MANOLO BLAHNIK

Nun­ca pla­neé ha­cer de es­to mi pro­fe­sión. La pri­me­ra vez que co­me­tí un error im­por­tan­te tu­vo que ver con mi inex­pe­rien­cia en el mun­do de la mo­da.

Tiempo - - TIEMPO - MANOLO BLAHNIK*

to­da mi vi­da ha si­do un enor­me error, pe­ro ¡qué ma­ra­vi­llo­so error ha­cer al­go que ado­ras! Nun­ca pla­neé ha­cer de es­to mi pro­fe­sión. Por su­pues­to, en el ca­mino me he equi­vo­ca­do mu­chas ve­ces, así que re­sul­ta di­fí­cil se­ña­lar una so­la.

La pri­me­ra vez que co­me­tí un error im­por­tan­te tu­vo que ver con mi inex­pe­rien­cia en el mun­do de la mo­da. En 1972, Os­sie Clark, uno de los me­jo­res di­se­ña­do­res del pla­ne­ta, me in­vi­tó a di­se­ñar los za­pa­tos pa­ra su co­lec­ción en el Ro­yal Court Thea­tre de Londres. Aque­llos ta­co­nes di­vi­nos... En reali­dad, creo que fue­ron los pri­me­ros que hi­ce. Eran de ga­mu­za azul eléc­tri­co y ver­de áci­do en su in­te­rior, con las sue­las de un cau­cho de cre­pé de­li­cio­sa­men­te blan­co. Era co­mo ca­mi­nar so­bre la nie­ve.

La cues­tión es que, pa­ra que el ta­cón no se do­bla­ra, ne­ce­si­ta­ba una es­pi­na dor­sal de ace­ro en su in­te­rior. Pe­ro no me per­ca­té de ese de­ta­lle. Así que ahí es­tá­ba­mos: el des­fi­le ha­bía em­pe­za­do. To­do el mun­do de la mo­da lon­di­nen­se se reunía allí esa no­che. Fue ex­tra­or­di­na­rio con­tem­plar có­mo to­das esas mo­de­los des­fi­la­ban por la pa­sa­re­la. Pe­ro mi­ré ha­cia sus pies y vi to­dos los za­pa­tos ha­cien­do “¡boom, boom, boom!”. Los ta­co­nes se mo­vían de un la­do a otro y se tor­cían cons­tan­te­men­te, y las mo­de­los ca­mi­na­ban de un mo­do muy ex­tra­ño. Un mo­vi­mien­to que nun­ca se ha­bía vis­to an­tes, ni si­quie­ra en las si­re­nas del Holly­wood de los años cua­ren­ta. “¡Dios mío! Es­te es el fi­nal de mi ca­rre­ra, es­ta no­che ha ter­mi­na­do to­do”, pen­sé.

Aquel es­pec­tácu­lo de mi pri­mer des­fi­le fue hu­mi­llan­te. Pe­ro cuan­do ter­mi­nó, la gen­te se acer­có a fe­li­ci­tar­me: “¡En­ho­ra­bue­na, ha si­do di­vino!”. “Esos za­pa­tos son in­creí­bles”. “Son se­xis, bla bla bla...”. La ver­dad es que yo no lo ha­bía vis­to de ese mo­do. Pe­ro a la gen­te le en­can­tó. Pen­sa­ron: “¡Qué ex­tra­ño, qué ori­gi­nal!”. El se­ñor Clark es­ta­ba en el sép­ti­mo cie­lo. In­clu­so Ce­cil Bea­ton, el fo­tó­gra­fo in­glés, me di­jo: “¡Va­ya, has si­do ca­paz de crear unos mo­vi­mien­tos real­men­te ex­cén­tri­cos!”. La ver­dad es que fue ex­tra­ño. Creo que lo que les gus­tó real­men­te fue la for­ma de ca­mi­nar de las chi­cas, tan in­se­gu­ras y os­ci­lan­tes so­bre la pa­sa­re­la.

Apren­dí la lec­ción y me con­ver­tí en un per­fec­cio­nis­ta. Aho­ra soy un ver­da­de­ro pe­sa­do. El peor, de he­cho. Es una tor­tu­ra pa­ra los ta­lle­res y pa­ra cual­quie­ra a mi al­re­de­dor. A ve­ces odio un za­pa­to en cues­tión de se­gun­dos. Soy muy au­to­crí­ti­co y me gus­ta di­se­ñar co­lec­cio­nes ex­qui­si­tas, y con­se­guir­lo im­pli­ca in­ver­tir gran can­ti­dad de ener­gía. Cons­tan­te­men­te les di­go a las per­so­nas con las que tra­ba­jo en los ta­lle­res: “¡Es­to no es su­fi­cien­te­men­te bueno! ¡Es ás­pe­ro! ¡Es­tá re­tor­ci­do! ¡El ta­cón no en­ca­ja bien!”. No hay du­da, re­sul­ta muy can­sino tra­ba­jar con­mi­go cuan­do di­se­ño un za­pa­to. Sim­ple­men­te, exi­jo de­ma­sia­do.

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