Se va la “vie­ja da­ma in­dig­na”

Ha fa­lle­ci­do Est­her Tus­quets, uno de los nom­bres esen­cia­les en la li­te­ra­tu­ra (y en la edi­ción) es­pa­ño­la del si­glo XX. Y una mu­jer des­lum­bran­te has­ta el fi­nal.

Tiempo - - CULTURA -

Yo­lan­da Al­ba y yo fui­mos a en­tre­vis­tar­la ha­ce tres oto­ños, cuan­do sa­lió ese li­bro fas­ci­nan­te - Con­fe­sio­nes de una vie­ja da­ma in­dig­na (Bru­gue­ra)- en el que la pre­sun­ta y con­fe­sa cul­pa­ble de in­dig­ni­dad, Est­her Tus­quets, con­ta­ba la se­gun­da par­te de su vi­da y, con­for­me a su ca­rác­ter y su es­ta­do de áni­mo, des­ca­be­za­ba tí­te­res con tan afi­la­do cor­te que allí no se sal­va­ban ni los ga­tos. Me­jor di­cho: los ga­tos sí, por­que la Tus­quets te­nía de­vo­ción por los ani­ma­les.

Va­mos, que es­ta­ba ca­brea­da. No se mo­les­ta­ba en ocul­tar­lo. La en­tre­vis­ta no em­pe­zó del to­do bien. La ha­bía­mos pre­pa­ra­do a con­cien­cia (va­mos, que nos ha­bía­mos leí­do el li­bro, co­sa po­co fre­cuen­te en es­te ofi­cio) y ella se em­pe­ñó en ju­gar en la red, es­to es, a ba­se de res­pues­tas cor­tas a pre­gun­tas que po­dían ser cor­tas, lar­gas o me­dio­pen­sio­nis­tas, eso le da­ba igual. El li­bro, pues bueno, sí, mu­cho tra­ba­jo. No, cla­ro, no soy una novata, ten­go ofi­cio, lo que pa­sa que las edi­to­ria­les po­nen unos pla­zos im­po­si­bles, yo no ha­cía eso cuan­do edi­ta­ba li­bros (mi­ra­da cóm­pli­ce en­tre Yo­li y yo: eso no lo po­ne­mos). La gau­che di­vi­ne del Boc­cac­cio, pues sí, una épo­ca in­tere­san­te, por qué to­dos pre­gun­táis lo mis­mo. Mi au­tor pre­fe­ri­do, pues yo qué sé, hi­ja, qué co­sas se te ocu­rren. Pue­de que Um­ber­to Eco, que es­tá igual de vie­jo que yo pe­ro no lo apa­ren­ta tan­to.

Con los años, y por más zo­te que sea, un pe­rio­dis­ta aca­ba por desa­rro­llar un ins­tin­to que a mí me gus­ta lla­mar de de­lan­te­ro cen­tro: ves hue­co a puer­ta, así ha­ya un ca­te­nac­cio de los de­pri­men­tes, y ha­la: p’alan­te, co­mo di­ce el Rey. Y eso fue la alu­sión de Tus­quets a la edad. In­te­rrum­pí a Yo­li y pi­qué la pe­lo­ta:

-¿Se sien­te us­ted vie­ja?

Si­len­cio co­mo de maz­mo­rra en fe­bre­ro. Re­chi­nar de dien­tes. Re­so­pli­dos. Res­pues­ta ge­nial: -De­ja de tra­tar­me de us­ted. -Lo sien­to, no pue­do. -Me da igual. No me lla­mes de us­ted. ¿No te das cuen­ta de que sois vo­so­tros los que nos ha­céis vie­jos? Y tú tam­po­co eres ya un crío, bo­ni­to...

Ahí se fue a San­to To­más Por­sa­co el guión de la en­tre­vis­ta y em­pe­za­mos a ha­blar. Era lo que ella que­ría. Es­ta­ba har­ta: tam­bién de en­tre­vis­tas. El asun­to em­pe­zó al­go so­lem­ne: “Ser vie­jo con­sis­te ser cons­cien­te de una so­la fra­se que ha­ce reír a mu­cho idio­ta: ‘Nun­ca más me ve- rás tan bien co­mo hoy’. Ma­ña­na me do­le­rá un pie, o el otro, o el [ im­pu­bli­ca­ble] de la Ber­nar­da, y así ya siem­pre has­ta que se te aca­be del to­do la tos. Pe­ro por lo me­nos que nos de­jen tran­qui­los”.

A los diez mi­nu­tos nos es­tá­ba­mos rien­do los tres, que tam­bién eso era lo que ella desea­ba. Me­ti­co­na sí era: “Lo peor de to­do es lo bien edu­ca­dos que sois los jo­ven­ci­tos. Bueno, tú ya no eres un mu­cha­cho ni mu­cho me­nos, creo que ya te lo di­je, pe­ro de co­le­gio de pa­go sí pa­re­ces. Pues eso. Que sois un in­cor­dio. En los ta­xis, por ejem­plo: ‘Pa­se us­ted, se­ño­ra, pa­se us­ted pri­me­ro?... ¡Y nos jo­déis, co­ño, que hay que ir me­dio a ga­tas has­ta el asien­to de allá y eso em­pie­za a ser muy di­fí­cil! ¿Có­mo no os dais cuen­ta?”. Y se mon­da­ba, nos reía­mos los tres.

El amor y esas co­sas.

