Adiós a Robin Gibb

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De chi­cos pen­sá­ba­mos que te­nían la voz así, co­mo los ga­tos. Pe­ro no: los Bee Gees, o sea los her­ma­nos Gibb, lo­gra­ron el fal­se­te más cé­le­bre de la his­to­ria de la mú­si­ca pop y for­man par­te in­dis­pen­sa­ble de la ban­da so­no­ra del mun­do oc­ci­den­tal des­de los años 60. Tar­da­mos en sa­ber que no eran tan hor­te­ras co­mo Tra­vol­ta en Fie­bre del sá­ba­do no­che (ellos hi­cie­ron la mú­si­ca), que les re­ven­ta­ba dis­fra­zar­se de do­ma­do­res de cir­co y que, de los tres her­ma­nos, Barry (el úni­co que que­da vi­vo) era el gua­pe­ras y el man­dón, Mau­ri­ce el tris­te y Robin el me­jor mú­si­co... y el an­ti­pá­ti­co. Aca­ba de mo­rir, a los 62 años, víc­ti­ma de un cán­cer. Su des­pe­di­da ha si­do a lo gran­de: el Ti­ta­nic Re­quiem, re­cién es­tre­na­do en el cen­te­na­rio de la tra­ge­dia.

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