El PP siem­pre ha si­do muy cui­da­do­so en man­te­ner unas bue­nas re­la­cio­nes con la Ca­sa Blan­ca

Tiempo - - OPINIÓN -

el país más po­de­ro­so del mun­do. No es­tán en el li­bro de es­ti­lo de los po­pu­la­res las reac­cio­nes in­fan­ti­les al pa­so de la ban­de­ra de las ba­rras y las es­tre­llas, ni las ex­pre­sio­nes de or­gu­llo que alu­den a una vie­ja na­ción en que se edi­fi­ca­ban la Al­ham­bra o el acue­duc­to de Se­go­via cuan­do en las pra­de­ras del nor­te de Amé­ri­ca el ofi­cio de pas­to­res o de aven­tu­re­ros en bus­ca de ma­te­rias pri­mas era la ra­zón de la exis­ten­cia de aque­llas tri­bus. Las re­la­cio­nes en­tre los pue­blos no vie­nen de­ter­mi­na­das por los sen­ti­mien­tos ni por la His­to­ria, sino que se mue­ven en el ám­bi­to de la ayu­da mu­tua y del res­pe­to a la so­be­ra­nía de ca­da país, nor­mas que el ve­cino ri­co se sal­ta a la to­re­ra en cuan­to le con­vie­ne. Lo cier­to es que Ra­joy, en su vi­si­ta a la Ca­sa Blan­ca, se sen­ti­rá co­mo en su pro­pio do­mi­ci­lio, y sin ne­ce­si­dad de po­ner los pies so­bre la me­sa.

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