Yo­lan­da, que es co­mo es y oja­lá le du­re, le pre­gun­ta­ba por al­go que ha in­quie­ta­do siem­pre mu­cho a una mo­za que yo sé: los amo­res li­bres. “Esa se­ño­ra es un ca­so –di­ce mi ma­dre–. Es­cri­be muy bien, pe­ro es un po­co... porno. ¡Y con se­ño­ras, di­ce que ha es­ta­do con se­ño­ras! ¡Bueno, con mu­je­res! ¡Tú ya me en­tien­des!”.

Tus­quets arru­ga­ba la na­riz, or­gu­llo­sí­si­ma de se­guir es­can­da­li­zan­do con­gé­ne­res, y de­cía que sí, que qué pa­sa­ba con eso. Que eran los tiem­pos y que si no lo eran le da­ba igual. Que ha vi­vi­do co­mo le ha da­do la real ga­na y que en eso que le lle­va­ba de ven­ta­ja a mu­cha gen­te. En el amor creía co­mo en el whisky: mo­de­ra­da­men­te. Sa­bía que es una afi­ni­dad per­so­nal que tie­ne que ver con la quí­mi­ca más de lo que pa­re­ce, y un día se aca­ba y ya es­tá, no hay por qué ha­cer as­pa­vien­tos ni po­ner­se mal­edu­ca­dos. Cuan­do le pa­só eso con uno de sus amo­res, el es­plén­di­do fo­tó­gra­fo Oriol Mas­pons, Tus­quets se que­dó es­tu­pe­fac­ta por­que no se es­pe­ra­ba se­me­jan­te he­ca­tom­be. Pe­ro lue­go lle­gó el gran amor de su vi­da, “por lo me­nos el más lar­go”, di­ce: Es-

te­ban, y ahí la vie­ja da­ma, que no te­nía na­da de in­dig­na por más que se em­pe­ña­se (y se em­pe­ña­ba), cam­bia­ba la ri­sa por una son­ri­sa de nos­tal­gia: esa son­ri­sa que so­lo se apren­de con la cos­tum­bre del do­lor do­mes­ti­ca­do por los años, con el há­bi­to de la año­ran­za, con la co­ti­dia­nei­dad del echar de me­nos, lo mis­mo que uno se lim­pia las ga­fas o se pei­na o do­bla los cal­ce­ti­nes. Uno se acos­tum­bra a que no lo amen. Cues­ta, so­bre to­do si uno pre­ten­de ser Pe­ter Pan, pe­ro se con­si­gue. Un día te das cuen­ta de que so­lo te que­dan los ami­gos y que eso es co­mo el re­sul­ta­do de unas oposiciones: to­do de­pen­de de có­mo ha­yas he­cho los ejer­ci­cios. Eso ten­drás.

-Cu­rio­so eso que me di­ces de Pe­ter Pan. ¿Tú sa­bes cuál es la fra­se que abre mi Tri­lo­gía del mar, mis tres pri­me­ras no­ve­las? (Las ha pu­bli­ca­do B). -Pues no. -“Y Wendy cre­ció”. -Wendy eras tú, cla­ro, Est­her. -Y yo qué sé, hi­jo. Siem­pre pen­sé que Wendy era An­na Ma­ria Moix, pe­ro a lo me­jor tam­bién era yo. Es que mi vo­ca­ción de ser uno de los ni­ños per­di­dos fue un fra­ca­so to­tal...

Lue­go ha­bla­mos de li­bros, cla­ro. Aque­lla mu­jer de con­ver­sa­ción fas­ci­nan­te he­re­dó de chi­qui­lla una editorial pia­do­sa y cle­ri­co­na, Lu­men, e hi­zo de ella una re­fe­ren­cia ab­so­lu­ta en la edi­ción de na­rra­ti­va en cas­te­llano. A los cua­ren­ta y pocos em­pe­zó a es­cri­bir y aque­lla pan­da de ma­chis­tas que la ro­dea­ba (“eran to­dos unos ma­cho­nes pe­ro no lo sa­bían”, se reía) em­pe­zó a su­dar frío por­que aque­lla chi­ca ba­ji­ta y desen­vuel­ta y apa­sio­na­da es­cri­bía muy, muy bien.

Siem­pre pen­sé que con­ta­ba su vi­da. Has­ta en las no­ve­las ma­rí­ti­mas. Se lo di­je. “Pues mi­ra, pues a lo me­jor... Con la vi­da que yo he vi­vi­do, ¿qué más que­ría, qué más ne­ce­si­ta­ba?”.

Cuan­do la co­no­ci­mos an­da­ba dán­do­le vueltas al que se­ría su pe­núl­ti­mo li­bro, el ge­nial Pe­que­ños de­li­tos abo­mi­na­bles (B), en el que po­nía las pe­ras al cuar­to, por ejem­plo: “A la ton­ta que siem­pre tie­ne frío. ¿Tú no has vis­to que cuan­do nos reuni­mos unas cuan­tas siem­pre hay una pel­ma­za que di­ce que tie­ne frío y hay que po­ner­le la ca­le­fac­ción aun­que es­te­mos en agos­to? Va­mos, por Dios”.

No sé si se ha muer­to pron­to. Es­pe­rá­ba­mos to­dos más be­lle­za es­cri­ta su­ya. Pe­ro ha he­cho muy bien su tra­ba­jo. Se­rá di­fí­cil que las le­tras es­pa­ño­las den, en dé­ca­das, otro ejem­plar de se­me­jan­te fus­te. Ha si­do ra­zo­na­ble­men­te fe­liz, co­mo so­ña­mos to­dos, y ha lo­gra­do que el mun­do (y sus ami­gos, y sus lec­to­res) sean me­jo­res gra­cias a ella. Se ha ga­na­do un agra­de­ci­do adiós. No to­dos pue­den, o po­dre­mos, de­cir lo mis­mo.

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