Có­mo la fies­ta me apar­tó de los ro­da­jes

Mi ca­rre­ra em­pe­zó en los ochen­ta y ter­mi­nó en los no­ven­ta a cau­sa de la vi­da noc­tur­na que lle­va­ba. Fue un des­cen­so en pi­ca­do por una mon­ta­ña de la que ni si­quie­ra ha­bía pi­sa­do la ci­ma.

Tiempo - - SOCIEDAD -

ha­ce tiem­po co­me­tí la equi­vo­ca­ción de sa­lir du­ran­te cua­tro no­ches se­gui­das en un ro­da­je. ¡Es­toy ha­blan­do de cua­tro no­ches se­gui­das! Es­ta­ba ha­cien­do una pe­lí­cu­la lla­ma­da Sed de po­der (1984), pro­ba­ble­men­te la que más me gus­ta de to­das las que he he­cho, y tra­ba­jan­do con uno de mis ac­to­res fa­vo­ri­tos, Eric Ro­berts. Des­pués de cua­tro no­ches de fies­ta, te­nía­mos que ro­dar una es­ce­na en un bar. Eric te­nía to­do el diá­lo­go. Era jus­to des­pués de co­mer y yo es­ta­ba tan can­sa­do que le di­je al di­rec­tor, Stuart Rosenberg: “Creo que mi per­so­na­je de­be­ría sen­tar­se”. Se lo di­je por­que no po­día man­te­ner­me en pie. Me pu­se unas ga­fas de sol os­cu­ras. Eric te­nía que ha­blar y de re­pen­te me que­dé pro­fun­da­men­te dor­mi­do. Es­tu­ve a pun­to de dar­me de bru­ces con­tra el sue­lo. Has­ta hoy na­die ha co­no­ci­do es­ta his­to­ria.

En esa épo­ca me pa­sa­ba el día per­si­guien­do a las chi­cas. So­lía­mos ir a un si­tio lla­ma­do Heart­break, en Nue­va York, que abría has­ta las cua­tro de la ma­dru­ga­da. Allí me de­di­ca­ba a li­gar, be­ber y bai­lar. Esa era la pau­ta. Con suer­te lo­gra­ba dor­mir un par de ho­ras y echar­me la sies­ta du­ran­te el al­muer­zo. Mi ca­rre­ra em­pe­zó en los ochen­ta y ter­mi­nó en los no­ven­ta a cau­sa de esa vi­da noc­tur­na. Fue un error que­mar así mi vi­da. A ve­ces pa­re­ce que no pue­des es­pe­rar a al­can­zar la me­ta al fi­nal del ca­mino, y lo mío fue un des­cen­so en pi­ca­do por una mon­ta­ña de la que ni si­quie­ra ha­bía pi­sa­do la ci­ma.

Vi a mu­chos po­lí­ti­cos in­vo­lu­crar­se en la in­dus­tria del ci­ne. Pen­sa­ba que to­do con­sis­tía en tra­ba­jar du­ro y ser un ac­tor co­mo Al Pa­cino y Ro­bert De Ni­ro. Pe­ro pue­des ser me­dio­cre y aun así ser una es­tre­lla. Cuan­do en­ten­dí eso, to­do cam­bió pa­ra mí, lo arrui­nó to­do. En­ton­ces odié ese mun­do. Des­ca­rri­lé y no me preo­cu­pé por las con­se­cuen­cias. Pe­ro siem­pre hay con­se­cuen­cias. In­clu­so aho­ra, si echas un vis­ta­zo a las nue­vas es­tre­llas es­ta­dou­ni­den­ses, re­sul­tan pe­no­sas. Los me­jo­res ac­to­res vie­nen de fue­ra, del Reino Uni­do o de Aus­tra­lia.

Cuan­do lo pier­des to­do, y quie­ro de­cir to­do, te ves sen­ta­do en la os­cu­ri­dad de una ha­bi­ta­ción va­cía, y sa­bes que la úni­ca per­so­na que pue­de sal­var­te eres tú. Lo más di­fí­cil en la vi­da es cam­biar y yo he tra­ba­ja­do du­ro pa­ra ello. Fui a te­ra­pia. Me di cuenta de que la per­so­na en la que me ha­bía con­ver­ti­do era fuer­te por un la­do, pe­ro dé­bil en mu­chos otros as­pec­tos. Pen­sa­ba que po­dría so­lu­cio­nar­lo en po­co tiem­po y se con­vir­tió en una lu­cha de 12 tor­tuo­sos, hu­mi­llan­tes y pe­no­sos años. De mi error he apren­di­do que hay que se­guir tra­ba­jan­do du­ro. Si pu­die­ra vol­ver atrás, lo ha­ría de otra for­ma. Se­ría más res­pon­sa­ble. Es mu­cho más di­fí­cil re­to­mar tu ca­rre­ra a los 40 que a los 20.

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