Hom­bres kin­der

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ar­tu­ro se ha­bía me­ti­do en mi vi­da de ma­ne­ra ra­di­cal. En ape­nas dos se­ma­nas to­do em­pe­za­ba a gi­rar en torno a él. Me ve­nía a re­co­ger al tra­ba­jo por sor­pre­sa, apa­re­cía en el What­sapp a me­dia ma­ña­na, por la tar­de, por la no­che, de ma­dru­ga­da... Me ha­bla­ba de pro­yec­tos, de va­ca­cio­nes. Un año con Jai­ro y no con­se­guí más que un fin de se­ma­na en la nie­ve. Una se­ma­na con Ar­tu­ro y te­nía la sen­sa­ción de que me iba a pro­po­ner ma­tri­mo­nio. ¿Los hom­bres no tie­nen tér­mino me­dio? To­dos los tíos con los que ha­bía sa­li­do ha­bían re­sul­ta­do ser co­mo los kin­der, siem­pre traían sor­pre­sa. ¿Por qué Ar­tu­ro iba a ser una ex­cep­ción? Y si era un hue­vo de cho­co­la­te, ¿qué ju­gue­te trae­ría den­tro: el fe­rra­ri de un gi­go­ló, el mo­no­vo­lu­men de un pa­dre de fa­mi­lia o la ca­ra­va­na de un hippy?

Sir­va es­te ejem­plo. El lu­nes re­ci­bí un ra­mo de flo­res y fue bo­ni­to. El mar­tes re­ci­bí otro. Tam­bién fue bo­ni­to. Pe­ro re­ci­bir otro ca­da día de la se­ma­na lo que con­si­gue es que tu pues­to de tra­ba­jo se con­vier­ta en una sel­va don­de tie­nes que lla­mar a In­dia­na Jo­nes pa­ra que cor­te las lia­nas y te abra pa­so. Por no ha­blar de las vi­si­tas guia­das de mis com­pa­ñe­ros a mi si­tio. Es­ta­ba a pun­to de em­pe­zar a co­brar en­tra­das cuan­do el je­fe de per­so­nal me lla­mó a su des­pa­cho. Pen­sé que me iban a san­cio­nar por ha­ber con­ver­ti­do mi rincón en un Par­que Na­tu­ral. Él no es­ta­ba en­fa­da­do, pe­ro yo sí. Así que al sa­lir del tra­ba­jo le lla­mé. -Tie­nes que pa­rar. -¿Voy con­du­cien­do por la na­cio­nal y quie­res que pa­re? -Ya sa­bes a lo que me re­fie­ro. -¿No te gus­tan las flo­res? -En se­rio. Es­to no va a fun­cio­nar si me pre­sio­nas de es­ta ma­ne­ra.

-¿Man­dar­te flo­res es pre­sio­nar­te? -Sa­bes a lo que me re­fie­ro. -Eso ya lo has di­cho an­tes –di­jo el lis­ti­llo–.Oye, no pue­do ha­blar aho­ra. En dos ho­ras sal­go pa­ra Ita­lia. Di­me que es­ta­mos bien.

Lo cier­to es que es­ta­ba so­bre­pa­sa­da por la ac­ti­tud de Ar­tu­ro. Era un po­co as­fi­xian­te. Ne­ce­si­ta­ba res­pi­rar. De­ma­sia­do com­pli­ca­do pa­ra ex­pli­cár­se­lo por te­lé­fono y más con mi ta­ri­fa de mó­vil. Así que di­je:

-Ve­te tran­qui­lo y ha­bla­mos a la vuel­ta. Es­ta­mos bien.

Mien­tras lle­ga­ba a ca­sa, lla­mé a mi ami­ga Ain­hoa. La mu­jer fría y cal­cu­la­do­ra que siem­pre te­nía res­pues­tas pa­ra mi con­fu­sa vi­da. Aca­ba­ba de lle­gar del gim­na­sio, de de­mos­trar­le a su en­tre­na­dor lo que era la fle­xi­bi­li­dad.

-¿Los mo­ni­to­res de gim­na­sio son me­jo­res que los em­pre­sa­rios? -¿Qué pa­sa, Lía? -Na­da, so­lo es­toy un po­co ago­bia­da. Cuén­ta­me al­go di­ver­ti­do.

-¿Te he con­ta­do que ayer tu­ve un pol­vo eco­ló­gi­co?

-No, ja­ja­ja –me reí re­suel­ta–, no

“To­dos los tíos con los que ha­bía sa­li­do ha­bían re­sul­ta­do ser co­mo los kin­der, siem­pre traían sor­pre­sa”

me lo has con­ta­do. ¿Quie­res de­cir que lo hi­cis­teis en el cam­po?

-No, ton­ta, un pol­vo eco­ló­gi­co es cuan­do ha­ces el amor de una ma­ne­ra light. De esos que di­ces: es­tá bien, pe­ro, en fin, los he te­ni­do me­jo­res.

-Eres gran­de Ain­hoa –le di­je mien­tras se­guía rién­do­me.

-Pa­ra que te de­jes lle­var por las apa­rien­cias. Los mo­ni­to­res en­ga­ñan. Pa­re­cen unos he-man y son unas bar­bies en la ca­ma.

Des­pués de me­dia ho­ra de con­ver­sa­ción lle­gué a ca­sa. Tras es­cu­char las eco­his­to­rias de Ain­hoa es­ta­ba más re­con­ci­lia­da y tran­qui­la. Qui­zá no es­ta­ba acos­tum­bra­da a que me tra­ta­ran así. Me du­ché, me ser­ví una co­pa de vino y pu­se la te­le, cuan­do lla­ma­ron a la puer­ta.

Era Ar­tu­ro.

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