Nues­tra re­la­ción no fun­cio­na­ría. Ha­cer el amor en­ci­ma de un ór­gano Ca­sio no nos trae­ría más que mo­ra­to­nes

Tiempo - - SOCIEDAD -

Le son­reí y pro­se­guí con la ve­la­da. Sin em­bar­go, des­pués de es­tar tres días vi­vien­do en una nu­be de or­gas­mos y via­jes de lu­jo con Mis­ter Uni­ver­so en el asien­to de al la­do, cen­trar­se era di­fí­cil. Es lo que tie­nen las fan­ta­sías. La ma­yo­ría de las ve­ces so­lo exis­ten en nues­tro in­te­rior. Es­ta­ba a pun­to de mar­char­me, cuan­do me sol­tó:

–Lía, es­te ve­rano me ha da­do tiem­po a pen­sar en lo que quie­ro y te quie­ro a ti. ¿Qué me di­ces?

Le po­dría de­cir mu­chas co­sas. Que me es­ta­ba pi­san­do, que te­nía un Ca­sio en vez de un piano de co­la o que que­ría te­ner cin­co or­gas­mos al día con Mis­ter Uni­ver­so, pe­ro no era lo que me ha­bía pre­gun­ta­do.

–Es una bue­na pro­pues­ta, pe­ro me­jor lo ha­bla­mos ma­ña­na –y me des­pe­dí con un be­so en la me­ji­lla.

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