Na­zis en Gre­cia, cu­na de la de­mo­cra­cia

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Nikos Mi­ja­lo­lia­kos es un an­ti­guo mi­li­tar que, co­mo se po­dría ha­ber di­cho en España, es­tá “or­gu­llo­so de ser un im­pre­sen­ta­ble”. Va por la ca­lle vo­cean­do, en un ru­di­men­ta­rio in­glés, que no pa­ra­rá has­ta echar de su ca­sa (sic) a todos los in­mi­gran­tes. La hues­te de cul­tu­ris­tas que le acom­pa­ña, mu­chos de ellos con una cu­rio­sa es­té­ti­ca gay de los 70, no le van a la za­ga en mo­da­les: obli­gan a los pe­rio­dis­tas a po­ner­se en pie, a gri­tos, cuan­do, en la rue­da de pren­sa, se pre­sen­ta el fuh­rer­ci­to. Pe­ro han ob­te­ni­do, en las úl­ti­mas elec­cio­nes grie­gas, ca­si 440.000 vo­tos y 21 dipu­tados. Eso en la cu­na de la de­mo­cra­cia oc­ci­den­tal. Na­die de­be­ría sor­pren­der­se de que los grie­gos pa­rez­can ha­ber ol­vi­da­do, en ape­nas 70 años, las te­rri­bles ma­tan­zas que en su pa­tria per­pe­tra­ron los na­zis ale­ma­nes. La des­truc­ción de la economía grie­ga no tie­ne pre­ce­den­tes en Eu­ro­pa des­de lo que vi­vie­ron los pro­pios ale­ma­nes en­tre los años 20 y 30: esa fue una de las ra­zo­nes del triunfo de Hitler, un ca­bo que no te­nía mu­chas más lu­ces que Mi­ja­lo­lia­kos. Los par­ti­dos tra­di­cio­na­les grie­gos, en­tre ellos el Pa­sok, es­tán de acuer­do en au­men­tar el su­fri­mien­to. Y cuan­do un pue­blo se de­ses­pe­ra, se lan­za a los ex­tre­mos. Re­cor­de­mos todos los re­sul­ta­dos.

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