Re­tra­tos de an­gus­tia y do­lor

El Gug­gen­heim re­pa­sa la obra de Schie­le, que di­bu­jó el su­fri­mien­to de una era.

Tiempo - - CULTURA - P.G.

Egon Schie­le. Mu­seo Gug­gen­heim de Bil­bao. Has­ta el 6 de enero de 2013. Des­ga­rra­do­ra y de­pre­si­va, la obra del pin­tor aus­tria­co Egon Schie­le (18901918) es la pro­ta­go­nis­ta, jun­to a la del co­lom­biano Bo­te­ro, del oto­ño bil­baíno. Un con­se­jo: no se la pier­dan. ¿La ra­zón? Que no hay mu­chas oca­sio­nes en la vi­da pa­ra aguan­tar­le la mi­ra­da al dia­blo. Fi­gu­ras que se re­tuer­cen su­mi­das en la his­te­ria o la de­pre­sión; es­ce­nas so­bre­co­ge­do­ras don­de la so­le­dad y la in­tros­pec­ción lo cu­bren to­do. Coe­tá­neo y com­pa­trio­ta de Sig­mund Freud, sus di­bu­jos ex­pre­sio­nis­tas des­plie­gan el trau­ma y lo en­cie­rran en ges­to, un mo­men­to fu­gaz de su­fri­mien­to. Un do­lor que le to­có vi­vir al pro­pio Schie­le, que mu­rió a los 28 años tras una gri­pe con­traí­da cui­dan­do a su mu­jer, fa­lle­ci­da tres días an­tes que él. Sin du­da, uno de los crea­do­res más con­vul­sos de la mo­der­ni­dad.

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