El sím­bo­lo cer­ca­do

Una de las más du­ras y des­agra­da­bles ma­ni­fes­ta­cio­nes de los úl­ti­mos años, la de “Ro­dea el Con­gre­so”, ha­ce ver la di­fe­ren­cia en­tre los po­lí­ti­cos y la de­mo­cra­cia.

Tiempo - - CULTURA -

Ge­deón, el hi­jo de mi her­mano Jimmy, es­tá has­ta las mis­mí­si­mas na­ri­ces. De to­do. La ver­dad es que mo­ti­vos no le fal­tan. Tie­ne 30 años. Es li­cen­cia­do en His­to­ria y es una de­li­cia ha­blar con él de lo que sa­be, pe­ro tra­ba­ja en una tien­da don­de ven­de bo­ca­di­llos por un suel­do al que da ver­güen­za lla­mar­lo así. No sa­be de qué es­tá más har­to: si de los clien­tes, la ma­yo­ría de los cua­les son unos des­pa­chu­rra­dos de la vi­da co­mo él (pe­ro cuan­do en­tran en la tien­da se sien­ten con el de­re­cho de tra­tar a Ge­deón co­mo si el chi­co fue­se su es­cla­vo); de sus je­fes, que le ha­cen pu­tada tras pu­tada y no de­jan de re­pe­tir­le lo afor­tu­na­dí­si­mo que es por que no le ha­yan des­pe­di­do to­da­vía, o de los bo­ca­di­llos pro­pia­men­te di­chos, cu­ya sa­lu­bri­dad y vir­tu­des ali­men­ti­cias son más o me­nos las mis­mas que tie­ne el me­nú ha­bi­tual de los es­ca­ra­ba­jos pe­lo­te­ros.

Amar­gu­ra, ca­breo, ira...

Ge­deón es­tá fla­co co­mo un sil­bi­do y su pa­dre y yo lo in­vi­ta­mos a ce­nar pa­ra ha­blar, en­tre otras co­sas, de su mu­dan­za. Por­que con lo que le pa­gan el úni­co re­cur­so que le que­da es de­jar de co­mer del to­do; y co­mo eso tie­ne al­gu­nos in­con­ve­nien­tes re­la­cio­na­dos con la sa­lud, pues no le que­da más re­me­dio que vol­ver­se a vi­vir con pa­pá, que al me­nos tie­ne el don de ha­cer unos spag­het­ti que so­le­mos lla­mar evan­gé­li­cos: no se aca­ban nun­ca y de la ca­zue­la sa­le ma­te­rial su­fi­cien­te lo mis­mo pa­ra uno que pa­ra quin­ce.

Gran par­te de su amar­gu­ra, de su ca­breo, de su ira o de co­mo que­ra­mos lla­mar a lo que tie­ne, Ge­deón la echa en Fa­ce­book. Es­cri­be bien, lo cual le vuel­ve te­mi­ble, por­que hay po­ca gen- te que do­mi­ne el len­gua­je. Le­yen­do sus pá­rra­fos uno tie­ne la sen­sa­ción de que fal­tan po­cas ho­ras pa­ra que sea­mos to­dos in­va­di­dos por los hu­nos, o por los ma­ri­nos de Krons­tadt, o por las hor­das mo­go­las, o por la ma­ra­bun­ta que ca­si se co­me a Charl­ton Hes­ton. Ge­deón, en cuan­do se sien­ta al te­cla­do, se apun­ta a to­do eso y a más. Si las re­des so­cia­les tu­vie­ran ca­pa­ci­da­des ig­ní­fe­ras, es­te país se­ría una tea. Y no so­lo por Ge­deón, que, no fal­ta­ba más que eso, se apun­tó des­de el prin­ci­pio a la ini­cia­ti­va de ro­dear el Con­gre­so de los Dipu­tados. De eso es de lo que que­ría ha­blar­le en la ce­na.

-¿Y por qué?

-Por­que ahí es don­de nos es­tán jo­dien­do a to­dos. -¿Quié­nes? -Pues quié­nes va a ser. Los po­lí­ti­cos. -¿Qué po­lí­ti­cos? -¡To­dos! ¡To­dos los po­lí­ti­cos! ¡Son to­dos igua­les! ¡So­lo van a lo su­yo! ¡A qui­tar­nos el tra­ba­jo, el di­ne­ro, el fu­tu­ro, la es­pe­ran­za, la...!

-Se­ré­na­te, Ged, que no es­tás en tu mu­ro del feis­bus. ¿De ver­dad crees que to­dos los po­lí­ti­cos son igua­les, his­to­ria­dor? ¿Lo eran Ma­rio y Si­la? ¿Lo eran Pa­di­lla y Gat­ti­na­ra? ¿Ga­ri­bal­di y Pío IX? ¿Mus­so­li­ni y Chur­chill?

-Hom­bre, si te po­nes a bus­car en la his­to­ria siem­pre vas a en­con­trar ejem­plos que te ven­gan bien.

-Ya lo sé. Pe­ro es que vo­so­tros ha­béis ido a si­tiar de­mo­crá­ti­ca­men­te, eso sí, no a los po­lí­ti­cos, no a unos o a otros po­lí­ti­cos, sino al tem­plo de la de­mo­cra­cia. A la ca­sa de to­dos. No ha­béis ro­dea­do un edi­fi­cio. Ha­béis ro­dea­do un sím­bo­lo.

-Bue­na fal­ta les ha­cía.

El sím­bo­lo.

