La pri­me­ra y úl­ti­ma no­ve­la de Sa­ra­ma­go

Se pu­bli­ca una no­ve­la de ju­ven­tud de Sa­ra­ma­go que la edi­to­rial, en 1952, ig­no­ró. El fu­tu­ro No­bel, hu­mi­lla­do, es­tu­vo ca­si 20 años sin es­cri­bir.

Tiempo - - CULTURA -

El ni­ño es lis­to y le gus­ta mu­cho leer. Lo que se di­ce un re­pi­pi. Ade­más es ca­be­zón, con el agra­van­te de trans­por­tar, a am­bos la­dos de la ca­be­za, dos es­tre­pi­to­sas ore­jas co­lo­ca­das en con­ca­te­na­ción de pa­re­ce­res con las sie­nes, lo cual ha­ce pen­sar, a to­do el que lo ve, en un Seat 600 con las puer­tas abier­tas. Pe­ro el ni­ño tie­ne 9 años y aún no es cons­cien­te de esas co­sas. A pe­sar de la cruel­dad de los de­más ni­ños, que ya sa­be­mos todos qué te­rri­ble pue­de ser.

El ni­ño ca­be­zón se sien­ta en su pu­pi­tre y el her­mano Ra­mos, se­rio, di­ce a la cla­se:

-Sa­cad una ho­ja del cua­derno y un bo­li. Hoy va­mos a ha­cer una co­sa nue­va. Se lla­ma “re­dac­ción”. Te­néis que con­tar al­go, lo que que­ráis, so­bre un asun­to que os voy a de­cir yo: el in­vierno.

Si­len­cio de hie­lo en­tre los alum­nos de In­gre­so. Uno gor­di­to, Sa­la­man­ca Se­go­viano, se atre­ve a pre­gun­tar:

-Her­mano Ra­mos, y eso ¿có­mo se ha­ce?

-No es di­fí­cil. Es­cri­bid lo que se os ocu­rra, co­mo si fue­ra un cuen­to. No ha­gáis fra­ses lar­gas y no pon­gáis la con­jun- ción “y” des­pués de un pun­to y se­gui­do. ¿Os acor­dáis de la con­jun­ción “y”? Co­ro uná­ni­me: -Síii, her­mano Raaa­mos. -Pues a es­cri­bir. Te­néis una ho­ra. El ni­ño ca­be­zón mi­ra por la ven­ta­na unos se­gun­dos mien­tras se ras­ca con el bic una de las ore­jo­tas. Lue­go se po­ne a garabatear. Le sa­le una his­to­ria de un mu­ñe­co de nie­ve con na­riz de za­naho­ria y un ni­ño, pro­ba­ble­men­te tam­bién al­go ca­be­zón, que lo mi­ra des­de la ven­ta­na. Cuan­do con­clu­ye, en­tre­ga la ho­ja, se lar­ga al pa­tio y se ol­vi­da del asun­to.

Esa no­che, el pa­pá del ni­ño ca­be­zón lo des­pier­ta, en­fa­da­dí­si­mo:

-Han lla­ma­do del co­le­gio. Bue­na la has he­cho. Di­me aho­ra mis­mo de dón­de has co­pia­do eso que es­cri­bis­te, sin­ver­güen­za.

Los pri­me­ros pa­los.

El ni­ño ca­be­zón, asus­ta­do y des­orien­ta­do, no sa­be por qué le des­pier­tan, por qué es­tá su pa­dre tan ca­brea­do ni de qué ra­yos le es­tá ha­blan­do. Cuan­do le ha­cen re­cor­dar aque­lla bo­ba­da del mu­ñe­co de nie­ve, di­ce que no lo ha co­pia­do de nin­gu­na par­te, que se le ocu­rrió a él. Su pa­dre no le cree y el ni­ño ca­be­zón se lle­va los pri­me­ros azo­tes que ha­brá de re­ci­bir en su vi­da por obra y gra­cia de la li­te­ra­tu­ra. Apren­de una lec­ción que no ol­vi­da­rá: ten cui­da­do con lo que es­cri­bes, que te sa­cu­den.

A la ma­ña­na si­guien­te las co­sas han cam­bia­do. Todos dan por he­cho que no ha ha­bi­do pla­gio, pa­pá le pi­de per­dón muy aver­gon­za­do y le lle­va al co­le en su co­che (al­go ra­rí­si­mo); el her­mano Ra­mos, con voz au­gus­ta, ha­ce leer al ni­ño ca­be­zón aque­llo del mu­ñe­co de nie­ve de­lan­te de to­da la cla­se. La ma­yo­ría de los ni­ños aplau­de; otros mi­ran al ca­be­zón con un asco lla­mean­te. Pe­ro pa­pá y ma­má van a re­co­ger­le a la ho­ra de co­mer y ha­blan con los cu­ras, que es­tán al­bo­ro­za­dí­si­mos: “¡Un lí­ri­co, se­ño­ra! ¡Te­ne­mos un lí­ri­co en el co­le­gio!”, le di­ce el bue­na­zo del her­mano Pra­do a la ma­dre del ni­ño ca­be­zón. De­lan­te de él.

Re­sul­ta­do inevi­ta­ble: el crío se cree in­me­dia­ta­men­te que es Juan Ramón Ji­mé­nez (ya ha leí­do Pla­te­ro y yo) y se po­ne que no hay cris­tiano que le aguan­te. Si ya era re­pi­pi, aho­ra le da por de­cir “en efec­to” en vez de “sí”. Y co­mo no hay na­da más agra­da­ble que a uno lo quie­ran, se po­ne in­me­dia­ta­men­te a es­cri­bir otra co­sa, un cuen­to más lar­go con ra­to­nes má­gi­cos que ocu­rre en un ca­na­lón.

El desas­tre es ab­so­lu­to. Ah, crí­ti­ca ve­lei­do­sa. Na­die aplau­de, na­die se po­ne con­ten­to, na­die quie­re al ca­be­zón ni le lla­ma lí­ri­co. El crío, con­ven­ci­do de que al­go se ha es­tro­pea­do en las rue­das del uni­ver­so, re­cu­rre a la se­gu­ri­dad que no fa­lla nun­ca y le pi­de a su pa­dre que le di­ga la verdad so­bre el cuen­ti­to.

-¿La verdad? ¿En se­rio que quie­res oír la verdad? -Cla­ro. Sí. Bueno, sí. -Pues es una bi­rria, mu­cha­cho. Una mier­da, una ton­te­ría sin in­te­rés.

El ni­ño ca­be­zón, que na­tu­ral­men­te no que­ría la verdad sino que pa­pá lo qui­sie­ra, se tum­ba en su ca­ma a llo­rar. Apar­te de los ejer­ci­cios es­co­la­res, no es­cri­bi­rá na­da en ab­so­lu­to du­ran­te sie­te años.

Un ejem­plo más. Otro ca­be­zón de ore­jas gran­des, pe­ro que ya no es un ni­ño

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