“To­dos te­ne­mos un hie­rro cla­va­do en la ca­be­za”

DI­REC­TOR. Re­nun­ció a la pre­si­den­cia de la Aca­de­mia de Ci­ne des­pués de que fra­ca­sa­ra su me­dia­ción en­tre las par­tes afec­ta­das por la lla­ma­da Ley Sin­de. El po­lé­mi­co en­fren­ta­mien­to le pi­lló ro­dan­do La chis­pa de la vi­da, una áci­da mi­ra­da a los me­dios de co­mu­ni

Tiempo - - VIVIR - POR AN­TO­NIO DÍAZ FO­TOS: PACO LLA­TA

el pu­bli­cis­ta que in­ven­tó el eslogan más ge­nial del re­fres­co más fa­mo­so del mun­do lle­va dos años en pa­ro y el sub­si­dio por des­em­pleo se le ago­ta. Pe­ro eso no es lo peor: aca­ba de su­frir un ac­ci­den­te en un tea­tro ro­mano en res­tau­ra­ción y se le ha que­da­do cla­va­do un hie­rro en el crá­neo. Sin em­bar­go, él ve una opor­tu­ni­dad de ha­cer di­ne­ro con la ines­ti­ma­ble co­la­bo­ra­ción de los me­dios de co­mu­ni­ca­ción. Es­ta es la pre­mi­sa de La chis­pa de la vi­da (es­treno el 13 de enero), la nue­va pe­lí­cu­la de Álex de la Igle­sia, que pro­ta­go­ni­zan Jo­sé Mo­ta y Sal­ma Ha­yek. Nin­gu­na pro­duc­to­ra se atre­vía a fi­nan­ciar es­te guion del ame­ri­cano Randy Feld­man (Tan­go y Cash). No soy pro­cli­ve a leer guio­nes y nor­mal­men­te no me gus­tan. Leo mu­chos, pe­ro siem­pre son pe­lí­cu­las que no en­ca­jan con lo que quie­res ha­cer. Y por eso me sor­pren­dió y fue ins­tan­tá­neo el que­rer ha­cer la pe­li, por­que lo leí en una ho­ra, del ti­rón. ¿Por qué se le ocu­rrió dar­le a Jo­sé Mo­ta es­te pa­pel, tan ale­ja­do de la fa­ce­ta có­mi­ca por la que se le co­no­ce? Es to­do lo con­tra­rio y creo que es lo in­tere­san­te y es bueno pa­ra la his­to­ria. La ra­zón no es so­lo ge­ne­rar un cóc­tel cu­rio­so y que sor­pren­da, que tam­bién. Ne­ce­si­to, por la his­to­ria, que el es­pec­ta­dor se iden­ti­fi­que con el per­so­na­je al ins­tan­te. Creo que Mo­ta tie­ne un plus: es un tío que in­me­dia­ta­men­te te cae bien. Por eso en la his­to­ria re­sul­ta to­do tan dra­má­ti­co. Hay al­go con lo que jue­go y es que yo creo que el es­pec­ta­dor es­tá es­pe­ran­do un chis­te, que ha­ga una bro­ma, que li­be­re la ten­sión que es­tá acu­mu­lan­do. Y no, no lo ha­ce. Te ge­ne­ra mu­cha más an­gus­tia que to­do es­to le pa­se a un tío, co­mo Mo­ta, con el que es­tás acos­tum­bra­do a reír­te. Ha de­fi­ni­do ese cóc­tel co­mo “mar­mi­ta­ko im­po­si­ble”. Bueno, eso son co­sas que di­go en la en­tre­vis­tas y que lue­go tras­cien­den. La pe­lí­cu­la es una tra­gi­co­me­dia gro­tes­ca. Es una his­to­ria trá­gi­ca en un en­torno his­trió­ni­co. Ca­da per­so­na­je re­pre­sen­ta una ac­ti­tud, co­mo si fue­ra tea­tro ro­mano, y ade­más se desa­rro­lla en ese en­torno, un tea­tro ro­mano. Tam­bién hay un mar­mi­ta­ko de in­fluen­cias fíl­mi­cas: El gran car­na­val, de Wil­der; La ca­bi­na, de Mer­ce­ro; o Mad City, de Cos­ta-ga­vras. Cos­ta-ga­vras es­tá muy pre­sen­te. De he­cho, la mis­ma idea de Mo­ta no es mía, es de Cos­ta-ga­vras. Él tam­bién uti­li­zó a Jack Lem­mon en Mis­sing pa­ra bus­car ese pun­to de pe­lí­cu­la po­lí­ti­ca sin que se no­te. Es su pe­lí­cu­la más ajus­ta­da a un con­tex­to so­cial y po­lí­ti­co muy con­cre­to co­mo el que es­ta­mos vi­vien­do. ¿Eso in­flu­yó pa­ra de­ci­dir­se por es­te guion? Sí, in­flu­yó por­que lo lees y te im­pli­cas No creo que sea el re­fle­jo de una si­tua­ción po­lí­ti­ca ac­tual del país. El guion es ame­ri­cano, en ese sen­ti­do no he cam­bia­do na­da. La crí­ti­ca so­cial y me­diá­ti­ca ya es­ta­ba. Lo que he he­cho es adap­tar­lo a la si­tua­ción, y to­da la co­me­dia es mía. TVE ha fi­nan­cia­do un 20% del pro­yec­to. ¿Lo po­dría ha­ber fi­nan­cia­do una ca­de­na pri­va­da? Yo creo que sí, no es una crí­ti­ca a las ca­de­nas pri­va­das, lo que he he­cho es que sea com­pren­si­ble pa­ra la gen­te, por eso lo he lla­ma­do An­te­na-5, pe­ro yo creo que es más ese an­sia de ge­ne­rar un pro­duc­to que sea con­su­mi­do de in­me­dia­to y que atrai­ga la aten­ción. To­das las ca­de­nas bus­can lo mis­mo y re­lle­nan el es­pa­cio te­le­vi­si­vo con los mis­mos ma­te­ria­les. Pe­ro al­gu­na pu­ya si se le es­ca­pa, co­mo en esa apa­ri­ción de Jor­ge Javier Váz­quez y Ly­dia Lo­zano... A mí me gus­ta­ba mu­cho el tex­to, lo que di­ce Ly­dia. A los dos les ten­go mu­cho ca­ri­ño, les co­noz­co. Pe­ro lo que me gus­ta­ba era lo que de­cía ella: “Me en­can­tan los pa­ya­sos, me en­can­ta­ría tra­ba­jar en un cir­co”. Eso, des­con­tex­tua­li­za­do, en­ca­ja per­fec­ta­men­te con la pe­lí­cu­la, por­que no de­ja de ser un cir­co co­mo Ba­la­da... era un cir­co de la Tran­si­ción. Es­to es un cir­co de los me­dios de la co­mu­ni­ca­ción. En la pe­lí­cu­la hay dos re­fe­ren­cias di­rec­tas a los mi­ne­ros chi­le­nos. Du­ran­te el res­ca­te se ha­bla­ba de su sor­pren­den­te pa­re­ci­do con El gran car­na­val. Hay un mo­men­to que ocu­rren co­sas en la vi­da que ya han ocu­rri­do en pe­lí­cu­las, y al re­vés. En­ton­ces evi­den­te­men­te to­do eso es­tá ahí, a tra­vés de la te­le­vi-

