Su­per­hé­roes

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ha­bía pa­sa­do de una in­quie­tud ex­tre­ma a un es­ta­do de re­la­ti­va paz in­te­rior. De re­pen­te, ya no me ape­te­cía sa­lir tan­to por la no­che. De he­cho, de to­dos los días de la se­ma­na, so­lo los do­min­gos me que­da­ba en ca­sa. Ade­más, ha­cía co­sas po­co fre­cuen­tes, co­mo, por ejem­plo, dar­me una vuel­ta por las re­ba­jas y no traer­me la tien­da en­te­ra. Ca­si me trai­go al de­pen­dien­te, pe­ro eso no cuen­ta. Sí, de­fi­ni­ti­va­men­te es­ta­ba más tran­qui­la. Un es­ta­do po­co ha­bi­tual en mí, ca­si di­ría des­co­no­ci­do. Has­ta que una no­che en ca­sa, mien­tras tra­ta­ba de en­ga­ñar el ham­bre con lo po­co que ha­bía en mi ne­ve­ra -¿qué se pue­de ha­cer con un hue­vo, ce­rea­les y una tó­ni­ca? -me so­nó el mó­vil.

Era un What­sApp de Ar­tu­ro, al que ha­bía es­ta­do dan­do lar­gas du­ran­te to­do es­te tiem­po. Que­ría ir al ci­ne a ver la úl­ti­ma de Spi­der­man. Los hom­bres en ma­llas a los que les sa­len te­la­ra­ñas de las mu­ñe­cas no son mi ti­po, pe­ro me ape­te­cía ver­le. Así que al día si­guien­te allí es­ta­ba: en los ci­nes Ideal, con Ar­tu­ro, que afor­tu­na­da­men­te no iba en ma­llas. De la pe­lí­cu­la no des­ve­la­ré na­da, ex­cep­to que al fi­nal ga­na el bueno. Lo in­tere­san­te fue el co­lo­quio pos­te­rior que man­tu­vi­mos Ar­tu­ro y yo so­bre los su­per­hé­roes.

Yo le ex­pu­se mi opinión. No en­ten­día có­mo el hé­roe de mu­chos hom­bres ya ma­du­ri­tos po­día ser un tío em­bu­ti­do en unas ma­llas, con bo­tas rojas, con el sím­bo­lo de una ara­ña di­bu­ja­do en su pe­cho -con el as­co que nos dan esos bi­chosy con una más­ca­ra. Por cier­to, có­mo po­día res­pi­rar, por­que era plás­ti­co pu­ro y eso se­ría mo­ti­vo de as­fi­xia en diez mi­nu­tos. Ade­más, esos ojos rom­boi­da­les fos­fo­ri­tos no le fa­vo­re­cían na­da. “Se me acer­ca uno así por la no­che y sal­go co­rrien­do –le acla­ré–. Ade­más, ¿a qué vie­ne esa pos­tu­ra?, siem­pre en cu­cli­llas... ve­te tú a sa­ber por qué”. Ar­tu­ro se par­tía de ri­sa con mis ar­gu­men­tos, que a mí me pa­re­cían de lo más ló­gi­cos. Por otro la­do, él no com­par­tía mis ideas. Pa­ra él, era el hé­roe de su in­fan­cia, te­nía to­dos los có­mics en ca­sa y has­ta el dis­fraz, que ima­gino se le ha­bía que­da­do pe­que­ño. ¡Así es­tá el mun­do!, con hom­bres que as­pi­ran a ser Spi­der­man (¿dón­de que­dó lo de as­tro­nau­ta o bom­be­ro? ¡Qué per­di­dos es­tán al­gu­nos en la vi­da!).

An­te mis ca­ras de ex­tra­ñe­za, Ar­tu­ro me ex­pli­có to­da una teo­ría so­bre los su­per­hé­roes y las exi­gen­cias im­pues­tas a los hom­bres des­de que son ni­ños. De su obli­ga­ción de so­lu­cio­nar pro­ble­mas, de traer di­ne­ro, de ser fuer­tes y de­ci­di­dos. Y que si si­guen ese ca­mino, con­se­gui­rán a la chi­ca gua­pa y la ad­mi­ra­ción de to­dos. Ar­tu­ro era un ti­po in­te­li­gen­te, que conquistaba con la pa­la­bra, a pe­sar de que se­guía sin en­ten­der có­mo po­día ad­mi­rar a una ara­ña con ma­llas. Co­mo la dis­cu­sión que­dó en ta­blas,

Nun­ca veo pe­lis en las que el pe­cho del hé­roe es ma­yor que el de la he­roí­na, pe­ro por Ar­tu­ro ha­ría una ex­cep­cion

me in­vi­tó a ver Bat­man pa­ra des­em­pa­tar. No es que el hom­bre mur­cié­la­go fue­se pa­ra mí mu­cho me­jor que el hom­bre ara­ña, pe­ro la idea de pa­sar otra tar­de con Ar­tu­ro me gus­ta­ba. Así que le di­je: “Nun­ca voy a ver pe­lí­cu­las don­de el pe­cho del hé­roe es ma­yor que el de la he­roí­na, pe­ro por ti ha­ré una ex­cep­ción”.

Ar­tu­ro me ha­cía sen­tir en paz, po­día ci­tar a Grou­cho Marx sin te­ner que preo­cu­par­me por lo que pen­sa­ra. Siem­pre se reía. Cuan­do nos des­pe­di­mos, me de­jé be­sar. Y vol­ví a sen­tir al­go.

-Si quie­res pue­do su­bir y ser tu su­per­hé­roe, me di­jo. Y am­bos es­ta­lla­mos a reír. -Des­pa­cio, Spi­der­man, los su­per­hé­roes siem­pre tie­nen tram­pa. Nos ve­mos ma­ña­na.

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