La his­to­ria del mun­do se­gún San Juan (Es­la­va)

Una de las de­li­cias edi­to­ria­les de es­te oto­ño es la His­to­ria del mun­do con­ta­da pa­ra es­cép­ti­cos. Un li­bro que se­ría sor­pren­den­te si no lo fue­sen to­dos los de su au­tor.

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Ma­ne­ras de es­cri­bir his­to­ria hay mu­chas. Unas, hay que ad­mi­tir que po­cas, son bue­nas y de­cen­tes. Otras, por des­gra­cia la ma­yo­ría, son una pa­tra­ña en­ve­ne­na­da que en al­gu­nos ca­sos ra­ya en lo de­lic­ti­vo. Es­to lo sa­be bien cual­quie­ra con un mí­ni­mo de for­ma­ción y sen­ti­do co­mún que se aso­me a los li­bros de tex­to con que se em­pon­zo­ña la men­te de los alum­nos de ba­chi­lle­ra­to en al­gu­nas co­mu­ni­da­des au­tó­no­mas que aún son tan so­lo eso, co­mu­ni­da­des au­tó­no­mas. Tam­bién lo sa­ben, no me ca­be la más mí­ni­ma du­da, los pro­fe­so­res de esos cen­tros y los au­to­res de esos li­bros, que sa­ben muy bien que es­tán min­tien­do, ma­ni­pu­lan­do y fal­sean­do los he­chos, aun­que no me ca­be du­da de que se sien­ten ab­suel­tos por su fe (fa­na­tis­mo) na­cio­na­lis­ta.

Exac­ta­men­te lo mis­mo ha­cían Fran­co, sus cuen­ta­cuen­tos de ca­be­ce­ra (al­guno que­da por ahí, en la Real Aca­de­mia de la His­to­ria; qué son­ro­jo) y sus obis­po­nas de oro­pel, que él nom­bra­ba y que man­da­ban es­cri­bir los li­bros que yo es­tu­dié de chi­co.

To­dos es­tos, los de an­tes y los de aho­ra, sa­ben per­fec­ta­men­te lo útil que re­sul­ta pa­ra sus in­tere­ses ( eu­fe­mis­mo: pro­yec­to na­cio­nal) men­tir co­mo ca­bro­nes, cam­biar el pa­sa­do, con­tar so­lo lo que les in­tere­sa, re­tor­cer­le el pes­cue­zo al có­mo y al por qué ocu­rrie­ron las co­sas y, lle­ga­do el ca­so, in­ven­tar­se lo que les da la ga­na, des­de ba­ta­llas has­ta es­ta­dís­ti­cas. Así se vuel­ven lo­cos los cha­va­les, es ver­dad, pe­ro pre­ci­sa­men­te de eso se tra­ta: de ma­rear­los has­ta que se ter­mi­nen tra­gan­do lo que se les cuen­ta y pa­sen a for­mar par­te de las prie­tas fi­las que nu­tren la cau­sa. Así se es­cri­be, hoy, la his­to­ria. Mu­cha his­to­ria. No to­da.

Es­to es par­ti­cu­lar­men­te ate­rra­dor con la lla­ma­da di­vul­ga­ción his­tó­ri­ca. Ahí ya va­le to­do, por­que en­tra en jue­go el dog­ma co­mer­cial: se tra­ta de ven­der an­tes que de ser ve­ra­ces. Me­jor di­cho: an­tes que de nin­gu­na otra co­sa, sea la que sea. Los hay, por su­pues­to, ho­nes­tos: la gran ma­yo­ría de los au­to­res que con­tra­ta la editorial Now­ti­lus, por ejem­plo, pa­ra su se­rie Bre­ve his­to­ria de... (el úl­ti­mo que he re­ci­bi­do es el de Chur­chill, es­cri­to por Jo­sé-Vidal Pe­láez Ló­pez) son pro­fe­so­res ho­nes­tos que ha­cen di­vul­ga­ción tan atrac­ti­va co­mo rigurosa.

Pe­ro por ca­da lec­tor que con­fía en un Pe­láez Ló­pez hay co­mo cien­to se­sen­ta que se em­bu­ten con lo que es­cri­be el se­ñor Moa, que es a la his­to­ria más o me­nos lo mis­mo que Jack el Des­tri­pa­dor era a la ci­ru­gía car­dio­vas­cu­lar. O sus com­pa­ñe­ros de cen­tu­ria, ra­dio­fo­nis­tas, co­lum­nis­tas o lo que ra­yos sean. No da­ré nom­bres por­que no me ape­te­ce es­ta no­che dar al Cé­sar lo que es del... Ca­ram­ba. Me es­toy en­fa­dan­do. Y no que­ría, por­que mi in­ten­ción es ha­blar­les a us­te­des de un buen au­tor y de un buen li­bro. Y no de la his­to­ria-ba­su­ra.

No es la pri­me­ra vez que Juan Es­la­va Ga­lán apa­re­ce en es­ta pá­gi­na. Oja­lá no sea la úl­ti­ma, por­que es­te ur­ga­vo­nen­se zum­bón y mu­cho más so­se­ga­do de cos­tum­bres de lo que pa­re­ce por sus li­bros (lo de ur­ga­vo­nen­se quie­re de­cir que na­ció en Ar­jo­na, Jaén) su­po­ne, en el pa­no­ra­ma de la di­vul­ga­ción his­tó­ri­ca que se es­cri­be en Es­pa­ña, una ex­cep­ción más ven­tu­ro­sa que la del con­de Ar­nal­dos la ma­ña­na de San Juan aque­lla.

El hu­mor y la ver­dad.