sión he­mos co­no­ci­do ca­sos te­rri­bles. Yo re­cuer­do el ca­so de una ni­ña que se iba aho­gan­do po­co a po­co. To­do eso me da un te­rror in­creí­ble. Mu­chas ve­ces ha­bla­mos de la vio­len­cia en el ci­ne, nos preo­cu­pa­mos por los con­te­ni­dos que pue­den ver los ni­ños y no nos da­mos cuen­ta de que a ve­ces los te­le­dia­rios son lo más da­ñino y es­tán en ho­ra­rio in­fan­til. Creo que to­dos so­mos ni­ños cuan­do ve­mos un te­le­dia­rio. A to­dos nos afec­ta mu­chí­si­mo la in­for­ma­ción, que con­for­ma una es­pe­cie de amal­ga­ma im­po­si­ble de di­ge­rir a la ho­ra de la co­mi­da. Es cu­rio­so que la ale­go­ría del cir­co sea re­cu­rren­te en su ca­rre­ra y du­ran­te el ro­da­je de es­ta pe­lí­cu­la us­ted mis­mo se vie­ra en­vuel­to en un cir­co me­diá­ti­co por la Ley Sin­de. ¿Eso in­flu­yó en que és­ta fue­ra su pe­lí­cu­la más amar­ga? Mi tra­ba­jo con­sis­te en con­tar una his­to­ria y con­tar­la con la ma­yor fuer­za po­si­ble y me val­go, ob­via­men­te, de to­do lo que ocu­rre a mi al­re­de­dor. Hay gen­te que di­ce: “Te has de­ja­do in­fluir por lo que ocu­rre”. Por su­pues­to. Es mi tra­ba­jo. Ten­go que con­se­guir que to­do eso in­flu­ya pa­ra que mi pe­lí­cu­la ten­ga más fuer­za. Hay muy po­cas pe­lí­cu­las que cuen­ten lo que ocu­rre. Tam­bién te­ne­mos una fun­ción los di­rec­to­res y una res­pon­sa­bi­li­dad de con­tar las co­sas que cree­mos que son im­por­tan­tes. En es­te ca­so a tra­vés de la ale­go­ría de es­te per­so­na­je es­toy ha­blan­do de có­mo nos en­con­tra­mos ac­tual­men­te to­dos. Yo creo que to­dos te­ne­mos un hie­rro en la ca­be­za. La sen­sa­ción del per­so­na­je es lo que más me atra­jo. Eso de: “Yo es­toy per­fec­ta­men­te cons­cien­te, me en­cuen­tro muy bien, pue­do ha­blar con to­do el mun­do”. De he­cho, él se pre­gun­ta: “¿Por qué no me pue­do le­van­tar e ir­me?” Ni si­quie­ra sien­te do­lor. Es que si te le­van­tas, te de­san­gras y te mue­res. Es­ta­mos to­dos igual. Pa­re­ce que to­do si­gue igual, pe­ro a la vez es­ta­mos a pun­to de per­der el tra­ba­jo, de no po­der pa­gar la hi­po­te­ca y a nues­tro al­re­de­dor ve­mos gen­te que cae. Es co­mo La in­va­sión de los ul­tra­cuer­pos. Has­ta que no te ocu­rre a ti no eres cons­cien­te. En su re­nun­cia a la pre­si­den­cia de la Aca­de­mia es­cri­bió: “En es­te país es un pe­ca­do cam­biar de opi­nión”. Lo que más mie­do nos da es el debate. Por­que sig­ni­fi­ca ce­der y es al­go a lo que na­die es­tá dis­pues­to. Yo lo veo to­dos los días, yo pue­do ha­blar pa­ra con­ven­cer­te de lo mío, pa­ra que tú cam­bies de opi­nión pe­ro, ¿pa­ra que yo cam­bie de opi­nión? Ni so­ñar, ja­más. Y cuan­do te sien­tas con una per­so­na pa­ra ha­blar de un te­ma tie­nes que sen­tar­te sa­bien­do que esa per­so­na pue­de cam­biar tu ma­ne­ra de ver las co­sas. Si no, es un dis­cur­so. Pa­re­ce que es im­po­si­ble, no lle­ga­mos a en­ten­der­lo.

