No es una tra­di­ción, es un cri­men

La mu­ti­la­ción ge­ni­tal fe­me­ni­na (MGF) se si­gue prac­ti­can­do, aun­que sea a es­con­di­das, en paí­ses co­mo el nues­tro. Y los is­la­mis­tas fa­ná­ti­cos la pro­te­gen.

Tiempo - - CULTURA -

un país (me­jor fue­se de­cir de una ma­ne­ra de en­ten­der la vi­da) en el que la mu­jer, por el sim­ple he­cho de ser­lo, es bá­si­ca­men­te un agu­je­ro for­ni­ca­ble que ade­más es­tá obli­ga­da a ma­tar­se a tra­ba­jar. Y a obe­de­cer. Y a ca­llar. Y La­la, no hay más que ver­la y con­ver­sar con ella, se ca­lla más bien po­co. Es to­do un ca­rác­ter, por más mie­do que ten­ga. La­la, en su me­nos que me­diano es­pa­ñol, ex­pli­ca que lo ha­bría pa­sa­do ver­da­de­ra­men­te mal si Alá, el cle­men­te, el mi­se­ri­cor­dio­so (La­la es mu­sul­ma­na), no hu­bie­se per­mi­ti­do que la po­li­cía es­pa­ño­la de­por­ta­se al bes­tia con el que se ca­só, por un tur­bio asun­to que no ha­ce al ca­so y que sa­lió en los pe­rió­di­cos (me los en­se­ña, guar­da los re­cor­tes) ha­ce po­cos años. Pe­ro “mi gen­te”, co­mo si­gue lla­man­do ella a la co­mu­ni­dad en la que ha vi­vi­do, le pu­so la proa, por con­tes­to­na y re­bel­de.

Por úl­ti­mo, La­la se ne­gó a que las abue­las de La­va­piés, mu­chas de las cua­les pre­fie­ren el hu­mi­llan­te ni­qab a cual­quier otra ves­ti­men­ta, prac­ti­ca­sen a su hi­ja de 5 años la abla­ción del clí­to­ris. Ese fue el ter­cer error.

Ahí in­ter­ven­go yo. Le ex­pli­co a La­la, con mi más edu­ca­da voz de doc­tor Li­vings­to­ne (su­pon­go), que esa prác­ti­ca es, en España, un de­li­to gra­ví­si­mo. La­la se me que­da mi­ran­do y se le es­ca­pa, por pri­me­ra vez, una son­ri­sa tras de la cual hay un inocul­ta­ble ca­chon­deí­to. “Tú ton­to –di­ce, bur­lo­na–, tú no sa­be, tú no co­no­ce na­da. Tú lo­co co­mo May­nún”.

No sé qué es eso de May­nún. La­la me­nea la ca­be­za, co­mo di­cien­do: “Cla­ro, tú qué vas a sa­ber”.

Una omer­tá fe­roz.

La­la me ex­pli­ca que la abla­ción del clí­to­ris a las ni­ñas se si­gue prac­ti­can­do. Sí, aquí. Sí, a cua­tro pa­sos de don­de vi­vi­mos. No, cla­ro que no, na­die lo de­nun­cia. Las te­rri­bles abue­las ves­ti­das de ne­gro, y los fa­ná­ti­cos re­li­gio­sos que las pro­te­gen, sa­ben que los oc­ci­den­ta­les so­mos una gen­te ig­no­ran­te que ado­ra a fal­sos dio­ses o, peor aún, que no ado­ra a nin­guno, y eso nos im­pi­de com­pren­der que hay co­sas que pue­den pa­re­cer ma­las pe­ro que son bue­nas. Co­mo nues­tras le­yes y nues­tra po­li­cía per­si­guen esas co­sas bue­nas ¿qué hay que ha­cer? ¿De­jar de prac­ti­car­las? En nin­gún ca­so. Lo que hay que ha­cer es es­con­der­las. Guar­dar­las en se­cre­to. Mon­tar una omer­tà fe­roz, una ley del si­len­cio cu­ya trans­gre­sión se pa­ga, antes o des­pués, con la vi­da. Que es lo que se es­tá ju­gan­do La­la por con­tar­me to­do es­to. Y lo sa­be. Por eso ha te­ni­do que huir, es­con­der­se en un lu­gar en don­de al me­nos tar­den en en­con­trar­la. Por eso sa­le del pi­so lo me­nos que pue­de. Por eso ape­nas ha­bla con sus com­pa­ñe­ras de la ca­sa de aco­gi­da, que pien­san

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