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Tiempo - - OPINIÓN -

gus­te o no gus­te, así aca­ban las fies­tas. A al­gu­nos les gus­ta, a otros les pa­re­ce una cho­rra­da que tie­nen que ha­cer obli­ga­dos por las cir­cuns­tan­cias y los me­nos se apa­lan­can y se nie­gan a se­guir la co­rrien­te aun con el ries­go cier­to de que les lla­men re­ven­ta­do­res. Y así to­ca aca­bar las fies­tas de la de­mo­cra­cia in­ter­na de los par­ti­dos, so pe­na de que una apor­ta­ción va­lio­sa a su sen­ti­do constitucional se con­vier­ta en una or­gía de san­gre y en­tra­ñas cu­yas sal­pi­ca­du­ras ha­gan re­la­mer­se al ad­ver­sa­rio y de­ses­pe­rar­se al cre­yen­te.

Aho­ra todos nos va­mos un po­co aba­jo, ¡todos jun­tos! ahhhhh... y aba­jo y aba­jo y aba­jo... todos si­guien­do a Za­pa­te­ro co­mo una pi­ña así en el cie­lo co­mo en el bor­de del abis­mo. Ca­mino de la si­guien­te es­tro­fa. Y aho­ra, po­co a po­co, arri­ba y arri­ba, arri­ba, arri­ba... Esa, esa so­lo pue­de ri­mar con el fu­tu­ro del so­cia­lis­mo si to­do el co­ro ata­ca el es­tri­bi­llo.

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