La ex­cep­ción tie­ne dos par­tes. Pri­me­ra, que el buen Es­la­va ven­de más que las ros­qui­lle­ras de San Isi­dro. Y se­gun­da, que es­te se­ñor no cor­ta y pe­ga de Wi­ki­pe­dia ni se in­ven­ta lo que no sa­be: se lo cu­rra, se lo lee to­do, lo in­ves­ti­ga y lue­go lo des­ti­la con el pla­cer de un al­qui­mis­ta me­die­val, que ya sa­bía que no hay ma­ne­ra de trans­for­mar el plo­mo en oro y así se de­di­ca­ba a dis­fru­tar de sus des­cu­bri­mien­tos con to­da paz de es­pí­ri­tu.

Hay un in­gre­dien­te más en la fór­mu­la: el hu­mor. Juan Es­la­va Ga­lán dis­fru­ta es­cri­bien­do. Cuen­ta las co­sas co­mo se las con­ta­ría no a un alumno, que a lo me­jor tam­bién, sino a un cóm­pli­ce, a un ami­go, a un fra­ter, a un cha­lao que le acom­pa­ña, ya de re­ti­ra­da, a las cin­co de la ma­ña­na des­pués de ce­rrar diez o do­ce ba­res ur­ga­vo­nen­ses. Es de­cir, con la pro­xi­mi­dad, la sin­ce­ri­dad y des­de lue­go el ca­chon­deí­to con que me las con­ta­ría a mí. O a us­ted. O a cual­quie­ra, pe­ro de

uno en uno y en per­so­na, ca­ra a ca­ra y en lo al­to las es­tre­llas, que de­cía aquel se­ñor de los años trein­ta. Lo de Juan Es­la­va no son li­bros, o no so­lo; son car­tas, con­fi­den­cias, co­men­ta­rios a cal­zón qui

tao. Lees sus li­bros y pa­re­ce que le es­tás oyen­do. Qué más se pue­de pe­dir.

No le ha in­tere­sa­do nun­ca ser po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to. Yo creo que si un día lo in­ten­ta le sube el áci­do úri­co. Di­ce lo que pien­sa... y lo que en­cuen­tra des­pués de ha­ber­lo in­ves­ti­ga­do to­do con la pa­cien­cia y la me­ticu­losi­dad de una hor­mi­ga, ur­ga­vo­nen­se o no. Tie­ne es­te hom­bre se­ten­ta li­bros pu­bli­ca­dos con su nom­bre y otra me­dia do­ce­na más con el de su me­jor ami­go, Ni­cho­las Wil­cox.

No pue­do ha­blar aquí de to­dos. La lió parda con Tum­bao­llas y ham­brien­tos, El frau­de de la Sá­ba­na San­ta, aque­lla obra maes­tra in­su­pe­ra­ble que fue El ca­to­li­cis­mo ex­pli­ca­do a las ove­jas, la

fa­mo­sa Una his­to­ria de la gue­rra ci­vil que no va a gus­tar a na­die, la re­cien

te La dé­ca­da que nos de­jó sin alien­to y tam­bién, va ya pa­ra vein­te años, con la ma­ra­vi­llo­sa His­to­ria de Es­pa­ña con­ta­da pa­ra es­cép­ti­cos. Pues aho­ra ha re­to­ma­do es­ta úl­ti­ma sen­da, le ha echa­do al asun­to un par de ur­ga­vo­nen­ses, se ha en­co­men­da­do a San Bo­no­so y a San Ma­xi­miano y aca­ba de sa­car, en so­lo 500 pá­gi­nas, la His­to­ria del mun­do con­ta­da

pa­ra es­cép­ti­cos (Pla­ne­ta). Co­mo sue­le, hay ca­si más tex­to en las sa­bro­sí­si­mas no­tas a pie de pá­gi­na (le chi­flan las no­tas) que en la par­te de arri­ba, la que tie­ne le­tra un po­co más gor­da. Co­mo sue­le, lle­va car­ga­das las es­pal­das con una eru­di­ción dig­na de San Isi­do­ro de Se­vi­lla, pe­ro su ca­pa­ci­dad de sín­te­sis es tal que el lec­tor va asu­mien­do los con­cep­tos con el pla­cer de quien co­me biz­co­chos de san­to, dul­ces tí­pi­cos de la gas­tro­no­mía ur­ga­vo­nen­se. Co­mo tam­bién sue­le, no se que­da en la anéc­do­ta por sí mis­ma (pe­ro hay cien­tos) sino que va al con­cep­to, a la raíz, a la ra­zón de las co­sas, que es lo que tie­ne que ha­cer un buen his­to­ria­dor, y eso le lle­va al es­cep­ti­cis­mo por el ca­mino ama­ri­llo del hu­mor. Co­mo una vez más sue­le, le to­ma el pe­lo a los he­ru­di­tos, que ha­bría es­cri­to Cor­tá­zar, y usa no so­lo bi­blio­gra­fía sino... ¡fil­mo­gra­fía!: “Co­mo sa­be­mos por La vi­da de Brian...” Y co­mo no es que sue­la, sino que lo ha­ce siem­pre, no hay for­ma de adi­vi­nar el fi­nal. Sí, es un li­bro de di­vul­ga­ción his­tó­ri­ca que tie­ne 125 ca­pí­tu­los, que em­pie­za por los ho­mí­ni­dos y que aca­ba... aho­ra.

No seré yo quien les des­tri­pe el análisis que ha­ce es­te san­to va­rón de lo que pa­sa en nues­tros días. Les de­jo a us­te­des que dis­fru­ten de su pro­pio asom­bro, que ha si­do el mío. Pe­ro áten­se bien los ur­ga­vo­nen­ses por­que el asun­to tie­ne te­la.

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