Vuel­ta al co­le

Tiempo - - 540 CARACTERES - To­das las his­to­rias de Ce­ci­lia G. en: www.blogs.tiem­po­dehoy. com/el­mun­do­de­ce­ci­liag

cuan­do era pe­que­ña ado­ra­ba el olor de los cua­der­nos en blan­co, los bo­lis bic, los li­bros de se­gun­da mano, he­re­da­dos de pri­mos y ve­ci­nos... Esos en los que en­tre sus pá­gi­nas po­días leer “Ma­ría te quie­ro” o “Al­ber­to co­ra­zón Sara”… De­por­ti­vas nue­vas, ren­cuen­tro con los com­pa­ñe­ros y enamo­rar­te del nue­vo de la cla­se. Sí, ado­ra­ba vol­ver al co­le­gio. Y el tiem­po ver­bal en es­ta fra­se es fun­da­men­tal. Ma­drid, sep­tiem­bre de 2012. En mi vuel­ta al co­le no ha ha­bi­do ni cua­der­nos en blan­co, ni bo­lis bic -lo que ha­ce la cri­sis-, ni nue­vos en la cla­se.

La úni­ca que no ha­bía fal­ta­do, pun­tual a su cita co­mo ca­da sep­tiem­bre, era mi de­pre­sión pos­va­ca­cio­nal. Es­ta­ba por con­ver­tir­la en mi com­pa­ñe­ra de pi­so y que pa­ga­ra al­qui­ler. Pe­ro ella se re­sis­te. Me en­con­tra­ba en un ab­sur­do es­ta­do de au­to­com­pa­sión, arras­tran­do mis bron­cea­dos pie­ce­ci­tos por el ne­gro as­fal­to de Ma­drid. Ne­ce­si­ta­ba vol­ver a traer a mi vi­da una mo­ti­va­ción, por­que la mía se ha­bía que­da­do de va­ca­cio­nes. Em­pe­cé a pla­near mi­les de nue­vos pro­yec­tos. Ideas fas­ci­nan­tes y muy ape­te­ci­bles: po­ner­me a die­ta, ir al gim­na­sio y apren­der chino –sí, por­que yo el inglés ya lo ten­go su­pe­ra­do, de he­cho lo he de­ja­do por im­po­si­ble–. Ana­li­zan­do mis nue­vos pla­nes, no me ex­tra­ña que la mo­ti­va­ción si­guie­ra de días li­bres. To­man­do un ca­fé con Oli, le con­té mis nue­vos pro­yec­tos.

–¿Tra­tas de cas­ti­gar­te por al­go? ¿Por qué no te vie­nes con­mi­go a cla­ses de bio­dan­za?

–Son co­sas úti­les que me ayu­dan. Me­nos lo del gim­na­sio, eso lo ha­go por sen­tir­me bien, men­tí.

–La bio­dan­za te po­dría ve­nir muy bien, ha­ces ejer­ci­cio y co­nec­tas con tus emo­cio­nes.

(¿Co­nec­tar con mis emo­cio­nes? ¡Pe­ro si yo de­bo de te­ner ro­to el in­te­rrup­tor pa­ra apa­gar­las!)

-De mo­men­to, no me ani­mo, voy a se­guir con los pla­nes clá­si­cos que aban­do­na­ré a mi­tad de cur­so. Más que na­da por­que es una tra­di­ción.

Pe­ro Oli in­sis­tía, así que fui al grano. Ya que iba a aden­trar­me en una nue­va dis­ci­pli­na de­bía sa­ber lo im­por­tan­te: –¿Hay chi­cos? –Por su­pues­to, pe­ro allí no va­mos a li­gar, me di­jo.

–Cla­ro, cla­ro, si era so­lo por sa­ber más so­bre la bio­dan­za.

Co­no­cía a Oli des­de ha­cía años y sa­bía que no le gus­ta­ba na­da que me to­ma­ra a bro­ma al­gu­nas de sus afi­cio­nes. Aun­que no se lo di­je, no se tra­ta­ba de to­már­me­lo en se­rio o no, sino de ob­je­ti­vos. Pa­ra ella, co­nec­tar con su yo más pro­fun­do era la fe­li­ci­dad. Yo tam­bién que­ría co­nec­tar, pe­ro con otros, cuan­tos más yoes aje­nos me­jor, so­bre to­do si eran guapos, al­tos y con bue­nos pec­to­ra­les. Esa sí era mi fe­li­ci­dad.

De ca­mino a ca­sa, mi de­pre y yo re­ci­bi­mos una lla­ma­da al mó­vil.

En mi vuel­ta al co­le, la úni­ca que no ha­bía fal­ta­do pun­tual a su cita de sep­tiem­bre era mi de­pre pos­va­ca­cio­nal

–Lía, ¿có­mo has pa­sa­do el ve­rano? No has con­tes­ta­do a mis men­sa­jes

–¡Ar­tu­ro! ¿Qué tal? Sí... he es­ta­do muy des­co­nec­ta­da. Lo ne­ce­si­ta­ba.

–Ten­go mu­chas ga­nas de ver­te, ¿que­da­mos el vier­nes pa­ra ce­nar en mi ca­sa? He apren­di­do a ha­cer un cus­cús bue­ní­si­mo...

–Pre­fie­ro que nos en­con­tre­mos en al­gún si­tio, echo de me­nos sa­lir por Ma­drid –res­pon­dí.

Era la ex­cu­sa más fá­cil pa­ra huir de su ca­sa. Al pa­re­cer Ar­tu­ro tam­bién te­nía pla­nes pa­ra el cur­so 2012/ 2013, apa­ren­te­men­te, me­jo­res que los míos. Es­tu­ve a pun­to de de­cir­le que re­ser­va­ra pa­ra tres, por lo de la de­pre, pe­ro no lo hu­bie­ra en­ten­di­do. Nos des­pe­di­mos has­ta el vier­nes. Pue­de que la vuel­ta al co­le no fue­ra tan du­ra des­pués de to­do.

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