La son­ri­sa de Rush­die

Vein­ti­cin­co años des­pués de la fe­tua, el es­cri­tor re­la­ta su vi­da de pros­cri­to.

Tiempo - - SELECTOR - LUIS AL­GO­RRI

Jo­seph An­ton (me­mo­rias).

Sal­man Rush­die (Mon­da­do­ri).

los ver­sos sa­tá­ni­cos fue un li­bro im­por­tan­tí­si­mo pe­ro, un cuar­to de si­glo des­pués, ya ha de ser po­si­ble de­cir que no pre­ci­sa­men­te por lo cau­ti­va­dor de su es­cri­tu­ra. Aque­llo era un la­ta­zo de los de tres as­pi­ri­nas. Su va­lor es­ta­ba en su apues­ta por la li­ber­tad: de­cía co­sas que a un lo­co muy pe­li­gro­so que se creía que ha­bla­ba con su dios, Jo­mei­ni, no le gus­ta­ron y, sen­ci­lla­men­te, man­dó ma­tar a Rush­die y ofre­ció una re­com­pen­sa. Cien­tos, mi­les de otros lo­cos igual­men­te pe­li­gro­sos y des­ce­re­bra­dos se pu­sie­ron a bus­car­lo pa­ra aca­bar con él. Ju­ra­ría que nin­guno de ellos ha­bía leí­do el li­bro: los fa­ná­ti­cos no leen. Ma­ta­ron o hi­rie­ron a va­rios tra­duc­to­res, pe­ro el au­tor es­ca­pó. Se bus­có un seu­dó­ni­mo ( Jo­seph An­ton, por Con­rad y Ché­jov) y aho­ra, 25 años des­pués de aquel ejem­plo de in­de­cen­cia mo­ral de Jo­mei­ni y sus ase­si­nos a suel­do, cuen­ta có­mo ha si­do su vi­da to­do es­te tiem­po de mie­do, som­bras y trai­cio­nes. Hay que de­cir que no es lo mis­mo: aho­ra al vie­jo an­glo­hin­dú se le ha afi­la­do el len­gua­je, es­ta­ble­ce des­de el prin­ci­pio una son­ri­sa de amar­gu­ra o de iro­nía y ha­bla no de sí mis­mo sino de su alias, Jo­seph An­ton. Lo que cuen­ta es no so­lo su cal­va­rio o la ra­bia irra­cio­nal de sus per­se­gui­do­res, sino tam­bién qué hi­cie­ron con él sus su­pues­tos ami­gos, que mu­chas ve­ces le uti­li­za­ron, le ven­die­ron o le hi­cie­ron res­pon­sa­ble de sus des­gra­cias. Un gran li­bro. Y bien es­cri­to.

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