Bi­cho ami­gos

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des­pués de sus­pen­der su via­je a Ro­ma por una ab­sur­da dis­cu­sión te­le­fó­ni­ca, no te­nía fuer­zas pa­ra en­fren­tar­me a Ar­tu­ro. No en­con­tra­ba muy nor­mal lo que me es­ta­ba su­ce­dien­do. Y no me re­fie­ro a te­ner arru­gas y ac­né a la vez, pe­ro aho­ra que sa­co el te­ma, ¿có­mo es eso po­si­ble? ¿Es que no hay na­da bueno en ha­cer­te ma­yor? El ba­lan­ce era el si­guien­te: Un em­pre­sa­rio, aten­to, gua­po, cos­mo­po­li­ta (y no es un cóc­tel), es­ta­ba, apa­ren­te­men­te, lo­co por mí. Tan lo­co por mí que era ca­paz de sus­pen­der un via­je de ne­go­cios por­que yo me ha­bía en­fa­da­do con él. Tan lo­co por mí que en las dos úl­ti­mas se­ma­nas ape­nas ha­bía vis­to a na­die que no fue­ra él. Y no era cul­pa de mi mio­pía.

En reali­dad, el via­je a Ro­ma ha­bía si­do pos­pues­to a un fin de se­ma­na, el pa­sa­do, pa­ra dos per­so­nas.

Ro­ma. Ciu­dad eter­na. Ciu­dad ro­mán­ti­ca. Ciu­dad pe­que­ña, di­mi­nu­ta, cuan­do vas a ce­nar a un res­tau­ran­te y en la me­sa de en­fren­te te en­cuen­tras a Jai­ro con una neu­má­ti­ca acom­pa­ñan­te de me­tro se­ten­ta y cin­co y la­bios car­no­sos.

Me vino a la ca­be­za la fra­se de una de mis pe­lí­cu­las fa­vo­ri­tas: “De to­dos los ca­fés del mun­do, ha te­ni­do que en­trar en el mío”. Es­tá bien: no era un ca­fé, era una trat­to­ria; no era Ca­sa­blan­ca, era Ro­ma, no era mío, pe­ro la fra­se es fan­tás­ti­ca en cual­quier ca­so.

Lo cier­to es que si te­mes al­gu­na si­tua­ción, te per­se­gui­rá una y otra vez has­ta que apren­das a su­pe­rar­la. Y es­ta era una de ellas.

Ar­tu­ro y Jai­ro eran bi­cho ami­gos. Es de­cir, en apa­rien­cia bue­nos ami­gos; en reali­dad, enemi­gos ín­ti­mos. En­con­trar­nos allí fue una du­ra es­ce­na pa­ra los dos. Pa­ra mí, por­que me en­con­tré en­tre dos amo­res: el ver­da­de­ro y el bueno.

Jai­ro fren­te a Ar­tu­ro. En­ton­ces lo su­pe: por mu­chos es­fuer­zos que hi­cie­ra Ar­tu­ro, por muy ca­ba­lle­ro que fue­ra y aun­que me sen­ta­ra en el cen­tro de su me­sa re­don­da, nun­ca lle­ga­ría a sen­tir por él lo que sen­tí por Jai­ro. Pe­ro que­ría ol­vi­dar­lo y es­ta­ba dis­pues­ta a lu­char por ello. Con­tra ello. Con­tra to­do. An­tes que ad­mi­tir­lo.

Ro­ma. 21:59 de la no­che. En una pe­que­ña trat­to­ria.

Ar­tu­ro: ¡Hom­bre, jo­der Jai­ro, qué ca­sua­li­dad en­con­trar­nos aquí!, acom­pa­ña­do de am­plias pal­ma­das en la es­pal­da.

Jai­ro (ro­jo, con su mi­ra­da fi­ja en Ar­tu­ro, en mí, en Ar­tu­ro, en mí, de nue­vo en Ar­tu­ro): ¡Qué sor­pre­sa, qué ha­céis vo­so­tros aquí!

¡Hom­bre!, en al­go es­tá­ba­mos de acuer­do Jai­ro y yo des­pués de tan­tos me­ses. ¿Qué ha­cía­mos to­dos ahí? ¿Era una ven­gan­za del des­tino? ¿Es­ta­ba pa­gan­do por al­go que hi­ce mal en mi otra vi­da?

Lía: Ya nos íba­mos, quie­ro de­cir, es­tá­ba­mos, pe­ro nos va­mos ya, por­que te­ne­mos pri­sa, he­mos ve­ni­do por tra­ba­jo.

“En las úl­ti­mas se­ma­nas no ha­bía vis­to a na­die que no fue­ra Ar­tu­ro y no por cul­pa de mi mio­pía”

Jai­ro: No sa­bía que es­ta­bais jun­tos.

Ar­tu­ro: Jai­ro, me ale­gro de ver­te, ya que­da­re­mos al­gún día pa­ra ce­rrar eso que co­men­ta­mos.

¿Que se ale­gra­ba de ver­le? ¿Que ya que­da­rían? ¿Que te­nían al­go que ce­rrar? ¿El qué? ¿El agu­je­ro de la ca­pa de ozono?

Ar­tu­ro y yo ca­mi­na­mos un lar­go ra­to sin ha­blar. Per­ma­ne­ci­mos ca­lla­dos, mas­ti­can­do en si­len­cio el or­gu­llo y di­gi­rien­do el do­lor.

-No sé ex­pli­car muy bien lo que ha pa­sa­do.

-¿Qué sien­tes por Jai­ro? No pue­do so­por­tar que sien­tas al­go por él.

-Oye, no creo que de­ba­mos en­trar en eso. Es­ta­mos aquí, es­ta­mos bien. -Pro­mé­te­me que no le vol­ve­rás a ver. -¿Per­do­na? –di­je in­cré­du­la. -Lo que oyes, no quie­ro que le vuel­vas a ver –me di­jo en­fa­da­do.

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