­do­res, con la so­la in­ten­ción de ver-

le, de son­reír­le, de de­jar­se be­sar y que­rer por quien les tie­ne por “los hi­jos que de­ja al mun­do”, co­mo le di­jo una vez a

Je­sús Quin­te­ro. Eso es lo que le im­por­ta aho­ra a An­to­nio Ga­la. Las va­ni­da­des del mun­do ya no cuen­tan un co­mino pa­ra es­te le­gen­da­rio va­ni­do­so. El hom­bre que di­jo: “Yo ven­do más ejem­pla­res con un so­lo li­bro mío de poe­mas que Car­los

Bou­so­ño en to­da su vi­da”, aho­ra es­cu­cha con to­da aten­ción, con la ca­ra arru­ga­da por la fe­li­ci­dad de la son­ri­sa, có­mo Félix Gran­de se in­ven­ta que lo echa­ron del con­ven­to en el que se re­clu­yó, con vein­ti­po­cos años, por­que qui­so mon­tar un ba­llet de mon­jas pa­ti­na­do­ras. O có­mo di­ce la ver­dad al re­cor­dar aque­llos años re­mo­tos en que él, Félix; su mu­jer, Pa­qui­ta; y An­to­nio, se pa­ra­pe­ta­ban de­trás de unos si­llo­nes del Ate­neo pa­ra co­mer­se lo úni­co que po­dían pa­gar: una ba­rra de pan y un cu­cu­ru­cho de ca­cahue­tes. “Nos es­con­día­mos pa­ra que no nos vie­ran”, di­ce Félix; “¡No, no! -in­te­rrum­pe Ga­la, con su vo­ce­ci­lla de aho­ra¡Pa­ra que no nos pi­die­ran!”. Y su per­fil de gar­du­ña (el de­re­cho) se des­ha­ce en una car­ca­ja­da.

Lue­go ha­bla él, con voz ca­si inau­di­ble, y su­ce­de lo ines­pe­ra­do: “He es­ta­do muy ma­li­to”, di­ce, sa­bien­do que to­dos sa­be­mos que aún lo es­tá, y aña­de: “Gra­cias por ve­nir. A to­dos. De co­ra­zón”. Y ahí se le quie­bra la voz, y se le lle­nan las pa­la­bras de lá­gri­mas, y se tie­ne que sen­tar; y to­dos sa­be­mos que es­ta vez es de ver­dad, que no es­tá re­pre­sen­tan­do el pa­pel de An­to­nio Ga­la, co­mo en tan­tas oca­sio­nes. Que aho­ra sí es po­si­ble que es­te hom­bre, tan que­bra­di­zo co­mo in­que­bran­ta­ble, es­té asus­ta­do. Y has­ta tris­te. Ha­ce tiem­po que la cre­ma de la in

te­lec­tua­li­dá, que ha­bría di­cho Agus­tín La­ra, lo con­de­nó al des­ván. Lo han eti­que­ta­do co­mo un au­tor so­lo ap­to pa­ra se­ño­ras bien. Yo he oí­do y leí­do fra­ses de ex­tra­or­di­na­ria cruel­dad ha­cia él. No voy a co­piar nin­gu­na, ni si­quie­ra la te­rri­ble de Juan Mar­sé. Lo sien­to (qué co­ño lo voy a sen­tir: en ab­so­lu­to), pe­ro no es mi ca­so. A mí me en­se­ñó a es­cri­bir es­te hom­bre. Así de cla­ro lo di­go. Ten­go aquí vein­ti­nue­ve li­bros su­yos: los he leí­do to­dos, y no una vez. Unos me pa­re­cen ex­tra­or­di­na­rios; otros, pues no tan­to. Pe­ro le de­bo mu­chí­si­mo, y sé que no soy el úni­co. He ad­mi­ra­do siem­pre la per­fec­ción de su sin­ta­xis, la va­len­tía de su obra (y de su vi­da) y has­ta ese in­ge­nio

tan te­mi­do que, le­jos de ofen­der­me, me ha des­lum­bra­do y me des­lum­bra. Hoy, aho­ra mis­mo, no sé qué de­cir­le. Más que dar­le áni­mos, que tam­bién, so­lo se me ocu­rre dar­le lo que creo me­jor de lo po­co que ten­go; pe­ro, eso sí, con to­da mi al­ma: las gra­cias. Por tan­tos buenos días que nos ha he­cho ga­nar.

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