Mi­chael

Con Th­ri­ller se rom­pie­ron ba­rre­ras ra­cia­les; con Bad, la apues­ta era ven­der.

Tiempo - - CULTURA - J.M. GÓ­MEZ

quincy jo­nes acer­tó con Off the Wall y Th­ri­ller. El ta­len­to su­per­la­ti­vo de Mi­chael ha­bía si­do re­fren­da­do por las ven­tas, la MTV tu­vo que emi­tir los ví­deos de un ar­tis­ta ne­gro a to­das ho­ras y Mi­chael fir­mó el con­tra­to del si­glo XX. Mi­chael ha­bía ba­ti­do to­dos los ré­cords. En po­cas pa­la­bras, se ob­se­sio­nó con los nú­me­ros y Quincy Jo­nes in­ten­tó ha­cer el dis­co más so­fis­ti­ca­do de la his­to­ria. El re­sul­ta­do fue tan bri­llan­te co­mo los gus­tos de un can­tan­te preo­cu­pa­do por des­lum­brar. Así que Bad re­de­fi­ne el kitsch y el gus­to por el ex­ce­so que con­ta­mi­nó to­da su pro­duc­ción. Pa­ra la his­to­ria que­da el me­dio­me­tra­je de Mar­tin Scor­se­se en Bad, la gran ex­cep­ción. El dis­co ex­tra al­ber­ga al­gu­nos ha­llaz­gos y re­mez­clas, a des­ta­car el ho­rror de la nue­va ver­sión con Pit­bull. La edi­ción de lu­jo con­tie­ne el DVD con el con­cier­to de Wem­bley de 1988 en una gi­ra que re­cuer­do por de­ta­lles ab­sur­dos, co­mo ir a un con­cier­to y mi­rar la pan­ta­lla de ví­deo.

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