La si­lla del amor de Eduardo VII

Tiempo - - SOCIEDAD -

Los más atre­vi­dos pue­den emu­lar al rey Eduardo VII de In­gla­te­rra quien, co­mo buen rey, era co­no­ci­do por te­ner un sin­fín de aman­tes y fue pio­ne­ro en dis­fru­tar de los mé­na­ges à trois en las me­jo­res con­di­cio­nes. Con­cre­ta­men­te man­dó cons­truir la si­lla que se ve en la fotografía su­pe­rior, que es­ta­ba per­fec­ta­men­te ade­cua­da a su es­ta­tu­ra y com­ple­xión. La si­lla le per­mi­tía te­ner re­la­cio­nes con dos mu­je­res a la vez y es­for­zar­se lo ne­ce­sa­rio sin aca­bar con do­lor de es­pal­da. Más ac­tua­les re­sul­tan al­gu­nos de los co­ji­nes que arri­ba se mues­tran, que per­mi­ten a la mu­jer es­tar más có­mo­da y po­der ha­cer más fac­ti­bles las po­si­cio­nes que ilus­tra el li­bro in­dio del amor. Y si lo que se bus­ca es una ex­pe­rien­cia inol­vi­da­ble, quien quie­ra po­drá en­con­trar to­dos los mue­bles que siem­pre qui­so pa­ra dis­fru­tar del se­xo, y más, en los ho­te­les que in­clu­yen la sui­te de Margarita Bo­ni­ta, que se mues­tra en la fotografía gran­de.

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