Arte: el pri­vi­le­gio de la pri­me­ra vez

Po­cas co­sas hay tan de­li­cio­sas co­mo en­se­ñar los me­jo­res se­cre­tos del arte a al­guien que no los co­no­ce. Eso es fá­cil en el Mu­seo del Pra­do, lleno de te­so­ros.

Tiempo - - CULTURA -

un tra­ba­jo ve­ra­nie­go de pin­tor de bro­cha gor­da y, con lo que sa­ca, se me­te en un tren ini­cuo (nue­ve ho­ras de via­je) pa­ra co­no­cer a quien ha es­cri­to aque­llo.

Ya se irán dan­do cuen­ta us­te­des de que lo que les es­toy des­cri­bien­do se pa­re­ce bas­tan­te po­co a un chi­co de 17 años co­rrien­te u or­di­na­rio.

Pe­ro esa es la edad que tie­ne, y eso quie­re de­cir que, por pu­ras ra­zo­nes cro­no­ló­gi­cas, sen­ci­lla­men­te no le ha da­do tiem­po de ver, sen­tir o apren­der co­sas que otros sí co­no­ce­mos.

Adri nun­ca ha­bía vis­to con sus ojos Las me­ni­nas. Y no co­no­cía su se­cre­to.

Eso, co­mo us­te­des sa­ben bien, es al­go que no se pue­de re­sis­tir. En­se­ñar a al­guien por pri­me­ra vez esa ma­gia (a al­guien que se lo me­re­ce, quie­ro de­cir) es ca­si lo mis­mo que lle­var­le por pri­me­ra vez a Ve­ne­cia, dar­le su pri­mer tra­ba­jo o su pri­mer be­so: un pri­vi­le­gio que el des­ti­na­ta­rio no ol­vi­da­rá ja­más. Y yo lo sa­bía. De ahí las pri­sas, de ahí las ca­rre­ras por las ga­le­rías, de ahí los em­pu­jo­nes y co­da­zos que yo re­par­tí en­tre en­jam­bres de tu­ris­tas que char­la­ban an­te el cua­dro has­ta que nos hi­ci­mos si­tio en pri­me­ra fi­la. Y en­ton­ces...

¿Dón­de es­tás tú?

-¿Qué ves?

-Pues... a una gen­te que es­tá ahí char­lan­do. Y mi­rán­do­nos.

-Ya, pe­ro ¿dón­de? ¿Es un pa­la­cio eso? ¿O una ba­ta­lla? ¿O qué?

-Un pa­la­cio no pa­re­ce. Más bien un só­tano. Hay po­ca luz y no hay lujos.

-Per­fec­to. Es el ta­ller del pin­tor. Ahí lo tie­nes, a la iz­quier­da, ca­si a os­cu­ras. Ese es Ve­láz­quez. Es­tá pin­tan­do. Y to­da esa gen­te que ves, ¿qué ha­ce?

-Pues su­pon­go que per­der el tiem­po mien­tras el otro pin­ta. Qué otra co­sa van a ha­cer. -Así es, así es. ¿Sa­bes quié­nes son? -Ni idea. La ca­ra de la ni­ña ele­gan­te sí me sue­na.

-Cla­ro. Esa cría, que tie­ne 5 años, es la in­fan­ti­ta Margarita, hi­ja del rey Fe­li­pe IV. Sus pa­dres ya han de­ci­di­do que, cuan­do sea ma­yor, se ca­sa­rá con un tío su­yo bas­tan­te sin­sor­go, Leo­pol­do, que se­rá em­pe­ra­dor. Pe­ro ella to­da­vía no lo sa­be: de ahí la ca­ra de re­pi­pi que tie­ne. To­da­vía es fe­liz. Pron­to de­ja­rá de ser­lo y se le no­ta­rá en tooo­dos los re­tra­tos. -Pues va­ya. ¿Y los de­más? -Los de­más son los pel­mas que es­ta­ban ahí pa­ra acom­pa­ñar a la ni­ña. ¿Ves a esas dos se­ño­ras em­pin­go­ro­ta­das y con as­pec­to de vie­jas pre­ma­tu­ras que pa­re­cen ha­cer­le la pe­lo­ta a la cría? Eso es lo que son y eso es lo que ha­cen. Una se lla­ma Isa­bel y la otra Agus­ti­na Sar­mien­to. Dos pá­ja­ras que bus­ca­ban me­drar. Las dos lo con­si­guie­ron. La vie­ja y el ti­po que es­tán de­trás te­nían el tra­ba­jo de guar­da­da­mas, o sea de vi­gi­lar a to­da la tro­pa de don­ce­llas, que so­lían ser bas­tan­te... gol­fan­tas. -Ca­ram­ba, pues po­bre ni­ña. -Ya ves. -¿Y esa se­ño­ra de ahí, tan...?

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