Un ver­du­go ter­co y sor­do

In­cen­dio en la jon­que­ra

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¿de qué sir­ve con­de­nar­te una vez más, fue­go? Eres sor­do, in­fan­til, ter­co, in­sen­si­ble. Ni si­quie­ra oyes los gri­tos de tus víc­ti­mas ni las vo­ces de man­do y de de­ses­pe­ra­ción de tus do­ma­do­res. Ni si­quie­ra sa­bes que te lla­mas fue­go, o foc, o

feuer, o feu. Mu­chos poe­tas te han can­ta­do con fas­ci­na­ción y ho­rror. Es fá­cil ha­blar bien de tu as­pec­to y de tu ca­rác­ter re­bel­de cuan­do aún eres un ca­cho­rro (una lla­mi­ta) que tiem­bla en la ca­be­za de una ce­ri­lla o cuan­do so­lo te uti­li­zan pa­ra ilu­mi­nar y ca­len­tar una no­che de dan­za y fies­ta. Por­que es in­du­da­ble que eres her­mo­so y se­duc­tor. Pe­ro, ¿có­mo pi­ro­pear­te cuan­do aca­bas de ser el cau­san­te de cua­tro muer­tes en el Al­to Am­pur­dán (Ge­ro­na), don­de has de­vo­ra­do 14.000 hec­tá­reas de te­rreno? Es cier­to que tú so­lo eres una fie­ra glo­to­na sa­ca­da de su le­tar­go por unos hom­bres im­pru­den­tes. Pe­ro hazte car­go. Has cal­ci­na­do cam­pos y bos­ques y ca­sas. No so­lo en Ca­ta­lu­ña, sino tam­bién en Tenerife y Valencia. So­lo un lo­co se atre­ve­ría aho­ra a elo­giar tus en­can­tos. Ade­más no pue­des leer.

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