Y de eso tra­ta­ba Ba­la­da tris­te de

trom­pe­ta.

Sí, es de lo que es­tá ha­blan­do Ba­la­da. ¿Cree que se lle­gó a com­pren­der? Sí, hay gen­te que lo ha en­ten­di­do. Us­ted lo ha en­ten­di­do. Y yo creo que es exac­ta­men­te de lo que es­ta­mos ha­blan­do. Si no lle­ga­mos a un acuer­do, des­trui­mos el ob­je­to que es­ta­mos in­ten­tan­do sal­var o re­cu­pe­rar o amar. Es al­go que to­dos los di­rec­to­res sa­be­mos des­de el co­mien­zo. Si yo ac­tua­se así no ha­bría ro­da­do nin­gu­na pe­lí­cu­la. Y es lo que ocu­rrió con la Ley Sin­de. ¿Qué le pa­re­ce que el Go­bierno del PSOE le de­ja­se es­ta pa­ta­ta ca­lien­te al si­guien­te? Ejem­pli­fi­ca per­fec­ta­men­te lo que es­ta­mos ha­blan­do. Ha ha­bi­do un mo­men­to en el que se es­ta­ba es­ta­ble­cien­do un debate, en el que las par­tes po­dían lle­gar a un acuer­do, y no se ha al­can­za­do. Des­gra­cia­da­men­te, no se ha lle­ga­do a nin­gu­na con­clu­sión. Aho­ra, des­de mi pun­to de vista per­so­nal, creo que ha­bría si­do me­jor que no hu­bie­ra sa­li­do, creo que era me­jor em­pe­zar de

