Hom­bres lan­gos­tino

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“Nos­sa, nos­sa, As­sim vo­cê me mata, Ai se eu te pe­go, ai ai se eu te pe­go...”. Tras bai­lar es­te pe­ga­di­zo es­tri­bi­llo una y otra vez en La Lu­pe de Huer­tas, San­dra y yo de­ci­di­mos que era ho­ra de to­mar­nos un des­can­so. Hay que re­co­no­cer que es­ta can­ción se pe­ga co­mo el ami­go feo del tío gua­po que te gus­ta. Ha­cía años que no sa­lía a bai­lar, pe­ro ese sá­ba­do era el pri­me­ro de los mu­chos que iban a ve­nir. El inicio de un nue­vo ob­je­ti­vo que me ha­bía im­pues­to. ¿Sal­var a las ba­lle­nas? ¿Aca­bar con la ener­gía nu­clear? ¿Lu­char por la paz? No. Dis­fru­tar de la vi­da. Har­ta de su­frir con las ci­tas, de co­mer cin­co pie­zas de fru­ta y de be­ber dos li­tros de agua al día, de so­por­tar ta­co­nes de cin­co cen­tí­me­tros y, so­bre to­do, de la ta­lla 38, me pu­se el mun­do por mon­te­ra. Al me­nos esa no­che.

Cuan­do es­tá­ba­mos pi­dien­do el se­gun­do gin-to­nic, apa­re­cie­ron un hom­bre lan­gos­tino y su ami­go (el feo que se te pe­ga). El hom­bre lan­gos­tino es una de­no­mi­na­ción pa­ra la es­pe­cie de tío del que so­lo te in­tere­sa el cuer­po. En mi ca­so, úl­ti­ma­men­te, aquí es­ta­ban la ma­yo­ría. Era ru­bio con ojos azu­les. -¿Quie­res bai­lar?, me di­jo. -¡Cla­ro!, res­pon­dí. -Me lla­mo Die­go ¿y tú? –pre­gun­tó mien­tras me da­ba una vuel­ta. -Lía –le di­je. -¿Có­mo? –me gri­tó al oí­do, mien­tras me aga­rra­ba por la cin­tu­ra.

-Ce­ci­lia, pe­ro todos me lla­man Lía. ¿Y tú? –le gri­té yo tam­bién, mien­tras tra­ta­ba de no per­der el rit­mo.

-Y bien Tía, ¿vie­nes mu­cho por aquí? –vol­vió a pre­gun­tar mien­tras me ha­cía un do­ble axel con los pies y un nu­do con las ma­nos. -No, es Lía, Líaaaaa. -Ahh. Yo he ve­ni­do con unos com­pa­ñe­ros de cla­se.

¿De cla­se? Va­mos a ver. Va­le que en España nos eman­ci­pa­mos tar­de, va­le que el tra­ba­jo es­tá muy mal, pe­ro ¿de cla­se? ¡Ay, Dios, ay Dios! ¿A que era un cha­val?

-Per­do­na, ¿cuán­tos años tie­nes? –le di­je, mien­tras apro­ve­cha­ba pa­ra to­mar las rien­das del bai­le y ha­cer­le una vuel­ta do­ble de­lux, con pa­so sin­cro­ni­za­do, pun­ta ta­cón, pun­ta ta­cón, ta­cón, ta­cón. -27 Mien­tras a mí se me abría un di­le­ma mo­ral so­bre la di­fe­ren­cia de edad en­tre hom­bres y mu­je­res y dón­de es­tá el lí­mi­te, a Die­go pa­re­cía no im­por­tar­le en ab­so­lu­to. Y no me re­fie­ro a mi im­pe­ca­ble es­ti­lo sal­se­ro. De re­pen­te, el ami­go feo del tío gua­po que se ha­bía que­da­do ha­blan­do con San­dra le co­gió del bra­zo. Yo apro­ve­ché pa­ra po­ner mi ca­ra de alar­ma. -¿Por qué po­nes esa ca­ra? -Era de­ma­sia­do bo­ni­to pa­ra ser verdad. Es más pe­que­ño que yo. -¿Y? –me pre­gun­tó San­dra. -Me gus­tan ma­du­ri­tos. -Pues es­te es un cha­val y tam­bién te gus­ta. ¿Por qué tan­to pre-

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