Tra­ge­dia en Bar­ce­lo­na, desas­tre en Ma­drid

La pa­sión fut­bo­lís­ti­ca, con­ver­ti­da du­ran­te los pa­sa­dos días en una tra­ge­dia que ni las de Es­qui­lo, nos ani­ma a de­cla­rar­nos en es­ta­do de ex­cep­ción éti­co. ¿Por qué?

Tiempo - - CULTURA -

De crío me es­for­za­ba en pa­re­cer­me a los de­más, pe­ro no siem­pre era fá­cil. Una tar­de, en ca­sa, mi­ra­ba yo có­mo en la te­le (en blan­co y ne­gro) ju­ga­ban un par­ti­do de fút­bol el Ath­le­tic de Bil­bao y otro equi­po cu­yo nom­bre no re­cuer­do, pon­ga­mos que el Va­len­cia. Co­rrían pa­ra acá, co­rrían pa­ra allá, unos les qui­ta­ban la pe­lo­ta a otros, es­tos se la vol­vían a qui­tar. Aque­llo me pa­re­cía un abu­rri­mien­to que no se aca­ba­ba nun­ca, pe­ro co­mo le gus­ta­ba a to­do el mun­do... En es­tas en­tró mi pa­dre en la sa­li­ta. -Tú ¿de quién eres? Ten­ta­do es­tu­ve de res­pon­der­le aque­llo de: “Soy de la Vir­gen Ma­rí-a-a, y del És­pii-ri­tu­san­to-oo”, que era lo que de­cía aquel vi­llan­ci­co de mi in­fan­cia na­cio­nal­ca­tó­li­ca, pe­ro in­tuí que no era eso lo que Ca­rre­te­ro que­ría sa­ber y me li­mi­té a ha­cer un ges­to de y yo qué sé. -Que con qué equi­po vas tú. Cla­ro, yo te­nía unos 10 años y me aca­ba­ba de leer a lá­gri­ma vi­va El otro ár­bol de Guer­ni­ca, de Luis de Cas­tre­sa­na, así que tu­ve que con­tes­tar hon­ra­da­men­te: -Pues... con los de Bil­bao. -Muy bien, es­tu­pen­do. Pues yo voy con el Va­len­cia.

Aaah, co­ño. Eso no lo ha­bía yo pre­vis­to. De pron­to me di cuenta de que yo que­ría mu­cho más a pa­pá que a San­ti, a Be­go­ña, a mon­sieur Dufour y a to­da la gen­te del li­bro; y que no me gus­ta­ba na­da es­tar en el ban­do con­tra­rio al de mi pa­dre, y me­nos por un la­ta­zo co­mo el de aque­llos ti­pos de la pe­lo­ta, así que trai­cio­né sin du­dar­lo mis prin­ci­pios:

-Pues si tú vas con el Va­len­cia, yo tam­bién. Res­pues­ta de Ca­rre­te­ro: -Pues si tú vas con el Va­len­cia, yo voy con el Bil­bao.

Creo que ahí fue. En ese mo­men­to vi la luz, me di cuenta de to­do. Si mi pa­dre, que era -y es- un buen hom­bre a pe­sar de ser pro­té­si­co den­tal, se cam­bia­ba de equi­po con tan­ta li­ge­re­za, es que aque­llo no im­por­ta­ba un pi­mien­to. Da­ba igual ser de unos o de otros. So­lo se tra­ta­ba de jo­ro­bar al ve­cino, de ha­cer­le ra­biar, de po­ner­se en­fren­te. Mi re­cién co­men­za­da afi­ción por el fút­bol des­apa­re­ció por com­ple­to.

No ha vuel­to a bro­tar ja­más. Hom­bre: vi la fi­nal del Mun­dial, có­mo no, pe­ro por los mis­mos mo­ti­vos que ha­bría vis­to la ren­di­ción de Bre­da: un acon­te­ci­mien­to his­tó­ri­co en el que tam­bién zu­rra­mos a los ho­lan­de­ses. Pe­ro has­ta ahí lle­go con el fút­bol. Me in­tere­sa por­que es un fe­nó­meno de ma­sas que arras­tra la pa­sión de mi­llo­nes de per­so­nas, pe­ro -us­te­des per­do­nen- soy in­ca­paz de par­ti­ci­par de esa pa­sión. Ten­go otras muy pa­re­ci­das, co­mo la ópe­ra, pe­ro con el fút­bol me pa­sa lo mis­mo que con las ma­te­má­ti­cas es­co­la­res: que no me en­tra. Cuan­do, de cha­val, se mon­ta­ba un par­ti­do en el pa­tio del co­le­gio y yo -ha­bía que pa­re­cer­se a los de­más pa­ra que no te in­sul­ta­ran o te sa­cu­die­ran- me acer­ca­ba tí­mi­da­men­te al gru­po, siem­pre ha­bía uno que me mi­ra­ba y de­cía, con ca­ra de ai­ra­da re­sig­na­ción: -Ese, que se pon­ga de por­te­ro. Lue­go lo pen­sa­ba me­jor y re­ma­ta­ba: -O de su­plen­te. Com­pren­de­rán que lo te­nía di­fí­cil. Apren­dí al­gu­nas co­sas. La pri­me­ra es que son muy po­cas las per­so­nas, y ca­da vez me­nos, que no tie­nen pre­fe­ren­cia (o pa­sión arre­ba­ta­da) por un equi­po. Co­mo pa­sa con la creen­cia en Dios, en la vehe­men­cia fut­bo­lís­ti­ca par­ti­ci­pa to­do ti­po de per­so­nas, sin dis­tin­ción de ori­gen, edad, for­ma­ción, pro­fe­sión o con­di­ción se­xual. Seas quien seas, hay que ser de al­go: si no, es im­po­si­ble dis­cu­tir o al­zar la voz. Y lo que es peor to­da­vía: la gen­te te mi­ra con com­pa­sión, co­mo si es­tu­vie­ras en­fer­mo.

