Be­ne­dic­to XVI en el ato­lla­de­ro

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Tras su vi­si­ta a Mé­xi­co (ver pág. 66), el pa­pa Rat­zin­ger ha he­cho el que, sin du­da, ha si­do el via­je más di­fí­cil de los 22 que lle­va fue­ra de Ita­lia des­de que fue ele­gi­do, en abril de 2005. En Cu­ba le es­pe­ra­ba to­do el mun­do, pe­ro ca­da uno con una in­ten­ción di­fe­ren­te. La dic­ta­du­ra de los her­ma­nos Cas­tro le re­ci­bió con im­pe­ca­ble cor­te­sía: Raúl, ves­ti­do por una vez con tra­je y cor­ba­ta, le sa­lu­dó en el ae­ro­puer­to de San­tia­go con una in­cli­na­ción y dis­pu­so a cien­tos de adic­tos con ban­de­ri­tas en el tra­yec­to a la ciu­dad. Antes, con mu­chos ner­vios, ha­bía or­de­na­do de­te­ner pri­me­ro y li­be­rar des­pués a las da­mas de blan­co, men­di­gos y sos­pe­cho­sos ha­bi­tua­les. A cam­bio, el Pa­pa no se me­tió mu­cho con los de­re­chos hu­ma­nos, aun­que sí ha­bló de los pre­sos. El Pon­tí­fi­ce sal­va con no­ta un via­je en el que te­nía po­co que ganar y mu­cho que per­der.

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