El in­fierno tan te­mi­do

Es­pe­luz­nan­te re­tra­to au­to­bio­grá­fi­co de un cha­val ca­mino de su des­truc­ción.

Tiempo - - SELECTOR - LUIS AL­GO­RRI

Re­tra­to de un jo­ven adic­to a to­do. Bill Clegg. Su­ma de Le­tras.

us­te­des co­no­cen, sin du­da, a al­guien ver­da­de­ra­men­te ma­lo. Un (o una) hi­jue­pe­rra que me­re­ce la muer­te mil ve­ces, y no le lle­ga. Pe­ro en todos los ca­sos, a po­co que uno ras­que con el de­do, ve­rá que ese bi­cho mi­se­ra­ble no sa­be que lo es. Cree que ac­túa, co­mo mí­ni­mo, igual que los de­más, me­dia­na­men­te bien, in­clu­so bien del to­do, y que es el res­to del mun­do el que le per­si­gue o le tie­ne ma­nía. Por eso el mal es tan di­fí­cil de com­ba­tir con pa­la­bras: por­que nie­ga ser­lo. El nor­te­ame­ri­cano Bill Clegg ha he­cho to­do lo con­tra­rio: su Por­trait of an Ad­dict li­ke a Young Man (tí­tu­lo to­ma­do de Joy­ce y de los cua­dros del Re­na­ci­mien­to) es la des­crip­ción y cró­ni­ca del mal des­de den­tro. Ha con­ta­do su es­pan­to­sa vi­da de adic­to al crack, al se­xo sór­di­do, al vod­ka, a to­do lo que se le po­ne por de­lan­te, des­de la con­cien­cia cla­rí­si­ma de que es un adic­to y que eso ha­ce da­ño a to­do el mun­do, em­pe­zan­do por él mis­mo. Re­la­ta su des­truc­ción con la es­pe­luz­nan­te mi­nu­cio­si­dad de una man­tis en­to­mó­lo­ga que se fue­se des­pe­da­zan­do a sí mis­ma, y sa­be que lo que ha­ce es ho­rri­ble, pe­ro no tie­ne más re­me­dio que ha­cer­lo. Es un ni­ño bri­llan­tí­si­mo. El li­bro, fe­roz­men­te au­to­bio­grá­fi­co aun­que ha cam­bia­do al­gu­nos nom­bres (su no­vio, “Noah”, es el ci­neas­ta Ira Sachs) es te­rri­ble en su sin­ce­ri­dad. Es la des­di­cha­da inocencia. El in­fierno tan te­mi­do.

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