So­bre­vi­vir a Ch­ris­tian Grey

Tiempo - - SOCIEDAD -

me en­con­tra­ba en el so­fá de mi ca­sa. En las úl­ti­mas 72 ho­ras prác­ti­ca­men­te no ha­bía co­mi­do, ni dor­mi­do y mi as­pec­to era la­men­ta­ble. El mo­ti­vo: aca­bar de leer la adic­ti­va, por pri­me­ra vez los ex­per­tos en mar­ke­ting no mien­ten, tri­lo­gía de Cin­cuen­ta som­bras de Grey (Gri­jal­bo). ¡Quie­ro uno de esos en mi vi­da! No me re­fie­ro a uno de mar­ke­ting, sino a un tío que se pa­rez­ca a Grey. Ex­cep­to por­que le di­ce a su chi­ca có­mo de­be ves­tir, por ahí no pa­so, di­go sí a to­do lo de­más. Grey es un hom­bre gua­po, mul­ti­mi­llo­na­rio, to­ca el piano, ha­bla fran­cés, pi­lo­ta he­li­cóp­te­ros, ado­ra a su fa­mi­lia y, so­bre to­do, es­tá 27 ho­ras al día pen­dien­te de su chi­ca. In­clu­so la es­cu­cha cuan­do ha­bla y se in­tere­sa por sus sen­ti­mien­tos. Y, co­mo en una ofer­ta del sú­per, ade­más es ca­paz de pro­por­cio­nar­le cin­co or­gas­mos al día. ¡Lo quie­ro ya!

Tras tres días su­mer­gi­da en es­te tó­rri­do ro­man­ce –es la úl­ti­ma vez que me en­gan­cho a al­go así y a Chanel pon­go por tes­ti­go– lle­gó el día de la ce­na con Ar­tu­ro. Co­mo una yon­qui del amor... de otros -y es­to ya em­pe­za­ba a ser preo­cu­pan­te-, tra­té de anu­lar­la. Pe­ro Ma­ría se pre­sen­tó en ca­sa.

-¿No pen­sa­rás re­nun­ciar a la ce­na con Ar­tu­ro por el li­bro, ver­dad?

-¿Eh? ¿Qué li­bro? ¿Pe­ro qué in­ven­to es es­te? –le di­je pa­ra­fra­sean­do a Sara Mon­tiel.

–Es­cu­cha, tie­nes que ir a la ce­na con Ar­tu­ro. Qui­zá no sal­ga na­da de ahí, pe­ro al me­nos es un tío real.

Las com­pa­ra­cio­nes son odio­sas, sí, pe­ro inevi­ta­bles. El ho­gar de Ar­tu­ro no era el áti­co del se­ñor Grey, des­de el que se veía to­do Seattle. No te­nía su pe­lo, ni su son­ri­sa, ni un trá­gi­co pa­sa­do del que yo le sal­va­ría. Ar­tu­ro era un ti­po atrac­ti­vo, adi­ne­ra­do, con una ca­sa bo­ni­ta y fun­cio­nal en el cen­tro de Ma­drid. Sin em­bar­go, no era su­fi­cien­te pa­ra mí, ni pa­ra mis exal­ta­das ex­pec­ta­ti­vas des­bo­ca­das por Cin­cuen­ta som­bras de Grey. Co­mo una lo­ca sa­li­da de un cuen­to, lo pri­me- ro que hi­ce en el apar­ta­men­to de Ar­tu­ro fue com­pro­bar si te­nía un piano. Que­ría ima­gi­nár­me­lo to­can­do pie­zas de Bach o de Cho­pin a las tres de la ma­ña­na, mien­tras yo le ob­ser­va­ba en­vuel­ta en una sá­ba­na de se­da, con mi ca­be­llo per­fec­ta­men­te des­pei­na­do. Él se gi­ra­ría, me to­ma­ría en sus bra­zos y me ha­ría el amor so­bre el piano. Bus­qué ese be­llo ins­tru­men­to, pe­ro lo úni­co que en­con­tré fue un Ca­sio blan­co en una es­tan­te­ría. Ar­tu­ro se dio cuen­ta de lo que mi­ra­ba.

–Es un re­ga­lo de co­mu­nión de mi ma­dre, ¿te gus­ta?

¿Có­mo ex­pli­car­le a Ar­tu­ro que nues­tra re­la­ción nun­ca po­dría fun­cio­nar por­que si ha­cía­mos el amor en­ci­ma de un Ca­sio blan­co lo úni­co que con­se­gui­ría­mos se­ría una con­trac­tu­ra en la es­pal­da, amén de otros mo­ra­to­nes?

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