-No, no me en­tien­des. Por ese ca­se­rón de la ca­rre­ra de San Je­ró­ni­mo han pa­sa­do ta­les hi­jos de la gran pu­ta que yo no he en­ten­di­do nun­ca có­mo no se los co­mie­ron los leo­nes, por más de bron­ce que sean. En ese lu­gar se ha men­ti­do, se ha trai­cio­na­do, se ha tra­pi­chea­do con vi­das hu­ma­nas, se han mer­ca­dea­do de­re­chos y prin­ci­pios, se ha subas­ta­do mil ve­ces la dig­ni­dad de la na­ción.

-Lo mis­mo que aho­ra. Pues me es­tás dan­do la ra­zón.

-To­do lo con­tra­rio. Por­que ese lu­gar, por sí mis­mo, es el co­ra­zón de la li­ber­tad. Si ese sím­bo­lo des­apa­re­ce, se cues­tio­na, se des­pres­ti­gia o se aco­sa, na­da de cuan­to me­re­ce la pe­na que­da ya en pie. Na­da de lo que cre­ye­ron mi­les de per­so­nas que die­ron su es­fuer­zo y su vi­da por esa frá­gil en­te­le­quia cul­tu­ral que se

lla­ma de­mo­cra­cia. Que es, co­mo de­cía Chur­chill...

-...“el me­nos ma­lo de los sis­te­mas que ha in­ven­ta­do la hu­ma­ni­dad pa­ra con­vi­vir”. Eso sí lo sé. Pe­ro di­me en­ton­ces qué ha­ce­mos.

-Qué no ha­ce­mos, me­jor. Di­me una so­la oca­sión en nues­tra his­to­ria, una

so­la, en que la agre­sión al Par­la­men­to no ha­ya si­do el preám­bu­lo de in­me­dia­to de la pér­di­da de la de­mo­cra­cia. Te de­jo que te re­mon­tes a las Cortes de Va­lla­do­lid de 1293, si te da la ga­na. Si­len­cio. -Te lle­nas la bo­cas con gran­des pa­la­bras. Es­to no es una de­mo­cra­cia de ver­dad. Es una far­sa.

-Ese es el ar­gu­men­to que han da­do siem­pre los que que­rían car­gár­se­la pa­ra man­dar ellos. En ese he­mi­ci­clo, tie­nes tú ra­zón, ha ha­bi­do siem­pre (y hay hoy) más sin­ver­güen­zas que es­tre­llas tie­ne el cie­lo. Y me­dio­cres, eso so­bre to­do. Yo era un crío cuan­do las elec­cio­nes de 1977, pe­ro lo re­cuer­do bien: aque­llo pa­re­cía la Aca­de­mia de Ate­nas. Las me­jo­res ca­be­zas del país es­ta­ban allí reuni­das pa­ra re­cu­pe­rar la li­ber­tad y la dig­ni­dad. Hoy en el Par­la­men­to pa­sa lo mis­mo que en la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal, por ejem­plo: que es­tá lleno de gen­te gris a la que se le exi­ge una so­la vir­tud: la de la obe­dien­cia, la su­mi­sión, ha­cer y vo­tar lo que les man­dan. Pe­ro la cul­pa no es de la de­mo­cra­cia, y mu­cho me­nos de su más al­to sím­bo­lo, sino de quie­nes la per­vier­ten y ma­ni­pu­lan. -Los po­lí­ti­cos. La pu­ta po­lí­ti­ca. -No, se­ñor. No, se­ñor. Esa fra­se es la an­te­sa­la de la ti­ra­nía. Mi­ra lo que di­ce aquí, es­to es un pan­ta­lla­zo de feis­bus: “El peor anal­fa­be­to es el anal­fa­be­to po­lí­ti­co. No oye, no ha­bla, no par­ti­ci­pa de los acon­te­ci­mien­tos po­lí­ti­cos. No sa­be que el cos­te de la vi­da, el pre­cio de las alu­bias, del pan, de la ha­ri­na, del ves­ti­do, de los za­pa­tos y de los me­di­ca­men­tos, de­pen­den de de­ci­sio­nes po­lí­ti­cas. El anal­fa­be­to po­lí­ti­co es tan bu­rro que se enor­gu­lle­ce y en­san­cha el pe­cho di­cien­do que odia la po­lí­ti­ca. No sa­be que de su ig­no­ran­cia po­lí­ti­ca na­cen la pros­ti­tu­ta, el me­nor aban­do­na­do y el peor de to­dos los ban­di­dos, que es el po­lí­ti­co co­rrup­to, me­que­tre­fe y la­ca­yo de las em­pre­sas na­cio­na­les y mul­ti­na­cio­na­les”. -¿Eso de quién es? -De Ber­tolt Brecht. Nue­vo si­len­cio. -Si to­do el es­fuer­zo que tú y los tu­yos de­rro­cháis en de­nos­tar la po­lí­ti­ca lo em­pleá­seis en cam­biar­la, en exi­gir por ejem­plo lis­tas abier­tas en las elec­cio­nes, o el sis­te­ma bri­tá­ni­co, los ini­cuos po

lí­ti­cos se­rían otros, eso pa­ra em­pe­zar. Y los par­ti­dos ten­drían que fun­cio­nar de otro mo­do, al­go que no les in­tere­sa. Per­se­guid, pre­sio­nad a los que per­vier­ten la po­lí­ti­ca. Pe­ro man­te­ned a sal­vo el sím­bo­lo de la de­mo­cra­cia... o no tar­da­rá al­guien en co­rrer a sal­var­nos. Ya sa­bes.

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