El ta­lón de Aqui­les

Tiempo - - SOCIEDAD -

des­per­tar­te en una ca­sa aje­na, sin tu ro­pa, sin tus mue­bles, sin tu se­gu­ri­dad, da vér­ti­go. A eso se unía el re­mor­di­mien­to por ha­ber vuel­to a caer en las re­des de Jai­ro. Aho­ra en­tien­do el fa­mo­so di­cho de que el hom­bre es el úni­co ani­mal que tro­pie­za dos ve­ces en la mis­ma pie­dra. Adap­ta­do a nues­tros tiem­pos, di­ría al­go así co­mo que la mu­jer es el úni­co bello y gla­mu­ro­so ani­mal que tro­pie­za cien ve­ces con el mis­mo hom­bre y la mis­ma ca­ma. Con­cre­ta­men­te en la del tío más com­pli­ca­do, ra­ro y di­fí­cil con el que me ha­bía tro­pe­za­do en mi vi­da. Jai­ro, el hom­bre im­po­si­ble, el po­lí­ti­co inal­can­za­ble que siem­pre mar­ca­ba los tiem­pos cuan­do a él le con­ve­nía. Qui­zá por eso me gus­ta­ba. Por­que era un re­to, un im­po­si­ble, una ne­ce­si­dad de con­quis­ta. Sin em­bar­go, las mon­ta­ñas se es­ca­lan ha­cia arri­ba y yo es­ta­ba co­mo la economía es­pa­ño­la, en caí­da li­bre. Pen­sa­ba to­do es­to acu­rru­ca­da en el la­do iz­quier­do de la ca­ma de Jai­ro. Sin atre­ver­me a dar la vuel­ta por si es­ta­ba o, peor aún, por si no. Es­ti­ré mi pier­na de ga­ce­la y di­bu­jé un ar­co ha­cia atrás. -¡Ayyyy! –gri­tó (Mier­da, mier­da, mier­da y ¿aho­ra qué? Pien­sa rá­pi­do, Lía, pien­sa. Y pen­sé, pe­ro lo úni­co que se me ocu­rrió fue ha­cer­me la dor­mi­da.)

-¿Lía, es­tás des­pier­ta? –di­jo en un su­su­rro.

Des­de el otro la­do de la ca­ma, mi res­pues­ta fue el si­len­cio con­te­ni­do. Tras él, un rui­do de sá­ba­nas, unos pa­sos, una puer­ta, la du­cha y, al fin, un be­so en mi me­ji­lla.

-Bue­nos días –le di­je y vi que ya es­ta­ba ves­ti­do. Más gua­po si ca­be que la no­che an­te­rior.

-Bue­nos días –con­tes­tó, mien­tras me aca­ri­cia­ba el pe­lo–. Me ten­go que ir ya. Sal­go de via­je y es­ta­ré fue­ra unos quin­ce días. Hay ca­fé he­cho, co­ge lo que quie­ras de la ne­ve­ra y ti­ra de la puer­ta cuan­do te va­yas. Lo pa­sé muy bien ano­che. Ha­bla­mos.

Y be­sán­do­me de nue­vo se des­pi­dió. No sé por qué me sor­pren­día. La idio­ta ha­bía si­do yo acu­dien­do a una de­ses­pe­ra­da lla­ma­da de me­dia no­che. La idio­ta ha­bía si­do yo al col­gar­me, otra vez, de un ti­po im­po­si­ble. Di­ce una bue­na ami­ga que la vi­da nos po­ne los mis­mos obs­tácu­los una y otra vez has­ta que apren­de­mos a su­pe­rar­los. Qui­zá esa era la en­se­ñan­za que yo de­bía apren­der.

Me ves­tí, que­ría sa­lir de allí. To­da la ca­sa es­ta­ba lle­na de lu­mi­no­sos in­ter­mi­ten­tes con la pa­la­bra: T-O-N-T-A es­cri­tos en la pa­red, col­ga­dos en el te­cho.

Pe­ro antes de ir­me, la ten­ta­ción era inevi­ta­ble. ¿De­jar­le una no­ta? ¿Ol­vi­dar una pren­da en su ha­bi­ta­ción? Me­jor aún, co­ti­llear to­do su apar­ta­men­to. Es­ta­ba feo, pe­ro, ¿no lo era tam­bién que él me de­ja­ra ti­ra­da en su ca­ma? Lo to­mé co­mo una re­com­pen­sa al da­ño in­fli­gi­do.

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