Se­ña­les y men­ti­ras

Tiempo - - SOCIEDAD -

di­ce step­hen haw­king que to­do pue­de ser ex­pli­ca­do por las le­yes de la na­tu­ra­le­za. Me gus­ta­ría te­ner­le en­fren­te pa­ra po­der pre­gun­tar­le por qué la na­tu­ra­le­za se lo dio to­do a Angelina Jo­lie y a mí ni si­quie­ra me de­jó las mi­ga­jas. Por qué me pon­go a die­ta y so­lo me ape­te­ce co­mer cho­co­la­te o por qué la na­tu­ra­le­za no nos dio un ma­nual pa­ra en­ten­der a los otros –y no me re­fie­ro a la pe­lí­cu­la– y ha­cer­nos la vi­da más fá­cil.

To­do el fin de se­ma­na lo he pa­sa­do ana­li­zan­do se­ña­les con Clau­dia. Se ha ren­con­tra­do con un vie­jo ami­go de la fa­cul­tad. Han que­da­do un par de ve­ces por los ba­res y cree que es­tá ha­cién­do­le se­ñas, pe­ro no sa­be in­ter­pre­tar­las. No se tra­ta de se­ña­les de trá­fi­co –Clau­dia tie­ne el car­né de con­du­cir–, aun­que ca­si hu­bie­ra si­do me­jor que fue­ran de ese ti­po. Por ejem­plo, se­má­fo­ro en ver­de: pue­des lan­zar­te; en ám­bar: du­do, pe­ro hay una po­si­bi­li­dad; ro­jo: ve­te bus­can­do a otro y ce­de el pa­so. Nos aho­rra­ría­mos tiem­po y di­ne­ro, pe­ro pa­re­ce que las le­yes de la na­tu­ra­le­za no en­tien­den de eco­no­mía. El ca­so es que pa­ra ase­gu­rar­nos de los ver­da­de­ros pro­pó­si­tos de Mi­guel, el ti­po que man­da se­ña­les a Clau­dia pe­ro que no se las es­cri­be cla­ra­men­te en un pó­sit, que­da­mos con él y otro ami­go. Ser­vir­le de ca­ra­bi­na no me im­por­ta­ba na­da.

Pe­ro co­me­tí un pe­que­ño y -apa­ren­te­men­te- inocen­te error. No su­pe có­mo ex­pli­cár­se­lo a Ar­tu­ro e hi­ce lo se­gun­do peor que pue­des ha­cer cuan­do es­tás em­pe­zan­do con al­guien (lo pri­me­ro es no ha­ber­te de­pi­la­do): men­tir. Le con­té que me que­da­ba en ca­sa por­que no me en­con­tra­ba muy bien. Con el te­rreno pre­pa­ra­do, nos fui­mos con Mi­guel y Jo­sé, ami­go del pri­me­ro que ima­gi­né ha­cía tam­bién de ca­ra­bi­na en el ca­so de que las se­ña­les de Clau­dia y Mi­guel ha­bla­ran el mis­mo idio­ma. Y va­ya si lo hi­cie­ron.

A eso de las dos de la ma­dru­ga­da sus di­rec­cio­nes gi­ra­ban en el mis­mo sen­ti­do, mien­tras yo me en­con­tra­ba en un atas­co con Jo­sé. No sa­bía có­mo de­cir­le que ya te­nía pa­re­ja o al­go pa­re­ci­do. Ade­más, odio cuan­do a mí me ha­cen eso. Te acer­cas a al­guien que te in­tere­sa y en la se­gun­da fra­se te suel­ta eso de: “Pues mi chi­ca”. Cuan­do eso me su­ce­de yo con­tes­to lo mis­mo: “Pues mi chi­ca”. Pe­ro Jo­sé no te­nía chi­ca, así que por se­gun­da vez en la mis­ma no­che, vol­ví a men­tir. Le di­je que me en­con­tra­ba mal y que me iba a ca­sa. Si si­go con es­te ni­vel de in­ter­pre­ta­ción me van a con­tra­tar en el tea­tro.

Fui ca­mi­nan­do, pe­ro cuan­do lle­gué al por­tal, Ar­tu­ro es­ta­ba allí. No da­ba cré­di­to. Apo­ya­do en el qui­cio, con su ame­ri­ca­na y su pe­lo per­fec­to. Con un ai­re de aplas­tan­te se­gu­ri­dad que rom­pía mis es­que­mas.

–Pa­re­ce que te en­cuen­tras me­jor, me sol­tó mien­tras me in­te­rro­ga­ba con la mi­ra­da.

–Es que he te­ni­do que ir a la far­ma­cia de guar­dia por­que no te­nía as­pi­ri­na en ca­sa y...

–Lía, ¿por qué me mien­tes? –me in­te­rrum­pió.

(Cier­to, ¿por qué le men­tía? Y en un ata­que de sin­ce­ri­dad sin pre­ce­den­tes, so­bre to­do en aque­lla no­che, le con­tes­té):

–Por­que no te vas a creer lo de es­ta no­che o qui­zá no te gus­te. –In­tén­ta­lo. –¿Aquí? ¿Aho­ra? –con­tes­té. –Ten­go tiem­po. –Sube y te lo ex­pli­co. –Si subo, no vas a ne­ce­si­tar ex­pli­car­me na­da.

Y así aca­bó mi no­che del sá­ba­do. Con Clau­dia di­ri­gien­do el trá­fi­co y yo pre­gun­tán­do­me qué cla­se de ex­pli­ca­ción ten­dría Haw­king pa­ra es­to.

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