El Rey y los atle­tas

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En Zar­zue­la no ca­bían y la re­cep­ción fue en el pa­la­cio del Par­do, que es más gran­de. Pe­ro don Juan Car­los no ha­bría pres­cin­di­do de esa re­cep­ción por na­da del mun­do. Él ha si­do atle­ta olím­pi­co y sa­be lo que es eso, cuá­les son los ner­vios, los te­mo­res, las ilu­sio­nes y los áni­mos que se ne­ce­si­tan an­tes del co­mien­zo de unos Jue­gos. Se­gún ese co­no­ci­mien­to les tra­tó y les abra­zó, jun­to con la Rei­na y los Prín­ci­pes (don Fe­li­pe fue aban­de­ra­do ha­ce aho­ra 20 años, en Bar­ce­lo­na); tu­vo la sen­sa­tez de no ha­cer ana­lo­gías con la cri­sis eco­nó­mi­ca, por­que no es­ta­ban los chi­cos allí pa­ra eso, y les ha­bló de lo que son y se­rán: “Un mo­de­lo de con­duc­ta y un ejem­plo pa­ra los más jó­ve­nes”. Les pi­dió que es­tu­vie­sen “a la al­tu­ra”. Lo es­ta­rán.

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