ce­ro y pen­sar otra co­sa. Hay que ha­cer una re­for­ma a fon­do de la ley de pro­tec­ción in­te­lec­tual, que en­glo­be to­do, no so­lo un apar­ta­do en una sub­sec­ción de una ley de eco­no­mía sos­te­ni­ble. Hay que tra­tar­lo a fon­do, con to­dos los im­pli­ca­dos, y es­ta­ble­cer un debate pre­ci­sa­men­te pa­ra que to­das las par­tes se­pan que van a ga­nar y que van a per­der co­sas. La dig­ni­dad es el leit-mo­tiv de la pe­lí­cu­la, y to­do el en­torno es in­digno: la cla­se po­lí­ti­ca, los me­dios de co­mu­ni­ca­ción y las ins­ti­tu­cio­nes. ¿Es una pe­lí­cu­la pa­ra in­dig­nar­se? To­do lo con­tra­rio, es una pe­lí­cu­la pa­ra re­cu­pe­rar la dig­ni­dad. No me quiero en­fa­dar ni quiero en­fa­dar a na­die. Quiero que la gen­te sal­ga con­ten­ta y se dé cuen­ta de que hay co­sas más im­por­tan­tes que la an­gus­tia de vi­vir en el mo­men­to, que hay ma­ne­ras de en­fren­tar­se a to­do es­to. Y yo creo que el per­so­na­je de Sal­ma lo que arro­ja es va­len­tía, por­que hay que ser va­lien­tes. Ya es­tá pre­pa­ran­do el guion de su pró­xi­ma pe­lí­cu­la, Las bru­jas de Za­ga

rrar­mun­di. No se da un res­pi­ro. Es que si me pa­ro, me mue­ro. Me pa­sa lo mis­mo que a Mo­ta, ten­go ese hie­rro y ten­go que ac­tuar rá­pi­do. Si me pa­ro, pien­so, y eso me da mie­do. El que pien­sa, pier­de, de­cía el di­rec­tor de fo­to­gra­fía en el ro­da­je. ¿Qué pa­só con La mar­ca ama­ri­lla, la adap­ta­ción al ci­ne de una de las aven­tu­ras de Bla­ke y Mor­ti­mer? Bueno, ten­go va­rios pro­yec­tos, pe­ro cuan­do in­ten­tas lle­var­los a ca­bo y bus­cas la fi­nan­cia­ción, te vas al que fun­cio­na. El pro­ble­ma que te­nía La

mar­ca ama­ri­lla es que era ca­ra, aunque ha­bía­mos con­se­gui­do un pre­su­pues­to im­por­tan­te, y he­mos de­ci­di­do no ha­cer­la por­que, a pe­sar de que te­nía­mos po­si­bi­li­da­des de ha­cer­la, era ne­ce­sa­rio trans­for­mar el guion pa­ra adap­tar­nos al pre­su­pues­to, así que de­ci­dí ha­cer otra co­sa. La pró­xi­ma ga­la de los Go­ya se­rá la pri­me­ra en dos años que no pre­si­di­rá. ¿Qué es­pe­ra de ella? Es­pe­ro que nos lle­ve­mos me­jor de co­mo nos lle­va­mos, y es­toy con­ven­ci­do. Enrique [Gon­zá­lez Macho] es un gran ti­po, que ade­más dis­tri­bu­ye mi pe­lí­cu­la, y es un ti­po sen­sa­to, no es un exal­ta­do co­mo yo. Pe­ro se­gui­rá dis­cu­tien­do, co­mo di­jo en su re­nun­cia a la pre­si­den­cia. No voy a de­jar de dis­cu­tir. Es­ta pe­lí­cu­la es la prue­ba de ello.

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