Bi­bi Glo­ria fi­nal del po­bre

En el Pa­rís de ha­ce un si­glo fue cé­le­bre y lue­go ca­yó en el ol­vi­do. Aho­ra, la reapa­ri­ción de un gran cua­dro rey de la bohe­mia. del jo­ven Pi­cas­so re­su­ci­ta al

Tiempo - - CULTURA -

He vis­to mu­chas ve­ces esa ca­ra. Me­jor di­cho, esa no; las ca­ras que hay de­ba­jo de ella, las más­ca­ras ca­da vez dis­tin­tas que ocul­tan o uni­fi­can lo que esa ca­ra di­ce, lo que esa ca­ra es­con­de, lo que esa ca­ra es.

Fí­jen­se. El pin­tor, un Pi­cas­so de ape­nas vein­te años, no de­bió de em­plear en ese re­tra­to más allá de unas ho­ras. Una tar­de, qui­zá dos. Pe­ro en su afán bur­lón, que no di­si­mu­la la cal­va, las gue­de­jas su­cias a lo Ben Fran­klin ni la des­pro­por­cio­na­da son­ri­sa de clown, no ha con­se­gui­do evi­tar la fuer­za de la mi­ra­da, la tristeza, la es­pan­to­sa dig­ni­dad de esos ojos que, en to­do el re­tra­to, son lo úni­co que no mien­te: to­do lo de­más es más­ca­ra, es invención que ese hom­bre se lle­va cre­yen­do em­pe­ci­na­da, ob­se­si­va­men­te, du­ran­te años. Cuan­do Pi­cas­so le pin­ta ese re­tra­to, en 1901, él, An­dré-jo­seph Sa­lis de Saglia, no es un pa­ya­so. Pe­ro se­gu­ra­men­te ha­ce mu­chos años que no lo re­cuer­da. O que no lo quie­re re­cor­dar.

He vis­to esa ca­ra cuan­do era cha­val, en Santiago de Com­pos­te­la, don­de so­bre­vi­vían dos an­cia­nas -creo re­cor­dar que her­ma­nas- a quie­nes la gen­te lla­ma­ba Las Dos en Pun­to, por­que a esa ho­ra so­lían pre­sen­tar­se en la ca­lle del Fran­co, ata­via­das co­mo ha­ra­pien­tas ar­chi­du­que­sas, se­rias co­mo do­blo­nes de a dos, pin­ta­das las ca­ras co­mo an­ge­lo­tes de re­ta­blo, na­da más que pa­ra ob­te­ner la aten­ción de la gen­te. Y la gen­te no se les reía en la ca­ra; las sa­lu­da­ba (ellas co­rres­pon­dían con mu­cha edu­ca­ción y re­ve­ren­cia) y has­ta les su­pli­ca­ba el fa­vor de que se de­ja­sen in­vi­tar a al­go. Yo las vi. Cuan­do una de las dos mu­rió, la otra no tu­vo más re­me­dio que se­guir­la pa­ra evi­tar tan­to pé­sa­me ca­lle­je­ro. Ya no te­nía sen­ti­do.

Veo con fre­cuen­cia esa ca­ra en la Gran Vía de Ma­drid, don­de los dos her­ma­nos Al­cá­zar lle­van na­die sa­be cuán­tos años apo­ya­dos en una ba­ran­di­lla que hay jun­to a la Red de San Luis. En in­vierno y en ve­rano. La sim­bo­lo­gía de su apa­ra­to­so as­pec­to da­ría pa­ra un li­bro en­te­ro de Juan Eduardo Cir­lot. Chu­pas de cue­ro, bo­tas in­ve­ro­sí­mi­les, ajus­ta­dos pan­ta­lo­nes de leo­par­do, ta­chue­las y he­rra­jes por to­das par­tes, es­vás­ti­cas ta­cha­das, en­se­ñas re­pu­bli­ca­nas, yo qué sé. ¿Qué ha­cen? Na­da. Es­tán allí pa­ra ser mi­ra­dos. Esa es su fun­ción. El pa­so de los años -am­bos tie­nen ya mu­chas ca­nas en las es­ca­sas me­le­nas- no les in­cum­be, no se­rá asun­to su­yo mien­tras du­ren los dos. Son par­te del pai­sa­je ur­bano y lo sa­ben. Lo mis­mo que aque­llas Dos en Pun­to ga­lle­gas. Lo mis­mo que mon­sieur Sa­lis.

El dic­cio­na­rio aca­ba de de­jar en­trar una pa­la­bra pa­ra es­to: fri­ki. “Per­so­na pin­to­res­ca y ex­tra­va­gan­te”, di­cen los aca­dé­mi­cos. Sí, pe­ro eso ¿quién lo mi­de? ¿Quién tie­ne la pa­ten­te del ex­tra­va­gan-tó­me­tro? ¿Cuál de no­so­tros no re­sul­ta­ría pin­to­res­co y ex­tra­va­gan­te si lo sol­ta­ran pues yo qué sé, en el Zo­co Chi­co de Tán­ger o en el cen­tro de Kat­man­dú? Es el me­dio el que crea la ex­cep­ción. Así que no sea­mos tan pre­sun­tuo­sos.

Pe­ro otra co­sa es la vo­lun­tad de ex­cep­cio­na­li­dad. La in­ten­ción de ser ob­ser­va­do y de de­jar oji­plá­ti­cos a los que pa­san. Eso es lo que te­nían las Dos en Pun­to, lo que tie­nen los her­ma­nos Al­cá­zar y lo que dio sen­ti­do a la vi­da de mon­sieur Sa­lis de Saglia. Que ni si­quie­ra se lla­ma­ba, se­gu­ra­men­te, así.

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