hay un acuer­do ge­ne­ral en que el fút­bol, y so­lo el fút­bol, nos per­mi­te ac­tuar co­mo si fué­se­mos otros; ese acuer­do nos ani­ma a la ex­cep­ción, co­mo si nues­tra vi­da y nues­tra ac­ti­tud ha­bi­tua­les nos pro­du­je­sen una enor­me fa­ti­ga y, de vez en cuan­do, ne­ce­si­tá­se­mos trans­gre­dir to­do lo que ha­ce­mos el res­to del tiem­po.

Me ex­pli­co. El mar­tes pa­sa­do, des­pués de que el Bar­ce­lo­na fue­se eli­mi­na­do de la Co­pa de Eu­ro­pa (a mí me gus­ta se­guir lla­mán­do­la así) por el Chel­sea, la Gran Vía de Ma­drid fue in­va­di­da por cien­tos de ciu­da­da­nos (de­bo su­po­ner que se­gui­do­res del Real Ma­drid) que ce­le­bra­ban el par­ti­do co­mo vic­to­ria pro­pia.

In­sis­to: unos ciu­da­da­nos es­pa­ño­les fes­te­ja­ban la amar­ga de­rro­ta de un equi­po es­pa­ñol fren­te a otro bri­tá­ni­co.

Lo sien­to, pe­ro no lo en­tien­do. Cuan­do el Ma­drí jue­ga con­tra el Bar­sa; in­clu­so cuan­do una de­rro­ta de cual­quie­ra de los dos be­ne­fi­cia al otro, en­tien­do la ri­va­li­dad, el en­cono y el vo­ce­río. Pe­ro ale­grar­se de la de­rro­ta de unos com­pa­trio­tas cuan­do esa de­rro­ta no le be­ne­fi­cia a uno en na­da, me pa­re­ce sim­ple­men­te mal­dad. Ma­la fe. Ma­la en­tra­ña.

Bueno, pues todos (o ca­si todos) me di­cen que no, que es­toy equi­vo­ca­do. Ra­zo­na­mien­to: “Es que es fút­bol. El fút­bol es así. Tú no lo en­tien­des, cla­ro...”. Des­de lue­go que no. No me ca­be en la ca­be­za que, pa­ra ado­rar al Atle­ti de Ma­drid (aca­ba de ganar no sé qué; va­ya fo­llón hay en la ca­lle), ha­ya que odiar, si­mul­tá­nea e inex­cu­sa­ble­men­te, al Ma­drid. No pue­do en­ten­der que los ma­dri­dis­tas se ale­gren de cual­quier de­rro­ta del Ba­rça, y des­de lue­go vi­ce­ver­sa. No con­ci­bo que un cu­lé sea com­ple­ta­men­te in­ca­paz de ad­mi­rar un buen par­ti­do de los blan­cos, jue­gue con­tra quien jue­gue. No me gus­ta en ab­so­lu­to que el fút­bol pro­pi­cie uno de los sen­ti­mien­tos más ras­tre­ros que co­noz­co: la ale­gría por la des­gra­cia aje­na.

Ha­blo de es­to con per­so­nas a las que ad­mi­ro y res­pe­to por su ha­bi­tual bon­dad, su al­truis­mo, su no­ble­za de co­ra­zón y su em­pa­tía: son­ríen, me dan gol­pe­ci­tos en el hom­bro y re­pi­ten: es fúuut­bol, In­ci. Cla­ro, tú no lo en­tien­des. Pues no, es­tá cla­ro que no en­tien­do que la afi­ción a ese deporte nos au­to­ri­ce a de­cla­rar­nos en es­ta­do de ex­cep­ción, a sus­pen­der por unas ho­ras (o por un so­lo te­ma de con­ver­sa­ción: ese) las nor­mas de com­por­ta­mien­to que nos da­mos a no­so­tros mis­mos du­ran­te el res­to del tiem­po. ¡Y a to­do el mun­do le pa­re­ce bien!

Las trá­gi­cas (hay acuer­do ge­ne­ral en eso) eli­mi­na­cio­nes del Ma­drid y del Ba­rça han re­par­ti­do a par­tes igua­les la de­sola­ción. No me ale­gro, des­de lue­go, pe­ro me re­afir­mo en lo di­cho: vi­va la Cul­tu­ral y De­por­ti­va Leo­ne­sa. Que ja­más ha da­do un rui­do, la po­bre­ci­ta.

Pe­nal­ti. Mou­rin­ho, en el Real Ma­drid-ba­yern de la

Li­ga de Cam­peo­nes.

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