En­cuen­tros en la 2ª fa­se

Tiempo - - SOCIEDAD 540 CARACTERES - To­das las his­to­rias de Ce­ci­lia G. en: www.blogs.tiem­po­dehoy. com / el­mun­do­de­ce­ci­liag

ha­bían trans­cu­rri­do unas cuan­tas se­ma­nas des­de que de­ci­dí rom­per­le el co­ra­zón a Jai­ro. (Va­le, fue al re­vés, pe­ro ¡la his­to­ria es mía y la cuen­to co­mo quie­ro!). De­ci­dí que era un tiem­po más que su­fi­cien­te pa­ra sa­lir de mi lu­to. Co­mo to­do el mun­do sa­be las rup­tu­ras se com­po­nen de tres fa­ses: 1) El due­lo. 2) El des­fa­se. 3) La vuel­ta a la nor­ma­li­dad.

Por suer­te, yo es­ta­ba en la se­gun­da y la pen­sa­ba apro­ve­char al 100%. No ha­bía día que no sa­lie­ra por la no­che. In­clu­so los lu­nes, ese gran des­co­no­ci­do al que to­dos de­be­rían dar una opor­tu­ni­dad. Mi nue­va vi­da no era muy di­fí­cil de ex­pli­car. Con­sis­tía en juer­ga y juer­ga. Cuan­do no era con las com­pa­ñe­ras del tra­ba­jo, era con los ami­gos, cuan­do no con co­no­ci­dos y cuan­do no, so­la. Los ba­res se ha­bían con­ver­ti­do en mi se­gun­do ho­gar, en el que, ade­más, no te­nía que pa­gar hi­po­te­ca, ni al­qui­ler.

Con tan­ta fies­ta ha­bía con­se­gui­do lo que nun­ca an­tes lo­gré: apren­der­me las co­reo­gra­fías de los bai­les de mo­da, des­de el Nos­sa, Nos­sa, has­ta el pa­pa­pa­rra­pa­pa de Pau­li­na Ru­bio. Pe­ro con lo que de ver­dad me re­crea­ba era con Raf­fae­lla Ca­rrá, un clá­si­co, que sue­na a mú­si­ca ce­les­tial a eso de las cua­tro de la ma­ña­na, las tres en al­gu­nos ba­res y en Ca­na­rias, y don­de la gen­te se vie­ne arri­ba a gol­pe de me­le­na. Bueno, los que pue­den.

Bai­lar no era lo úni­co. So­bre to­do cuan­do es­toy con Ain­hoa, que te­nía más pe­li­gro que Ra­joy an­te el mi­cró­fono de Sara Carbonero. Ella te­nía una fa­ci­li­dad in­na­ta pa­ra ha­cer ami­gos en los ba­res. Mien­tras yo pe­día en la ba­rra, Ain­hoa ya ha­bía li­ga­do con los dos más guapos del lo­cal. Cuan­do tie­nes una ami­ga así, hay que dar gra­cias. Pri­me­ro por­que te ha­ce el tra­ba­jo y se­gun­do por­que, dán­do­le pe­na, siem­pre te de­ja ele­gir al más gua­po. Y sí, chi­cos, sí. De es­to es de lo que ha­bla­mos en el ba­ño las mu­je­res.

El sá­ba­do pa­sa­do es­ta­ba con Ain­hoa en el bar To­re­ro. En un mo­men­to de la no­che me pre­sen­tó a dos nue­vos fi­cha­jes. Tras ho­ras de bai­le y ri­sas, lle­gó la de la ver­dad: ¿en tu ca­sa o en la mía?

Aquí, Ain­hoa, más­ter ofi­cial en ci­tas de una no­che, lo te­nía muy cla­ro. Siem­pre en ca­sa del otro. Pri­me­ro por­que así no tie­nes que re­co­ger el día des­pués. Se­gun­do, por­que si no te in­tere­sa más que pa­ra esa no­che, no sa­brá dón­de vi­ves. Ter­ce­ro, por­que si la co­sa sa­le mal, pue­des mar­char­te y no es­pe­rar a que él de­ci­da ir­se. Así que, muy re­suel­ta, res­pon­dió: -En la tu­ya, en la tu­ya. Y a mí no me que­dó más que son­reír, mien­tras le da­ba un pi­so­tón a Ain­hoa por de­cir que sí sin con­sul­tar­me. Aun­que me en­can­ta­ría ser co­mo Ain­hoa, lo cier­to es que a mis años aún me cues­ta ir­me a la ca­ma con un des­cono-

Raf­fae­lla Ca­rrá es mú­si­ca ce­les­tial a las cua­tro de la ma­ña­na. A gol­pe de me­le­na, la gen­te se vie­ne arri­ba

ci­do. No es­toy ha­blan­do del doc­tor Hou­se o de el Men­ta­lis­ta, con el que sue­lo que­dar­me dor­mi­da. Sino de al­guien de quien no te­nía más re­fe­ren­cias que su es­ti­lo de bai­le.

Pe­ro la suer­te es­ta­ba echa­da. Mien­tras yo du­da­ba en si acos­tar­me con él o no, Ain­hoa ya es­ta­ba en el ci­ga­rri­llo de des­pués. Jus­to cuan­do es­ta­ba in­cli­nan­do mi ba­lan­za ha­cia el sí -be­sa­ba muy bien- Fran, que así se lla­ma­ba el chi­co, me pa­ró en se­co.

-Dis­cul­pa, no pue­do. Ten­go no­via. He­mos dis­cu­ti­do y no sé qué me ha pa­sa­do.

(Y ha­bía es­pe­ra­do cin­co ho­ras pa­ra de­cír­me­lo).

De re­pen­te allí me vi. Con­ver­ti­da en el pa­ño de lá­gri­mas de Fran, co­mo si yo no tu­vie­ra su­fi­cien­te con lo mío.

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