Fu­la­ni­ta de tal

Tiempo - - 540 CARACTERES -

si­go in­mer­sa en la se­gun­da fa­se de la rup­tu­ra. El des­fa­se. En es­ta fa­se una pue­de ha­cer de to­do que se le per­do­na. Por ejem­plo, tie­nes una cita des­de ha­ce un mes pa­ra una ce­na de chi­cas con tus ami­gas. To­do va per­fec­to has­ta que a úl­ti­ma ho­ra te sur­ge un im­pre­vis­to. El im­pre­vis­to se lla­ma Juan, mi­de 1,80 y es bom­be­ro. En cir­cuns­tan­cias nor­ma­les, no acu­dir a la cita con tus ami­gas hu­bie­ra si­do pe­ca­do mor­tal. Te hu­bie­ran he­cho vu­dú, hu­bie­ran es­ta­do ha­blan­do de tu im­per­do­na­ble fal­ta du­ran­te se­ma­nas y en el mo­men­to más in­sos­pe­cha­do te lo hu­bie­ran res­tre­ga­do por tu be­llo ros­tro.

Por ejem­plo, du­ran­te una tran­qui­la ve­la­da en el cum­plea­ños de al­gu­na, cin­co años des­pués. Tú, inocen­te, di­ces:

-Cris­ti­na, ¿po­drías pa­sar­me la sal?

Y ella, con una me­mo­ria que ni los ele­fan­tes de la In­dia res­pon­de:

-Que te la dé el bom­be­ro de 1,80 al que an­te­pu­sis­te a no­so­tras.

Sí. Es­to su­ce­de­ría en una si­tua­ción nor­mal, de un día nor­mal, de tu vi­da nor­mal. Pe­ro no en una si­tua­ción de rup­tu­ra. Cuan­do es­tás en fa­se des­fa­se, tus ami­gas ya no se com­por­tan co­mo unos bi­chos ren­co­ro­sos, sino co­mo unos an­ge­li­tos. Su res­pues­ta fue:

- Lía, tú apro­ve­cha, que di­cen que, pe­se a los re­cor­tes, el Par­que de Bom­be­ros es­tá muy bien do­ta­do. Y lo hi­ce. ¡Va­ya si lo hi­ce! Otra de las ra­zo­nes pa­ra con­ti­nuar en la fa­se des­fa­se es que ca­si to­do el mun­do se so­li­da­ri­za con­ti­go. Por­que, ¿a quién no le han ro­to el co­ra­zón una vez? Bueno, ¿a quién no le han ro­to el co­ra­zón va­rias ve­ces? El desamor une mu­cho. De re­pen­te, ves có­mo per­so­nas cu­yo úni­co ob­je­ti­vo en la vi­da era ig­no­rar­te, se di­ri­gen a ti con un ca­ri­ño que ni la ma­dre Te­re­sa de Cal­cu­ta. Una de es­tas per­so­nas a las que me re­fie­ro, se me acer­có en el tra­ba­jo:

-Oye, sé por lo que es­tás pa­san­do.

Mi mi­ra­da de ex­tra­ñe­za le de­bió sor­pren­der. Por­que mien­tras mis ojos le in­te­rro­ga­ban, los su­yos asen­tían al son de su ca­be­za. -Ah, ¿sí?-, di­je yo in­cré­du­la. -Sí. Crée­me. Sé lo que se sien­te. Cuan­do ya es­ta­ba a pun­to de llo­rar­le en el hom­bro y de con­tar­le to­do lo de Jai­ro, me di­jo:

-Sí, a mí tam­bién me de­ja­ron de pa­gar los che­ques co­mi­da.

Y en­ton­ces, te das cuen­ta. Lo en­tien­des to­do. In­clui­do el Bo­són de Higgs. No es que te ig­no­re, ¡es que es me­jor que lo ha­ga!

Tam­bién hay otros so­li­da­rios más nor­ma­les. Por ejem­plo, aque­llos ami­gos per­di­dos, a los que re­cu­pe­ras du­ran­te la fa­se des­fa­se. Co­mo una com­pa­ñe­ra de fa­cul­tad lla­ma­da Eva, que vol­vió del pa­sa­do vía What­sApp. So­li­da­ria­men­te, or­ga­ni­zó una vie­ja quedada, pa­ra re­cor­dar vie­jos tiem­pos. Así que, ahí es­ta­ba. En el Fu­la­ni­ta de Tal, un bar de am-

Ahí es­ta­ba, en un bar de am­bien­te, con Eva tra­tan­do de con­ven­cer­me de que ser les­bia­na era lo me­jor

bien­te, con Eva tra­tan­do de con­ven­cer­me de que ser les­bia­na era lo me­jor. A la ter­ce­ra co­pa, y te­nien­do en cuen­ta lo bien que me llevo con al­gu­nas mu­je­res, ca­si me con­ven­ce. Pe­ro las mu­je­res no me atraen. Y eso que mu­chas ve­ces he pe­san­do que mi vi­da se­ría mu­cho más fá­cil si me gus­ta­ran las per­so­nas de mi mis­mo se­xo. Así se lo di­je a Eva, pe­ro tras ho­ras de con­ver­sa­ción, me di cuen­ta de dos co­sas. Una, la ra­zón por la que ha­bía de­ja­do de que­dar con Eva (¡era una plas­ta!). Y dos, que las per­so­nas son per­so­nas in­de­pen­dien­te­men­te del se­xo que ten­gan. Re­cor­dar de nue­vo las cla­ses, las ami­gas de en­ton­ces, ver­me en el re­fle­jo de Eva y en su pro­pio re­la­to ha­bía si­do su­fi­cien­te. Me ha­bían de­vuel­to al pa­sa­do con la su­fi­cien­te in­ten­si­dad co­mo pa­ra que­rer vol­ver al fu­tu­ro.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.